Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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Capítulo 6: ¿Despertar de Cenicienta
Los años pasaron y la rutina siguió siendo prácticamente la misma.
La tía Ingrid, que ya tenía treinta años, se había convertido en madre de tres niñas. Ninguna de ellas tenía padre presente y, al igual que el resto de la familia, también vivían en la casa de Victoria.
El tío Carlos continuaba allí.
Seguía mirándome con desprecio, con esa bronca que nunca había desaparecido.
La abuela me había advertido:
—Cuando Carlos llegue de trabajar, escondete. No quiero que te vea. Cuando te ve, se pone loco.
Y yo obedecía.
La tía Emilie vivía en su propio mundo. No molestaba, pero tampoco aportaba demasiado.
Mientras tanto, yo me encargaba de limpiar prácticamente toda la casa y de lavar mi ropa a mano.
Con la comida se turnaban entre ellos.
Yo, en cambio, casi siempre terminaba comiendo las sobras.
Seguía sin tener amigas.
Pero algo comenzó a cambiar.
Los chicos que años atrás se burlaban de mí ya no lo hacían de la misma manera.
Ahora me miraban diferente.
Algunos empezaron a pedirme que fuera su novia.
Yo siempre decía que no.
La abuela me había enseñado algo desde pequeña:
—Vos tenés que ser novia del hombre con el que algún día te vas a casar. No tenés que hacer nada malo ni permitir que nadie te haga nada hasta el matrimonio.
Yo confiaba en las palabras de Victoria y seguía sus consejos.
Pero mientras los chicos comenzaban a fijarse en mí, algo extraño ocurría con mis compañeras.
Cada día me miraban con más odio o resentimiento.
A veces me decían cosas que yo no entendía.
—Cenicienta.
—Mari Mar.
Yo no sabía por qué me llamaban así.
Hasta que un día se lo pregunté a la abuela.
Margarethe me miró y sonrió.
—Están celosas.
—¿Celosas de qué? —pregunté, sin entender.
—De vos.
Me quedé mirándola.
—Pero si yo no tengo nada.
Margarethe negó con la cabeza.
—No necesitás tener cosas lindas para ser hermosa. Aunque no tengas ropa nueva, aunque tus zapatillas estén gastadas... tenés una cara y un cuerpo muy bonitos.
No supe qué responder.
La verdad era que nunca me había visto de esa manera.
Yo solamente veía lo que me faltaba.
La ropa que no tenía.
Los zapatos gastados.
La falta de dinero.
La ausencia de mis padres.
Nunca había pensado que alguien pudiera verme y encontrar algo hermoso en mí.
Pero había algo que me preocupaba mucho más que todo eso.
Mis padres.
¿Qué podía decir de ellos?
Después de mí, tuvieron cinco hijos más.
Y había algo que me resultaba imposible de comprender.
A ninguno de ellos lo habían regalado.
A ninguno lo habían abandonado.
A ninguno lo habían dejado en manos de otra persona.
¿Por qué a mí?
Casi no conocía a mis hermanos.
De hecho, apenas tenía recuerdos de ellos.
Mi madre solo había venido a verme una vez.
Y ni siquiera había sido para verme a mí.
Había necesitado mi certificado de nacimiento para hacer unos trámites.
Eso fue todo.
Se llevó el certificado.
Y nunca volvió.
Durante años intenté convencerme de que algún día tendría una explicación.
Pero el tiempo pasaba y las preguntas seguían creciendo dentro de mí.
*¿Por qué me abandonaron?*
*¿Por qué no quisieron criarme?*
*¿Por qué mis hermanos sí pudieron quedarse con ellos y yo no?*
Había algo que no encajaba.
Algo que no sabía.
Algo que, de alguna manera, había estado oculto desde el día en que nací.
Por primera vez, dejé de preguntarme si había hecho algo malo.
Y empecé a preguntarme otra cosa:
**¿Qué había ocurrido realmente el día de mi nacimiento?**
Tal vez había llegado el momento de descubrirlo.
Porque mis padres habían sido capaces de abandonarme...
tenía que existir una razón.
Y yo estaba decidida a encontrarla.
**Tenía que averiguar la verdad.**