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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Capítulo 10: Treinta Tazones De Sopa

La frase de Valentina llegó a Doña Milagros antes que el olor del caldo.

En Hacienda Reyes, las paredes oían mejor que los esposos.

Al tercer día después del banquete, Catalina entró en la sala privada de la Luna Madre con los ojos húmedos y los Brazaletes de la Luna a la vista. No lloraba de verdad. Catalina nunca desperdiciaba lágrimas si una inclinación de cabeza bastaba para hacerlas imaginar.

—No quise molestarla —dijo con suavidad—. Pero Valentina está perdiendo todo respeto.

Doña Milagros no levantó la vista de su bordado.

—¿Qué hizo ahora?

—Se negó a saludarme en el patio. Delante de sirvientes.

—Eso ya lo esperaba.

Catalina bajó la voz.

—También dijo que los Brazaletes de la Luna no deberían estar conmigo.

La aguja de Doña Milagros se detuvo.

Catalina supo que había encontrado el punto exacto.

—Y cuando una sirvienta mencionó que anoche pidió caldo de pescado, Valentina dijo que en esta casa por fin iba a comer lo que quisiera. Como si las normas de la familia Reyes fueran una burla.

Doña Milagros dejó el bastidor sobre la mesa.

—¿Caldo de pescado?

—Eso escuché.

La sonrisa de Doña Milagros fue lenta.

—Entonces vamos a complacerla.

Al mediodía, Nana Elena apareció en el patio lateral.

—La Luna Madre la llama.

Sofía se interpuso de inmediato.

—Mi señora aún está débil.

—Precisamente por eso debe alimentarse bien.

Valentina supo, por el modo en que Nana Elena dijo alimentarse, que aquello no era una invitación.

La llevaron al comedor menor, no a la sala privada. Demasiados sirvientes pasaban cerca. Demasiadas puertas abiertas. Doña Milagros quería testigos, pero testigos controlados.

Sobre la mesa había tazones.

Muchos.

El olor llegó primero: pescado hervido con especias fuertes, caldo espeso, sal, grasa fría en la superficie de los primeros recipientes. No era el caldo sencillo que Valentina había pedido para sí misma. Era una versión pesada, cargada, hecha para volver castigo lo que había sido consuelo.

Doña Milagros estaba sentada al extremo de la mesa.

Catalina, a su lado, fingía preocupación.

—Me enteré de que te gusta el caldo de pescado —dijo la Luna Madre—. Qué descuidada he sido al no ofrecerte suficiente.

Valentina miró los tazones.

—Doña Milagros.

—Siéntate.

—No tengo hambre.

—La tendrás.

Sofía dio un paso.

—Luna Madre, esto no...

—Una palabra más y te saco de esta casa hoy mismo.

Valentina tomó asiento antes de que Sofía se sacrificara otra vez por una batalla que no podía ganar.

Doña Milagros hizo un gesto.

Nana Elena colocó el primer tazón frente a Valentina.

—Bebe.

El caldo estaba demasiado caliente. Le quemó la lengua, pero tragó. El segundo tazón tenía más sal. El tercero ya empezaba a dejarle una capa de grasa en los labios. En el cuarto, Sofía lloraba en silencio. En el quinto, Catalina dejó de fingir preocupación y empezó a mirar con atención.

Valentina no contó en voz alta.

Doña Milagros sí.

—Seis.

El estómago de Valentina se cerró.

—Siete.

El olor empezó a volverse pared.

—Ocho.

Sofía se arrodilló junto a su silla.

—Por favor, basta. Se va a enfermar.

Doña Milagros ni la miró.

—Nueve.

Valentina sintió el primer espasmo en la garganta. Apoyó una mano en la mesa. La madera estaba fría bajo los dedos.

—Diez.

No era solo comida. Era una lección: cada tazón decía que incluso sus pequeños deseos podían ser tomados, deformados y usados contra ella.

En el once, Valentina recordó el primer caldo que había preparado para Sebastián, cuando su lobo no podía retener alimento y todos los sanadores habían empezado a hablar de despedidas.

En el doce, recordó a Doña Aurora bendiciéndola con una mano sobre la cabeza.

En el trece, recordó a Catalina girando los Brazaletes de la Luna frente al espejo.

En el catorce, dejó de recordar.

El cuerpo ya no le permitía ese lujo.

En el tazón quince, vomitó.

El cuerpo decidió antes que la voluntad. Valentina giró hacia un lado, doblándose sobre sí misma. Sofía intentó sostenerle el cabello y Nana Elena la apartó de un tirón.

—Déjala —ordenó Doña Milagros—. Quería caldo.

Catalina se cubrió la nariz con un pañuelo.

—Qué desagradable.

Valentina cerró los ojos. Respiró por la boca. Su loba, en el fondo, gruñó con una rabia cansada.

Cuando pudo incorporarse, tomó el siguiente tazón.

Sofía soltó un sollozo.

Doña Milagros dejó de sonreír.

—Dieciséis.

Para el veinte, Valentina ya no distinguía el sabor. Para el veinticuatro, sus manos temblaban tanto que parte del caldo le cayó sobre la falda. Para el veintisiete, Catalina ya no miraba con placer, sino con incomodidad. Hay resistencias que vuelven fea la crueldad de quien las mira.

Los sirvientes del corredor dejaron de murmurar.

