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LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

LA HEREDERA QUE NO DEBIÓ VOLVER

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:2.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

El día de su boda, Camila Duarte descubrió tres cosas: que su prometido nunca la amó, que su hermana tenía una relación con el, y que la familia que la crio la había estado usando desde el principio.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18: COMPRANDO EL SILENCIO, ACCIÓN POR ACCIÓN

Tres semanas después de la gala, Valeria se sentó en la sala de conferencias de un despacho legal discreto, ubicado deliberadamente lejos del centro financiero de la ciudad, revisando junto a un abogado corporativo contratado específicamente para este propósito los últimos detalles de una adquisición que llevaba meses planeando.

—El dos por ciento de participación que solicita adquirir está disponible a través de tres accionistas minoritarios del Grupo Duarte —explicó el abogado, un hombre joven y ambicioso que Valeria había elegido precisamente por su falta de conexiones previas con la familia—. Ninguno de ellos tiene relación directa con la administración actual de la empresa. Podemos estructurar la compra a través de un vehículo de inversión registrado en Luxemburgo, lo que mantendría su identidad completamente protegida de cualquier registro público.

—Perfecto. Procedamos exactamente así.

—Debo advertirle, señorita Cross, que un dos por ciento de participación, aunque modesto, sí otorga ciertos derechos de información como accionista minoritario. Podría solicitar acceso a reportes financieros trimestrales detallados, actas de juntas directivas de los últimos cinco años, e incluso, bajo ciertas circunstancias, auditorías independientes si logra reunir el respaldo de otros accionistas minoritarios.

—Es exactamente el tipo de acceso que estoy buscando.

El abogado asintió, sin hacer más preguntas de las estrictamente necesarias, exactamente el tipo de discreción profesional por la que Valeria pagaba generosamente.

La compra se completó en apenas cuatro días, procesada a través de tres jurisdicciones distintas antes de finalmente consolidarse bajo un fideicomiso luxemburgués cuyo beneficiario real —protegido por leyes de secreto bancario que, irónicamente, eran las mismas herramientas que Perla Duarte había usado durante años para ocultar sus propios movimientos— resultaba completamente imposible de rastrear hasta Valeria Cross, y mucho menos hasta Camila Duarte.

Con ese dos por ciento en su poder, Valeria empezó a recibir, semana tras semana, el flujo constante de documentación interna que había estado esperando durante cuatro años: actas de juntas directivas, reportes de auditoría, correspondencia formal entre los distintos departamentos financieros del Grupo Duarte.

Fue en su tercera semana de revisión, entrada la madrugada en la sala de su apartamento con vista a la bahía financiera de la ciudad, cuando encontró la primera pieza verdaderamente reveladora.

Un acta de junta directiva, fechada apenas dos semanas antes de la boda de Camila, cinco años atrás, donde se registraba una discusión breve pero cargada de tensión sobre "irregularidades detectadas en la conciliación de cuentas del área de tesorería, pendientes de revisión por auditoría externa antes del cierre de la fusión". El acta no mencionaba nombres específicos, ni montos, ni ninguna acusación directa. Pero la fecha, comparada con la información que Trinidad y Gabriel habían reunido durante años sobre los movimientos de Fenwick Holdings, encajaba con una precisión que a Valeria le heló la sangre.

Ernesto Roig había solicitado esa auditoría externa. Y menos de dos semanas después, estaba muerto.

Valeria tomó su teléfono y marcó un número que había memorizado, nunca guardado, siguiendo el mismo protocolo de seguridad que Trinidad le había enseñado meses atrás.

—Gabriel. —Su voz mantuvo el acento suizo perfectamente calibrado, incluso en la intimidad de una llamada telefónica a las dos de la madrugada—. Necesito verte. Encontré algo importante.

Se habían reunido apenas tres veces desde su regreso, siempre en lugares neutrales, siempre presentándose ante cualquier observador casual como una potencial clienta reuniéndose con un abogado independiente para una consulta discreta. Gabriel había aceptado, sin hacer preguntas explícitas, el juego que Camila le había propuesto meses atrás desde la prisión: fingir, ante el mundo entero, que se conocían apenas.

Pero cada vez que se veían, Valeria notaba en los ojos de Gabriel algo que iba mucho más allá de la actuación profesional. Una intensidad contenida. Una pregunta que llevaba semanas queriendo formular y que, hasta ese momento, se había negado a pronunciar en voz alta.

Se encontraron al día siguiente en un café discreto en las afueras de la ciudad, lejos de cualquier posible testigo relevante.

