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Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Ascenso de clase social
Popularitas:457
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Luz Albarracín

Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
​Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
​Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.

NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17

El avión tocó pista en Malpensa con un sacudón suave que me devolvió de golpe a la realidad.

Guardé el teléfono en la cartera tras cortar la llamada con Teté y respiré hondo mientras el murmullo de los pasajeros desabrochándose los cinturones en italiano e inglés llenaba la cabina.

El proceso de desembarque y la aduana pasaron entre una neblina de nervios e incredulidad. Al salir a la terminal, Matteo Rossi ya me estaba esperando con un chofer que se encargó de mis valijas y de las cajas con las piezas más delicadas que había traído conmigo.

El trayecto hacia el centro de la ciudad fue un contraste abrumador. A través del cristal del auto, vi cómo la vegetación del trayecto de la autopista le cedía el paso a una arquitectura imponente, donde edificios antiguos de fachadas sobrias convivían con el ritmo acelerado de una capital europea.

El auto se detuvo frente a un hotel boutique en la zona de Brera, a pocas cuadras de la galería. Matteo se encargó del registro en la recepción y me entregó la tarjeta de la habitación con una sonrisa amable.

—Descansa hoy, Morgana —me dijo antes de despedirse—. Mañana temprano empezamos con el montaje de la exposición. Milán te está esperando.

Subí en el ascensor en silencio. Al entrar a la habitación, la elegancia del lugar me descolocó por un segundo: suelos de madera oscura, tonos cálidos y una luz tenue que le daba un aire de refugio refinado. Dejé el bolso sobre la cama y me acerqué directo hacia el ventanal de techo a piso que daba hacia la calle.

Corrí las cortinas gruesas y abrí la ventana. Un aire fresco, con aroma a café tostado y piedra húmeda, me llenó los pulmones.

Desde el balcón, la vista de Milán se desplegaba ante mí. Las calles empedradas abajo vibraban con gente vestida con elegancia, los tranvías amarillos cruzaban las esquinas y, a lo lejos, la silueta de los tejados históricos dibujaba una ciudad que parecía no tener techo.

Me apoyé contra el marco de la ventana, sintiendo cómo el cansancio del viaje y el vacío en el pecho se matizaban con una extraña sensación de libertad. Ya no estaba en el taller intentando encajar, ni sufriendo en silencio por un amor no correspondido. Estaba en Italia, sola, a punto de mostrarle mi arte al mundo.

En la mañana me levanté temprano, para ser exactos a las 7, por lo ansiosa que estaba. Ese mismo día tenía la exposición y no sabía cómo controlar este nerviosismo que me estaba consumiendo.

​Agarré mi celular y llamé a Hestia. Tras varios pitidos largos, estaba por rendirme y cortar hasta que me contestó una voz adormilada:

​—Morgana, ¿qué querés? Son las dos de la mañana.

​La escuché bostezar y me reí.

​—Disculpá, es que hoy es la primera exposición de los jarrones, estoy que me llevan los nervios y no sé qué hacer.

​Hablaba muy rápido.

Hestia soltó una risita suave del otro lado de la línea, amortiguada por las sábanas.

​—Respirá, Morita. Escuchame una cosa: si el tipo de la galería viajó hasta Argentina solo para llevarte a Italia, no fue por lástima ni por casualidad. Fue porque lo que hacés es increíble.

​—Ya sé, pero ver todas las piezas empaquetadas y saber que en unas horas la galería va a estar llena de gente que sabe de arte me da un terror absoluto —confesé, caminando de un lado a otro por la habitación del hotel.

​—Que sepan de arte no significa que tengan más sensibilidad que vos —respondió Hestia con tono firme, y escuché el sonido de cómo se acomodaba en la cama—. Vos moldeaste cada uno de esos jarrones con lo que tenías adentro, con dolor, con verdad. Eso no se estudia en ninguna academia, Morgana. Se siente o no se siente. Y tu trabajo llega directo al pecho.

​Me detuve frente al ventanal, observando el amanecer sobre las calles de Milán, y sentí cómo el nudo en el estómago empezaba a aflojar un poco.

​—¿Creés que estoy lista para esto? —pregunté en un susurro.

