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Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Mi Exmarido Millonario Ahora Es Mi Jefe

Status: Terminada
Genre:CEO / Oficina / Reencuentro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:29
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Heloísa aprendió a levantarse antes del amanecer, a tomar dos trenes con la vianda en el bolso y una hija dormida en la memoria, a sonreír con la dignidad de quien no le debe nada a nadie. Seis años atrás, un matrimonio se le deshizo entre las manos y una familia poderosa la borró del mapa como quien limpia una mancha. Ella sobrevivió. Se reconstruyó. Enterró aquel nombre para siempre.

Hasta la mañana en que ese nombre volvió a aparecer en la pantalla de su computadora: Vicente Vasconcelos, el nuevo presidente de la empresa. Su exmarido. Su jefe. Y a su lado, una prometida embarazada del brazo y una sonrisa afilada.

Pero hay algo que no encaja. Un osito de peluche gastado que Heloísa juraría reconocer. Una niña de ojos oscuros que la huele y susurra que "huele a mamá". Un hombre de hielo que, de repente, guarda el aroma de un jabón descontinuado y pide "por favor" por primera vez en su vida. Cuanto más intenta Heloísa mantener las distancias, más se derrumban los muros que tardó seis años en levantar… y más cerca queda de una verdad que alguien enterró junto con todo lo demás.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

POV: Heloísa

—¿Tú podrías ser mi mamá de verdad?

La pregunta quedó colgada en el aire de la cocina y sentí que el piso se me iba. El pecho entero me dolió de unas ganas que no tenía derecho a existir, las ganas de decir que sí, de tomar a esa niña en brazos y no devolverla a nadie. Yo no la conocía. Ella no era nada mío. Y aun así.

Me agaché, sostuve sus dos manitas entre las mías, la medallita tibia apretada entre nuestras palmas, y respiré hondo antes de poder hablar.

—Escucha, mi amor. Toda niña merece una mamá que la quiera de la manera correcta. Estoy segura de que la tuya va a llegar. —La voz casi se me quiebra a la mitad—. Y hoy es tu cumpleaños. Así que ve a disfrutar tu pastel, ¿sí? Lo hice con mucho cariño para ti.

—¿Lo hiciste pensando en mí? —preguntó.

—Lo hice pensando en ti. Cada florecita.

Apretó los labios, ese gesto de quien no consiguió lo que quería pero es demasiado educado para insistir, y asintió. Antes de salir corriendo al jardín, miró la medallita en su mano una vez más, como quien verifica si sigue ahí, y después me miró a mí.

—¿Vuelves un día? —dijo—. ¿A hacer pastel de nuevo?

No lo prometí. No conseguí ni prometerlo ni negarlo. Solo le pasé la mano por la mejilla, y ella lo aceptó como respuesta y disparó hacia el césped, el vestido arrugado desapareciendo entre las piernas de los adultos.

Tomé mi bolsa y me fui por la puerta de servicio, sin mirar atrás, sin esperar el pago, sin hablar con nadie. Pasé de largo por la caseta, por la calle demasiado ancha, por los portones. En el tren de vuelta a casa lloré bajito, de cara a la ventana, la frente pegada al vidrio frío que vibraba con los rieles, y no supe explicarme el motivo. Una señora del asiento de enfrente me ofreció un pañuelo de papel sin decir nada. Lo acepté, agradecí con la cabeza, y ella volvió a mirar al frente, de esa manera en que uno respeta el dolor de quien comparte el vagón.

El lunes por la mañana, cuando llegué a la oficina, mi cubículo había cambiado.

El panel divisorio que separaba mi mesa del pasillo había desaparecido. El helecho que yo mantenía en el rincón, la única cosa verde de aquel piso de vidrio y concreto, también. En su lugar, solo espacio abierto, mi mesa expuesta y, del otro lado del pasillo, la pared de vidrio de la sala de la presidencia con visión directa a mí.

—Fue orden de arriba —susurró Larissa, inclinándose—. Llegó la gente de mantenimiento el sábado. Dijeron que era para "mejorar el flujo del piso". Solo quitaron el tuyo, ¿eh? Coincidencia rara. —Echó una ojeada de reojo a la sala de vidrio—. Y mira, el helecho lo pusieron en su oficina. Ahí está, en el estante. Me acabo de dar cuenta.

Yo miré. Ahí estaba, mi helecho, en una maceta nueva, en el estante detrás de su mesa, más frondoso de lo que nunca estuvo en mi rincón sin sol.

