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Me enamoré del capo más temido

Me enamoré del capo más temido

Status: Terminada
Genre:Romance / Posesivo / Centrado emocionalmente / Mafia / Dominación / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro / Completas
Popularitas:141
Nilai: 5
nombre de autor: Monica Swenson

Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.

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Capítulo 14

Capítulo 14: Termo rosa y pistola importada

Esa mañana, antes de pasar al hospital, Dante había tenido junta en una de sus empresas de fachada: una constructora respetable, con logo bonito, oficinas de cristal y hasta obras de verdad a medio levantar por la ciudad, que servía para que el dinero sucio del hampa saliera limpio por el otro lado, blanqueado y con factura, como agua que entra turbia a un filtro y sale clara. Sobre la mesa de juntas, ante una fila de contadores de traje y corbata que cobraban muy bien por no preguntar nada y por mirar hacia otro lado, arrojó varias bolsas de efectivo con la misma indiferencia con que otro cualquiera dejaría caer un llavero sobre la mesa de la entrada al llegar a su casa.

—Que esto entre por la obra del norte —dijo—. Y quiero al Puerto listo para el jueves. —Miró a Beto—. Vas tú solo a recibir el cargamento.

A Beto se le tensó la cara. Ir solo al Muelle 3 a recibir carga era exponerse; ahí cualquier cosa podía salir mal. Pero no discutió. Al Tigre no se le discutía.

En el hospital, cuando Dante llegó, encontró a Camila con el teléfono pegado a la oreja y la cara descompuesta. Le hizo una seña de que ya colgaba.

—…sí, mamá. Sí. Ya te dije que sí. —Camila cerró los ojos—. Adiós.

Colgó y soltó el aire. Yolanda había llamado, no para preguntar cómo había salido de la operación, sino para reclamarle: Bruno había vuelto al pueblo "hecho pedazos, con un hoyo en la pierna, dicen que a lo mejor se la tienen que cortar", y todo, según ella, por culpa de la ingratitud y la dureza de corazón de Camila, que ya no quería a su familia, que se había vuelto una desalmada allá en la ciudad.

—Ni una vez me preguntó cómo salí de la cirugía —dijo Camila, mirando el techo, con una risa seca que era casi un sollozo—. Ni una.

—¿Sabes qué es lo peor? —siguió Camila, todavía con el teléfono apagado en la mano—. Que una parte de mí sigue esperando que un día me llame nada más para preguntarme cómo estoy. Sin pedirme nada. Nada más para eso. —Se rió de sí misma, con los ojos húmedos—. Diecinueve años esperando esa llamada. Qué tonta.

Dante la escuchó sin interrumpir. Él, que tampoco había tenido nunca esa llamada, que había marcado a su madre una sola vez en diez años y para cuando llegó ya estaba muerta, entendía ese hueco mejor que nadie. No dijo eso. No dijo nada sobre Bruno tampoco. Sacó de una bolsa un termo rosa, sencillo, con florecitas, que había mandado comprar, lo llenó de agua tibia y se lo puso en las manos.

—Toma agua. Después de operarte tienes que tomar agua.

Camila miró el termo rosa, tan poco a tono con ese hombre enorme de traje oscuro, y algo se le ablandó por dentro. Se le empañaron los ojos y volteó la cara para que no la viera.

—No te hagas la fuerte conmigo —dijo Dante, sentándose en la orilla de la cama—. A los demás, lo que quieras. Conmigo no. Ya te vi.

Y era cierto. Ese hombre veía a través de su caparazón como si fuera de vidrio, y a Camila eso la asustaba y la aliviaba en partes iguales.

Esa noche, mientras Camila dormía cuidada por una enfermera y por dos guardias que ella no sabía que estaban ahí, Dante fue al Puerto. En un yate anclado en el Muelle 3, con luces bajas y hombres armados en cubierta, mexicanos y unos cuantos extranjeros, lo esperaba Reyes, su proveedor de fierro.

Negociaron en el camarote, con dos vasos de tequila entre los papeles y el vaivén del agua meciendo el yate. Reyes traía rifles de francotirador y pistolas; Dante los revisó uno por uno, con conocimiento de causa, desarmando un mecanismo, probando el peso de otro contra la palma, mirando por el cañón hacia la luz. Ese fierro era su idioma. Sabía distinguir de un vistazo lo bueno de lo maquillado, y Reyes lo sabía, así que no intentó pasarle gato por liebre.

—Esta partida te la subo veinte por ciento —dijo Dante, dejando un rifle sobre la mesa—. El puerto anda caliente y el que corre el riesgo soy yo. Si no te acomoda, se lo compro a otro.

Reyes chasqueó la lengua, pero asintió. Al Tigre nadie le decía que no y seguía haciendo negocios con él al mes siguiente. Cerraron el trato con un apretón de manos y otro tequila.

Al final, Reyes sacó una pistola distinta, importada, plateada, elegante, y se la tendió a Dante.

—Regalo de la casa, patrón. Esta es fina. —Sonrió con dientes de oro—. Pero ya sabe cómo es esto: el cargamento grande lo entrego con plazo. Si el plazo se pasa… la primera bala de esta pistola cobra sola su cuenta. Usted me entiende.

—Te entiendo —dijo Dante, guardándose la pistola plateada—. Vas a tener tu plazo.

—Y una cosa más —agregó Dante, guardándose la pistola—. La partida chica, la de las plateadas, la quiero para antes del plazo. Camila… —Se detuvo. Reyes lo miró, extrañado por el nombre—. Alguien que me importa anda sin protección. Quiero que traiga una encima.

—¿Le enseño yo a la dama? —ofreció Reyes, siempre servicial con un buen cliente.

—No. Yo le enseño.

Reyes hizo una seña, y por una puerta lateral asomaron unas mujeres, jóvenes, arregladas, "para amenizar la noche del patrón".

—No —dijo Dante, sin siquiera mirarlas—. Guárdalas.

Reyes enarcó las cejas, sorprendido. Al Tigre le conocían muchas cosas, pero jamás el desprecio por una mujer bonita ofrecida.

—¿Anda enamorado, patrón? —bromeó, sirviendo dos tragos—. En quince años nunca le vi rechazar una.

Dante giró el vaso sin beber. Y por alguna razón —quizá el trago, quizá el termo rosa que se le había quedado en la cabeza— dijo, en voz baja, más para sí que para Reyes:

—Nunca he tenido familia. Ni novia. Ni nada de eso. —Un silencio—. Mi primer beso me lo robó una borracha en un antro, hace años. Ni me acuerdo de su cara.

Reyes se rió, pensando que era plática de trago. No entendió que el Tigre acababa de decir, sin decirlo, que a una muchacha operada del apéndice, del otro lado de la ciudad, le importaba tanto eso de "no fue mi primer beso" que él, por primera vez en su vida, se descubría dándole vueltas al asunto de un beso perdido. Un hombre que ordenaba muertes con dos frases, pensando en si su primer beso ebrio contaba o no contaba.

Se guardó ese pensamiento, se acabó el trago, y volvió al fierro.

Afuera, sobre el agua negra del Puerto, las luces de los cargueros parpadeaban en la oscuridad. Ese muelle era suyo; esos barcos, esa carga, esa noche entera le pertenecían. Un imperio construido a fuerza de sangre y de años, desde el Triángulo del Sur hasta la costa. Y sin embargo, mientras revisaba rifles en un yate de lujo rodeado de hombres armados, el Tigre pensaba en un termo rosa con florecitas y en una muchacha que le decía "estrella de la suerte". Reyes, si lo hubiera sabido, no lo habría creído. Ni el propio Dante lo entendía del todo.

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