​—Estás más que lista. Salí de ahí, ponete algo hermoso, caminá con la cabeza alta y mostrales a todos quién sos. Te lo prometo: esta noche vas a romperla. Y cuando termine la exposición, me vas a llamar para contarme que vendiste todo.

​Sonreí, sintiendo una calidez enorme en el pecho.

​—Gracias, Hestia. De verdad. Perdón por despertarte a las dos de la mañana.

​—Por vos, lo que sea. Ahora andá a brillar, Morita. Dale que te espero con las novedades.

Pasé todo el día con Matteo hablando de arte y, por primera vez desde que se fue Elian, me sentía tranquila.

​Por la noche, Matteo trajo a un grupo de profesionales a mi habitación.

​—Mia cara, le he traído a los mejores profesionales para que la ayuden a relucir esta noche, que es suya.

​Sonrió y se fue.

​Los profesionales se movían con una rapidez increíble, buscando un look y los colores que mejor me favorecían.

​Al cabo de dos horas, por fin habíamos terminado: llevaba un vestido de gala amarillo, pegado al cuerpo con corte sirena; el cabello tenía extensiones y estaba bellamente recogido, acompañado de un maquillaje que resaltaba mis ojos celestes.

El auto de la galería se detuvo justo frente a la entrada principal de la Galleria d'Arte Brera. A través de los cristales oscurecidos, vi una multitud de fotógrafos, críticos de arte y coleccionistas reunidos bajo las luces cálidas de la fachada.

Al bajar del vehículo, los destellos de las cámaras iluminaron la noche. Sostuve la mirada con firmeza, erguida en mi vestido amarillo de corte sirena, sintiendo el peso reconfortante de la transformación que había vivido.

Matteo Rossi me esperaba en la entrada con una sonrisa de satisfacción impecable. Me ofreció su brazo y me guio hacia el salón principal, un espacio de techos altos, columnas de mármol y una iluminación puntual que hacía resaltar únicamente las piezas expuestas.

En el centro de la sala, sobre pedestales de diseño sobrio, descansaban mis jarrones. La figura calcada de Elian, con su elegancia amarga y su mirada penetrante, parecía cobrar vida bajo los focos europeos.

Matteo caminó hacia el centro del salón, tomó un micrófono y dio dos leves toques para llamar la atención del público. El murmullo de la sala se apagó de inmediato.

—Buonasera a tutti —comenzó Matteo, proyectando una voz pausada y envolvente—. Esta noche, la Galleria d'Arte Brera tiene el honor de presentar una colección que no solo destaca por su técnica impecable, sino por la verdad cruda que habita en cada una de sus formas.

Hizo una pausa estratégica, haciendo un gesto con la mano para invitarme a dar un paso al frente.

—Directamente desde Argentina, les presento a Morgana Sinclair. Una artista que ha sabido transformar el dolor y la pérdida en una obra monumental. En cada uno de estos jarrones no hay solo arcilla y pigmento; hay emoción pura, melancolía moldeada con una maestría que pocos logran en toda una carrera. Señoras y señores, contemplemos el nacimiento de una figura fundamental de la cerámica contemporánea.

Los aplausos resonaron con fuerza por todo el salón. Vi a los críticos acercarse a las piezas, observando minuciosamente los detalles, susurrando entre ellos con gestos de asombro.

Miré mis obras una vez más. El dolor que las había creado seguía grabado en la cerámica, pero ahora le pertenecía al mundo, y yo, por primera vez, era completamente libre.

Mientras los aplausos comenzaban a dispersarse en un murmullo constante de copas rozándose y conversaciones animadas, Matteo me hizo una seña desde un extremo del salón. A su lado se encontraba un hombre de cabello cano, postura distinguida y un traje hecho a medida que denotaba un estatus impecable.

—Morgana, quiero presentarte al señor Vittorio Moretti —dijo Matteo en tono bajo pero con una chispa de entusiasmo evidente en la mirada—. Uno de los coleccionistas más influyentes de Europa.

El hombre dio un paso al frente y tomó mi mano con cortesía, dedicándome una inclinación de cabeza.

—Señorita, debo confesar que vine esta noche con cierta cautela —comenzó el señor Moretti, observándome con ojos analíticos—. Sin embargo, ver sus piezas en persona ha sido una experiencia electrizante. Hay una honestidad desgarradora en el trazo de cada rostro, una narrativa sobre la pérdida que no se puede impostar.

