El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?
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10. CONOCE A LOS SUEGROS.
La casa de campo de los de la Rosa no era una casa. Era un palacio.
Mármol, jardines que parecían laberintos, cuadros que valían más que mi vida entera. Y en el centro de todo, sentada en un trono de terciopelo blanco, estaba ella.
Victoria de la Rosa.
La madre de Emiliano. Cincuenta y cinco años, cabello rubio perfectamente peinado, vestido Chanel y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Los mismos ojos grises y fríos de su hijo.
“Así que tú eres Esmeralda”, dijo. No se levantó. No me ofreció la mano. Su mirada me escaneó de pies a cabeza, deteniéndose en mi vestido sencillo. En mi anillo. “Emiliano no me dijo que su… esposa era tan… joven.”
Esposa. Lo dijo como si fuera una palabra sucia.
Emiliano, a mi lado, estaba tenso. Una mano en mi espalda baja. Posesivo. Un aviso para todos. Mía.
“Madre”, su voz era cortante. “Te presenté a mi esposa. No hay nada más que decir.”
“Oh, querido, claro que hay más que decir”, Victoria tomó su taza de té con dedos llenos de diamantes. “Especialmente cuando toda la ciudad comenta que mi hijo se casó con la hija de un deudor. Por lástima. O por capricho.”
El golpe fue directo. Sentí la sangre subirme a la cara. La humillación no era nada comparada con esto. Esto era clase. Esto era linaje.
Abrí la boca para defenderme, pero la mano de Emiliano en mi espalda se volvió acero. Cállate. Déjamelo a mí.
“No fue por lástima, madre”, dijo Emiliano. Su voz era hielo. “Y no fue un capricho. Fue una decisión. Mi decisión.”
“¿Una decisión?” Victoria se rio. Un sonido ligero, mortal. “Emiliano, tú no tomas decisiones con el corazón. Tomas decisiones con la cabeza. Y casarte con… esto…” Me señaló con la taza, como si fuera un mueble mal puesto. “No es estratégico. Valeria tenía apellido, conexiones, clase. Esta niña no tiene nada. Solo una cara bonita y una madre que no sabe pagar sus deudas.”
Eso fue todo.
Algo en mí se rompió. El miedo, la vergüenza, la sumisión de tres semanas… todo ardió.
Di un paso al frente, zafándome de la mano de Emiliano.
“Con todo respeto, señora de la Rosa”, mi voz salió temblando, pero firme. “Yo no pedí su apellido. Ni su dinero. Ni a su hijo.” Lo miré de reojo. Sus ojos eran dos llamas. “Su hijo me compró. Cómo compra empresas. Cómo compra terrenos. Y si le molesta que la esposa que él eligió no tenga ‘clase’, reclámeselo a él. No a mí. Yo solo soy la mercancía.”
El silencio fue absoluto. Hasta los sirvientes dejaron de respirar.
La taza de Victoria se quedó a medio camino de su boca. Por primera vez, su máscara perfecta se agrietó. Sorpresa. Y luego, furia.
“¿Cómo te atreves…?”
“No, madre.” La voz de Emiliano fue un látigo. Se puso delante de mí, tapándome con su cuerpo. Protegiéndome. Eligiendo. “La que no se atreve eres tú.”
La tensión era una cuerda a punto de romperse.
“Ella es mi esposa”, continuó él, cada palabra una sentencia de muerte. “Lleva mi anillo. Mi apellido. Y en unos meses, llevará mi heredero.”
¿Heredero? El piso se movió bajo mis pies.
“Y te voy a dejar algo muy claro, para que no se te olvide nunca más”, se inclinó sobre la mesa de su madre, apoyando los nudillos. La imagen de un rey defendiendo su reino. “Puedes meterme a mí en tus juegos de poder. Puedes insultar mi empresa, mis decisiones, mi vida. Pero a ella…” Me señaló con la cabeza, sin mirarme. “A ella no la tocas. A ella no la insultas. A ella no le hablas si yo no estoy presente.”
Victoria palideció. “Emiliano, estás cegado por…”
“Estoy cegado por lo mío”, la cortó. “Y ella es mía. Así que a partir de hoy, si tienes un problema con mi esposa, tienes un problema conmigo. Y créeme, madre… tú no quieres tener un problema conmigo.”
Tomó mi mano. Su piel estaba ardiendo. Entrelazó sus dedos con los míos. Fuerte. Sin escapatoria.
“Nos vamos.”
No pidió permiso. No se despidió. Me arrastró fuera de esa sala, pasando por delante de su padre, que había visto todo desde la puerta sin decir una palabra.
Ya en el coche, el silencio era asfixiante. Él manejaba como un demonio, los nudillos blancos sobre el volante.
“Heredero?”, susurré por fin. Mi voz era un hilo. “¿De qué hablas?”
Él no me miró. Su mandíbula estaba tan tensa que pensé que se rompería.
“De que acabo de declararle la guerra a mi propia familia por ti, Esmeralda.” Por fin giró la cabeza. Y en sus ojos no había solo furia. Había algo roto. Algo desesperado. “Así que más te vale que entiendas una cosa: ya no hay vuelta atrás. Para ninguno de los dos.”
Aceleró. La casa de campo y su familia desaparecieron en el retrovisor.
Pero sus palabras se quedaron conmigo, clavándose como clavos: Mi heredero. Mi guerra. Mía.
Y por primera vez, me pregunté si el verdadero monstruo no era él… sino la familia que lo creó.