No era coincidencia. Del otro lado del vidrio, Vicente estaba de pie, el celular al oído, y aunque hablara con quien fuera, tenía los ojos en mí. Cuando notó que yo me había dado cuenta, no desvió la mirada. Siguió observándome con la cara de quien no le debe explicaciones a nadie.

Giré la silla de espaldas a su oficina. Infantil, pero era el único panel que me quedaba.

—Vaya, qué ascenso tan rápido. —La voz vino de atrás, azucarada y ácida al mismo tiempo—. La mesa con la mejor vista del piso. Debe de ser bueno tener padrino.

Tatiana Lôbo trabajaba en comercial, dos años en la casa, las uñas siempre perfectas y una sonrisa que usaba como cuchillo. Tenía la costumbre de decir las cosas más crueles con la voz más dulce, para que, si alguien se quejaba, la culpable pareciera la exagerada.

—Buenos días, Tatiana —respondí, sin morder el anzuelo.

—Es que uno comenta, ¿no? —Se apoyó en mi mesa, echó una ojeada estudiada a la sala de vidrio, jugueteó con el anillo del dedo—. Tú no vendes, no cumples meta, no traes clientes. Pero te ganas la atención del presidente nuevo. Las chicas están curiosas por saber tu secreto. —Bajó la voz, confidencial y venenosa—. Vamos, cuéntame. ¿Es almuerzo? ¿Es cena? Un hombre así no mira gratis a una secretaria de RRHH.

Sentí que la cara se me calentaba, pero mantuve la voz en su lugar.

—El secreto es hacer mi trabajo —dije—. Deberías probarlo un día.

Abrió la boca para replicar, pero no le dio tiempo.

El teléfono del piso entero pareció sonar al mismo tiempo. Un cliente grande, un contrato de tercerización que se firmaba esa tarde, y alguien había mandado el borrador con el número de empleados equivocado, la clasificación de cargos cambiada, un error que, si pasaba, iba a estallar en un juicio laboral meses después. El comercial estaba en pánico. El borrador iba a firma a las tres, el cliente ya venía en camino, y el director iba de un lado a otro del pasillo con el teléfono pegado a la oreja. Tatiana, que había armado la propuesta, se puso blanca.

Solté el café y jalé el borrador a mi pantalla. Conocía ese tipo de contrato de memoria, había limpiado desórdenes iguales toda la vida. En cuarenta minutos rehice el cuadro de cargos, ajusté las clasificaciones, señalé dos cláusulas que exponían a la empresa y las reescribí. Crucé los números con el convenio colectivo de la categoría, encontré un piso salarial desactualizado que nadie había visto, lo corregí. Mandé la versión corregida al jurídico y al comercial con los cambios destacados, uno a uno, cada modificación con un comentario al margen explicando el porqué, para que a nadie le quedara duda de quién había encontrado qué.

Cuando el director comercial pasó por mi mesa media hora después a agradecerme, en voz alta, delante de todo el mundo, diciendo que yo había salvado a la empresa de un juicio caro, Tatiana estaba a tres metros, fingiendo teclear en la computadora, con las orejas rojas.

Larissa me dio un puntapié discreto por debajo de la mesa, sonriéndole a la pantalla.

Fue solo al final del día, cuando Vicente pasó por mi cubículo a dejar una carpeta firmada, que ocurrió la última cosa.

Se detuvo a mi lado por un instante, el brazo cerca del mío, soltando los documentos. Y lo sentí.

Un olor. Leve, limpio, de flor de azahar. El olor de un jabón líquido específico, de una marca pequeña que había salido de circulación hacía años, que yo usaba cuando era más joven y no tenía dinero para perfume, el olor que un día había sido el mío. El olor del departamento pequeño donde vivimos los primeros meses, de las toallas compartiendo el mismo tendedero.

Levanté los ojos hacia él sin querer. La muñeca de su brazo estaba a un palmo de mi cara, y de ahí venía.

Él ya se iba, de espaldas, pero el olor quedó, flotando en mi mesa después de que pasó, aferrado al aire como una cosa que él hubiera dejado ahí a propósito, o que cargaba sin saber que me delataba.

Aquella marca ya no existía en los estantes desde hacía años. Yo la había buscado una vez, en una farmacia de barrio, y la dependienta ni sabía de qué le estaba hablando. Él había ido a buscarla.

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