Uno de los muchachos de cocina bajó la mirada cuando Nana Elena le ordenó traer más paños. Una mujer mayor, que llevaba años sirviendo a los Reyes, apretó un rosario lunar entre los dedos hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Nadie se atrevió a hablar. Pero el silencio cambió de dueño.

Ya no era el silencio que protegía a Doña Milagros.

Era el silencio que empezaba a recordar.

En el veintiocho, Valentina tuvo que sostener el tazón con ambas manos.

En el veintinueve, Sofía dejó de llorar. Se quedó mirando a Doña Milagros con una expresión tan quieta que parecía odio aprendido de golpe.

En el treinta, Valentina bebió despacio.

No porque pudiera.

Porque no les daría el sonido de su rendición.

—Treinta —dijo Doña Milagros al fin.

El último tazón quedó vacío.

Valentina lo dejó sobre la mesa con las dos manos.

No intentó limpiarse primero. No intentó parecer digna para ellos. La dignidad no estaba en verse intacta. Estaba en seguir mirando.

Alzó los ojos hacia Doña Milagros.

—Terminé. ¿La Luna Madre tiene otra instrucción?

La sala quedó en silencio.

Doña Milagros la miró como si, por primera vez, no supiera qué herramienta usar.

Valentina se puso de pie.

Las piernas casi le fallaron. Sofía logró sujetarla antes de que cayera. Esta vez nadie la apartó.

Catalina susurró:

—No era necesario ponerse así.

Valentina giró apenas el rostro hacia ella.

—Tiene razón. Nada de esto era necesario.

No dijo más.

La llevaron de vuelta al patio lateral. Al pasar por el corredor principal, escucharon otra escena al fondo.

Catalina, recompuesta, intentaba entrar al patio de Doña Aurora.

Nana Rosa bloqueaba la puerta.

—La Matriarca está descansando —dijo.

—Solo quiero saludarla. Estoy preocupada por su salud.

Nana Rosa la miró de arriba abajo, y en esa mirada había años de servicio, cansancio y una lealtad que ya había elegido bando.

—La Matriarca dejó dicho algo para usted.

Catalina levantó el mentón.

—¿Sí?

—Que se vaya.

La frase no fue fuerte. No hizo falta.

Varios sirvientes la oyeron.

Los Brazaletes de la Luna brillaron en las muñecas de Catalina como una burla que ya no encontraba público.

Catalina tardó un segundo en entender que Nana Rosa no iba a suavizarlo.

—Quizá no oyó bien mi nombre —dijo, todavía sonriendo—. Soy Catalina del Valle.

—La Matriarca oyó perfectamente.

—Sebastián querrá saber que se me trata así.

Nana Rosa abrió la puerta apenas, lo suficiente para que se viera la sombra de la habitación interior y no el rostro de Doña Aurora.

—La Matriarca también dijo que si el Alfa Reyes pregunta, puede venir él mismo a escuchar la respuesta.

El corredor se volvió una sala de juicio sin juez visible.

Catalina bajó la mano a los brazaletes. El gesto fue pequeño, pero Valentina lo vio: por primera vez, la plata no pareció una corona. Pareció algo robado que pesaba demasiado.

Valentina, sostenida por Sofía, no sonrió.

Pero respiró un poco mejor.

Esa noche, Catalina lloró de rabia en la sala de Doña Milagros.

—Me humilló delante de todos.

—La anciana está enferma —dijo Doña Milagros—. Y cuando la gente envejece, se aferra a caprichos.

—Sigue tratándola como la Luna legítima.

—Porque aún no he terminado de arreglarlo.

Catalina miró sus brazaletes.

—¿Y si Valentina logra la ruptura?

Doña Milagros sonrió.

—Para romper un enlace hace falta más que orgullo. Hace falta familia, testigos, documentos, permiso. Y ella no tiene nada de eso dentro de esta casa.

En la habitación lateral, Valentina apenas podía mantenerse sentada.

Sofía le quitó la ropa sucia con manos temblorosas y limpió su piel con agua tibia. No dijo nada durante mucho rato. Tal vez porque si hablaba, iba a gritar. Tal vez porque Valentina estaba tan quieta que parecía una vela a punto de apagarse.

—No se duerma todavía —pidió Sofía—. Solo un poco más.

—No me voy a morir.

Sofía se quedó inmóvil.

Valentina miró la ventana. La luna estaba cubierta por nubes, pero seguía ahí. Aunque nadie la viera.

—No voy a hacerles ese favor.

Sofía se tapó la boca.

Valentina apoyó la cabeza contra la pared.

—Hubo noches en que pensé que sería más fácil no despertar. Antes. Cuando creía que aguantar era lo único que sabía hacer.

—Val...

—Pero ya no.

Abrió los ojos. Estaban enrojecidos por la fiebre contenida y el cansancio, pero no perdidos.

—Si muero aquí, ellas contarán mi historia. Dirán que fui débil, que enfermé, que mi loba no soportó la vergüenza. Dirán que Catalina trajo orden donde yo dejé problemas.

Sofía negó con la cabeza, llorando.

—Nadie que la conozca creería eso.

—La mayoría de la gente cree lo que la manada repite más fuerte.

Valentina respiró despacio, cuidando el estómago.

—Por eso voy a estar viva para decirlo yo.

La voz le salió ronca, gastada por el vómito y el cansancio, pero cada palabra quedó limpia.

—Voy a vivir. Aunque sea solo para verlas perder.

Sofía lloró entonces, pero no intentó detener las lágrimas.

Valentina cerró los ojos.

No estaba en paz.

Estaba viva.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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