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La Maldición Del Cielo

La Maldición Del Cielo

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Romance / Época / Completas
Popularitas:1.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Una maldición transmitida por generaciones con el poder de controlar el clima del reino con las emociones del portador y un rey con una vida llena de tragedias

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La Noche de los Cristales Rotos

​El frágil equilibrio de la fortaleza colapsó la noche en que Manuel cumplió catorce años.

​Era un velada de otoño inusualmente silenciosa. El rey Theron había decidido esa misma mañana que era el momento de enviar a Manuel al Monasterio de la Penumbra, una abadía aislada en la cordillera donde monjes ascetas practicaban el aislamiento sensorial para extirpar cualquier brote afectivo.

​Cuando Yvaine se enteró del plan a través de una sirvienta, la última hebra de su cordura se quebró.

​Manuel se hallaba en sus aposentos, intentando memorizar tratados de navegación marítima, cuando una serie de gritos rasgó el silencio de la fortaleza. Escuchó el sonido de cristales rotos, el galope de los guardias por los pasillos y la voz desquiciada de su madre resonando en la gran galería.

​Con el pulso acelerado, el joven corrió hacia los aposentos reales. Al empujar las puertas de roble, la escena lo paralizó.

​La reina Yvaine, con los cabellos desgreñados y los ojos desorbitados, empuñaba una daga de caza. A sus pies, yacía el rey Theron desangrándose por múltiples heridas. Lo más aterrador era la cara del soberano: incluso sintiendo cómo la vida se le escapaba, Theron mantenía una mirada neutra, vacía, casi aburrida, como si su propia muerte fuera un trámite menor.

​—¿Lo ves, Theron? ¡Por fin haces algo humano! ¡Por fin sangras! —reía Yvaine entre sollozos desencajados.

​El rey moribundo fijó sus ojos en su hijo, que permanecía mudo en el umbral.

​—Controla... tu pulso... Manuel... —murmuró Theron con voz apagada—. El firmamento... se quiebra...

​Fueron sus últimas palabras. Su cabeza cayó de lado sobre la alfombra.

​Yvaine miró la sangre en sus manos y luego observó a su hijo. Un terror repentino sustituyó a la demencia. Al comprender el crimen cometido y el abismo al que arrojaba al muchacho, la reina ahogó un grito, alzó la daga y se la clavó en el pecho sin dudar.

​—¡Mamá! —el grito de Manuel cortó la noche.

​El príncipe cayó de rodillas sobre la moqueta manchada. La suma de horror, culpa, desamparo y dolor explotó en su mente con la violencia de un volcán.

​En ese preciso instante, la maldición de la sangre se desencadenó sobre Eldamar.

​Afuera, el cielo plomizo desapareció de golpe. La noche se tiñó de un rojo sangriento. Un vendaval de fuerza colosal embatió la capital, arrancando tejas de pizarra y derribando torres de vigía. Rayos de fuego azul golpearon las almenas, destrozando estatuas ancestrales, mientras una granizada de piedras de hielo negro perforaba los tejados del palacio. La naturaleza misma aullaba al unísono con el colapso del joven huérfano.

​Al día siguiente, entre el humo de los incendios provocados por los rayos y los escombros de la armería, Manuel fue coronado rey de Eldamar.

​La ceremonia fue un espectáculo desolador. El joven de catorce años, cubierto por una túnica de luto demasiado amplia para su figura, permanecía sentado en el trono de granito con el rostro lívido. El Archmaestre Elion le colocó la pesada corona sobre las sienes. Ninguno de los nobles o consejeros presentes se atrevió a aplaudir. Afuera, cada frase del juramento real dictado por los sacerdotes era acentuada por truenos que hacían vibrar los ventanales.

​—Por la sangre y el Firmamento... os proclamo Manuel, Primero de su Nombre —anunció Elion con voz trémula, mirando de reojo los cielos convulsos.

​Los primeros tres años de su mandato fueron una sucesión de crisis climáticas. Manuel carecía del adiestramiento para congelar sus emociones, y el recuerdo de la tragedia familiar era una herida viva. Era un soberano roto gobernando un país sacudido por sus estados de ánimo.

​Si Manuel despertaba sobresaltado por una pesadilla, el amanecer traía una niebla ácida que abrasaba los cultivos. Si durante las sesiones del Consejo los barones lo abrumaban con exigencias tributarias, vientos huracanados azotaban los valles centrales, volando puentes y establos. Y cuando la amargura lo dominaba al recorrer las estancias vacías de su infancia, una nevada voraz sepultaba el reino en pleno verano.

​Los consejeros intentaron aplicar los viejos remedios.

​—Majestad, debéis beber este extracto de adormidera y adelfa —insistía el médico real, ofreciéndole una copa de plata—. Sedará vuestros sentidos. Si no sentís, el clima recobrará su equilibrio.

​—¡No quiero vivir adormecido! —protestó Manuel, arrojando la copa contra el muro.

​Ante la sensación de asedio o intrusión en su intimidad, la respuesta del entorno era instantánea: leves temblores de tierra sacudían los cimientos y el granizo destruía los rosetones de la capilla.

​A los diecisiete años, quedó claro que Manuel nunca sería un rey insensible. No podía apagar su corazón sin destruirse por completo. El Consejo comprendió una verdad inevitable: si Eldamar quería prosperar, el pueblo no podía cambiar al rey; tendría que adaptarse a sus variaciones emocionales.

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