—¿Qué encontraste? —preguntó Gabriel, apenas se sentaron, sin ningún preámbulo innecesario.

Valeria le mostró el acta en su tablet, señalando la fecha, el lenguaje deliberadamente vago del documento.

—Ernesto solicitó una auditoría externa dos semanas antes de morir. Y el acta lo confirma: había irregularidades en tesorería que necesitaban revisión antes de cerrar la fusión.

Gabriel estudió el documento con atención, su expresión endureciéndose progresivamente.

—Esto podría ser exactamente la conexión que necesitábamos. Si logramos identificar quién estaba a cargo de tesorería en ese momento, y cruzamos esa información con los movimientos de Fenwick Holdings que ya documentamos...

—Ya lo hice. —Valeria deslizó otro documento hacia él—. El director de tesorería de esa época era un hombre llamado Joaquín Ferrer. Renunció apenas tres meses después de la muerte de Ernesto, con una indemnización considerablemente superior a lo que su contrato original estipulaba.

—¿Dónde está ahora?

—Vive retirado en una propiedad frente al mar, a dos horas de la ciudad. Compró esa propiedad, según el registro público, apenas seis meses después de renunciar. —Valeria sostuvo la mirada de Gabriel—. Con el salario que tenía como director de tesorería, esa propiedad hubiera representado casi diez años de ahorros completos.

Gabriel se recostó en su silla, procesando la magnitud de lo que estaban a punto de confirmar.

—Necesitamos hablar con él.

—Ya lo pensé. —Valeria cerró su tablet, con una determinación que había ido afinándose durante semanas de investigación paciente—. Pero no puedo ser yo quien se acerque directamente. Un abogado investigando en nombre de un cliente anónimo interesado en revisar antiguas prácticas financieras del Grupo Duarte resultaría mucho menos sospechoso que una inversionista extranjera haciendo preguntas incómodas.

—Puedo encargarme de eso.

—Gracias, Gabriel. —Por un momento, la máscara profesional de Valeria se relajó ligeramente, dejando entrever, aunque solo fuera por un instante, algo de la calidez que Camila todavía guardaba en algún lugar profundo bajo capas y capas de disciplina construida—. No sé qué haría sin ti en todo esto.

—Lo sabes perfectamente. —Gabriel sostuvo su mirada, con una intensidad que hizo que el corazón de Valeria se acelerara de una manera que nada tenía que ver con la estrategia empresarial—. Encontrarías la manera. Siempre la encuentras.

El silencio que siguió se cargó de una tensión distinta a la habitual, una tensión que ninguno de los dos se atrevió a nombrar directamente, hasta que el teléfono de Gabriel vibró, rompiendo el momento.

—Es Perla —dijo, revisando la pantalla con una expresión que rápidamente recuperó su seriedad profesional—. Quiere una reunión urgente mañana por la mañana.

—¿Sobre qué?

—No lo dice. —Gabriel frunció el ceño, leyendo el mensaje completo—. Solo dice que necesita discutir "un asunto delicado relacionado con nuevos accionistas minoritarios".

Valeria sintió que un escalofrío frío le recorría la espalda.

—Creo que acaban de notar la compra del dos por ciento.

—Es posible. —Gabriel guardó su teléfono, con una expresión preocupada—. Perla es extremadamente meticulosa con cualquier movimiento accionario que no reconozca de inmediato. Si sospecha que alguien está reuniendo información sensible sobre la empresa...

—Entonces vamos a averiguar exactamente qué tan cerca está de descubrir quién soy realmente. —Valeria se puso de pie, recuperando por completo la compostura fría y calculada de Valeria Cross—. Ve a esa reunión, Gabriel. Escucha con atención cada palabra. Y avísame de inmediato si mencionan siquiera de pasada el nombre Valeria Cross.

Gabriel asintió, observándola alejarse hacia su auto con una mezcla de admiración y una preocupación genuina que no lograba disimular del todo.

Porque conocía a Perla Duarte lo suficientemente bien como para saber que, cuando esa mujer sentía que algo amenazaba el control absoluto que ejercía sobre su imperio, no se detenía ante absolutamente nada para neutralizar esa amenaza.

Y si Perla llegaba a sospechar, aunque fuera remotamente, que la elegante inversionista suiza que acababa de comprar acciones de su empresa era en realidad la hija a la que había condenado años atrás, el peligro que correría Valeria dejaría de ser financiero para convertirse en algo mucho, mucho más letal.

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Cecilia Hoyos Serna
excelente narrativa , da al lector el poder de ir encajando los sucesos y acomodando la trama perfectamente.
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