—Muchas gracias, señor Moretti —respondí, manteniendo la compostura y la barbilla en alto, aunque por dentro mi corazón latía con fuerza—. Cada vasija nació de un proceso de sanación personal.

—Y se nota —asintió él, volviendo la vista hacia los pedestales iluminados—. No tendría sentido separar estas obras. Pertenecen al mismo capítulo de su vida y deben permanecer juntas. Quiero adquirir la colección completa para mi fundación en Roma.

El comentario me tomó por sorpresa por un segundo, pero sostuve su mirada sin dejar traslucir el impacto. Vender la colección entera en la primera noche no solo aseguraba mi estabilidad económica, sino que consagraba mi nombre en el circuito internacional.

—Es una propuesta muy generosa —dije, esbozando una sonrisa serena—. Me honra saber que conservarán su unidad en un espacio donde el público pueda apreciar la historia completa.

—Excelente —concluyó Moretti, intercambiando una mirada de complicidad con Matteo—. Mi equipo se pondrá en contacto con la galería mañana a primera hora para cerrar los detalles. Felicidades, Morgana. Su talento no tiene techo.

Cuando el coleccionista se alejó para reunirse con otros invitados, me quedé unos segundos en silencio. Miré las piezas una última vez: las formas que alguna vez moldearon mi dolor en el taller de Buenos Aires ahora pertenecían a la historia del arte europeo, y yo dejaba de ser una sombra para convertirme en la dueña absoluta de mi propio destino.

Al regresar al hotel, el silencio de la habitación contrastaba fuertemente con los vítores y la música de la Galleria d'Arte Brera. Me descalcé con un suspiro de alivio, me senté en la orilla de la cama con el vestido amarillo aún puesto y tomé el teléfono.

Miré la hora: en Italia la madrugada ya despuntaba, pero en Argentina eran apenas pasadas las diez de la noche. Marqué el número de Hestia sin dudarlo.

Al segundo tono, la llamada se conectó.

—¡Morita! —exclamó Hestia de inmediato, sin darme tiempo a saludar—. Estaba esperando con el teléfono en la mano. Decime qué pasó, me muero de la intriga.

Una risa corta y nerviosa se me escapó del pecho antes de que pudiera responder.

—Hestia... no te vas a dar idea de lo que fue esto —dije, sintiendo cómo se me quebraba la voz por la emoción acumulada—. La galería estaba repleta. Había fotógrafos, críticos, prensa... y Matteo hizo una presentación increíble.

—¡Sabía que la ibas a romper! —festejó del otro lado—. Pero contame más, ¿cómo reaccionó la gente cuando vio los jarrones?

—Ahí no termina lo importante —respondí, bajando la voz como si aún no terminara de creérmelo—. Un coleccionista de Roma, el señor Vittorio Moretti, se me acercó a la mitad de la noche. Dijo que las piezas no podían separarse porque contaban una misma historia... y compró la colección completa.

Hubo un silencio absoluto de un segundo del otro lado de la línea, seguido por un grito de alegría que me obligó a alejar el teléfono del oído.

—¡No te lo puedo creer! —gritó Hestia—. ¡Toda la colección en una sola noche! Morgana, esto es enorme. ¿Te das cuenta de lo que acabás de lograr?

—Todavía no me entra en la cabeza —admití, apoyando la espalda contra los almohadones y mirando hacia la ventana—. Me temblaban las piernas cuando cerramos el acuerdo, pero me mantuve firme. Vendí todo, Hestia.

—Te lo dijera antes de que te subieras al avión: tenías todo para brillar —dijo Hestia, y esta vez su voz sonó suave, casi emocionada—. Te merecés cada segundo de este éxito. Dejaste atrás todo el dolor y ahora mirá dónde estás. Estoy profundamente orgullosa de vos.

Nos quedamos hablando durante casi una hora, repasando cada detalle de la velada entre risas. Cuando finalmente cortamos, dejé el celular sobre la mesa de noche, me recosté en la cama y cerré los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, la mente me dio tregua y el futuro se sintió completamente mío.

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Maria M. Rosario
Creo q la familia lo savo del.medio. y no es cierto q va tras Alexandra o quizas ellos se lo hiceron creer.
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