Una joven condenada como villana renace antes de su muerte y, al descubrir el legado oculto de las Espinas, deberá aliarse con el temido Duque Raven para enfrentar una antigua conspiración que amenaza al Imperio.
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Capítulo 10. Los Ojos de la Orden
A la mañana siguiente, Aria supo que algo había cambiado.
No podía explicarlo.
Era una sensación.
Una presión en el aire.
Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Los años vividos en su primera vida le habían enseñado a confiar en esos instintos.
Y sus instintos le gritaban que estaban siendo observados.
Aldric parecía pensar lo mismo.
Antes del amanecer ya había recorrido los alrededores de la cabaña.
Cuando regresó, su expresión era sombría.
—Tenemos un problema.
Liam levantó la vista inmediatamente.
—¿Qué encontraste?
Aldric colocó algo sobre la mesa.
Una pequeña pieza de tela negra.
En una esquina estaba bordada una rosa oscura.
El silencio cayó sobre la habitación.
—Estuvieron aquí —dijo Aria.
—Sí.
—¿Anoche?
—Probablemente.
Liam tragó saliva.
Por primera vez, el peligro dejaba de ser una idea lejana.
Ahora estaba frente a ellos.
Aldric desplegó un mapa sobre la mesa.
Sus dedos marcaron la ubicación de la cabaña, los caminos cercanos y las aldeas que habían visitado durante los últimos días.
—Debemos asumir que conocen esta ubicación.
—Entonces deberíamos marcharnos —dijo Liam.
—Todavía no.
Aria observaba la tela negra.
Algo no encajaba.
La Orden había estado tan cerca como para dejar una marca.
Habían llegado hasta la cabaña.
Habían encontrado el refugio de Aldric.
Y, sin embargo, no atacaron.
—¿Qué ocurre? —preguntó Aldric.
Ella levantó la mirada.
—Si realmente saben dónde estamos, ¿por qué no atacaron?
Nadie respondió.
Porque era una buena pregunta.
La respuesta llegó al día siguiente.
Tres hombres aparecieron en la aldea más cercana.
No preguntaban por Aldric.
Tampoco por Aria.
Preguntaban por ruinas antiguas.
Por símbolos extraños.
Por diarios desaparecidos.
Buscaban información.
Exactamente igual que ellos.
—Nos están siguiendo —dijo Liam, observando desde la ventana de una taberna.
Habían viajado hasta la aldea con identidades falsas, con la intención de escuchar rumores y comprobar si la Orden se movía abiertamente.
Lo hacía.
Con demasiada confianza.
Aria observó a los tres hombres desde una mesa apartada.
No parecían soldados.
Tampoco mercenarios comunes.
Vestían como comerciantes discretos, pero sus ojos se movían demasiado.
Medían salidas.
Contaban personas.
Observaban manos, armas, puertas y ventanas.
—No —murmuró Aria.
Liam la miró.
—¿No?
—No nos están siguiendo.
Aldric, sentado frente a ella, entrecerró los ojos.
—Entonces ¿qué hacen?
Aria sostuvo la taza entre las manos, fingiendo calma.
—Nos están utilizando.
Liam abrió la boca, pero no dijo nada.
—Ellos no saben exactamente lo que encontramos —continuó Aria—. Todavía. Están esperando que los llevemos hasta las respuestas.
Aldric sonrió.
Era una sonrisa fría.
Peligrosa.
—Bien pensado.
Aquello también explicaba algo más.
La Orden no estaba cazándolos.
Todavía.
Prefería observar.
Aprender.
Esperar.
Como un depredador.
Aquella noche tomaron una decisión.
Si la Orden quería observarlos, ellos harían lo mismo.
Liam comenzó a recopilar los movimientos de los hombres de la rosa negra.
Aldric siguió sus rutas.
Aria comparó toda la información con el diario de Elara.
Y poco a poco comenzó a aparecer un patrón.
Todas las búsquedas de la Orden conducían al mismo lugar.
Un antiguo monasterio abandonado en las montañas.
Un lugar olvidado por casi todo el mundo.
Excepto por quienes conocían la historia correcta.
—Aquí.
Aria señaló el mapa.
—Están concentrando hombres cerca de esta zona.
—¿Qué hay allí? —preguntó Liam.
Ella consultó el diario de Elara.
Pasó varias páginas hasta encontrar una anotación casi perdida entre otras frases.
La tinta estaba desgastada.
La letra, temblorosa.
Pero las palabras seguían allí.
"El primer santuario permanece donde la fe murió y las espinas echaron raíces."
Aria leyó la frase en voz baja.
Aldric se puso de pie inmediatamente.
Su reacción fue tan rápida que sorprendió a ambos.
—¿Lo conoces? —preguntó Aria.
—Sí.
—¿Qué es?
El maestro observó las llamas de la chimenea.
Como si estuviera recordando algo ocurrido mucho tiempo atrás.
—El lugar donde comenzó todo.
Aquella frase dejó la habitación en silencio.
Liam tragó saliva.
—Cuando alguien dice “el lugar donde comenzó todo”, normalmente nada bueno viene después.
—Esta vez tampoco —respondió Aldric.
Aria cerró lentamente el diario.
Por primera vez desde que encontró las ruinas del bosque, sintió verdadero entusiasmo.
No porque estuviera cerca de las respuestas.
Sino porque estaba cerca de la verdad.
Y en esta vida pensaba alcanzarla.
Sin embargo, lejos de la cabaña, la Orden también se movía.
En una mansión oculta al norte, varios hombres se reunían alrededor de una larga mesa.
Documentos.
Mapas.
Nombres.
Y sobre todos ellos destacaba un único dibujo.
Una espina negra.
El líder observó el símbolo durante varios segundos.
Luego habló.
—La heredera está más cerca de lo esperado.
La habitación quedó en silencio.
—¿Debemos intervenir?
El hombre sonrió.
—No todavía.
Sus dedos se deslizaron sobre el dibujo.
—Primero quiero saber quién la está guiando.
Porque si los informes eran correctos...
Aldric Ravenhart seguía vivo.
Y aquella noticia preocupaba a la Orden mucho más que cualquier otra cosa.
Más bien parece apodo como: Roberto Gómez Bolaños "Chespirito",
Javier López "Chabelo", Yolanda Montes "Tongolele", Roberto Cobos "Calambres", Germán Valdés "Tin Tan", Gaspar Henaine "Capulina", Manuel "Loco" Valdez, Jorge "Burro" Vanrranqui, etc.🤷♀️🙎♀️
Si apenas estás viviendo la segunda "según".🤨 "🤷♀️"
A no ser que ya tuvieras vivido otra antes de la de la higuera. Y entonces está sería la tercera y ya tendría sentido la frase de " sus dos vidas". 🧐