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Me Desecharon como Falsa Heredera y Hice Temblar a la Élite

Me Desecharon como Falsa Heredera y Hice Temblar a la Élite

Status: Terminada
Genre:Venganza / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:169
Nilai: 5
nombre de autor: Rafaella Sol

Durante diecisiete años fui la heredera de los Albuquerque. Bastó una prueba de ADN, leída en voz alta ante cuatrocientos invitados, para que dejara de serlo.

No lloré. No supliqué. Mientras la familia que me crió me devolvía como quien cancela un contrato mal hecho y coronaba a otra en mi lugar, yo salí del salón con la copa intacta y la cabeza en alto. Porque ellos creían que habían echado a la calle a una muchacha sin nada… y no tenían la menor idea de quién era yo en realidad.

Lo que la élite de São Paulo no sabe es que la falsa heredera controla fortunas que ellos ni sueñan, que hay puertas que se abren solo con mi nombre y talentos que el mundo entero admira sin conocer mi rostro. Ahora vuelvo a la familia de sangre que nunca dejó de buscarme —la que tiene poco dinero y toda la ternura del mundo— y, con ellos a mi espalda, empiezo a cobrar cada humillación, una a una, con la calma de quien siempre supo esperar.

Pero detrás del escándalo hay un secreto mucho más oscuro que una herencia robada: una conspiración de treinta años, un cambio de cunas y una benefactora que sonríe mientras teje la ruina de todos. Entre columnas de sociedad, salas de juntas y un amor de infancia que reaparece para protegerme sin pedir nada a cambio, tendré que decidir hasta dónde estoy dispuesta a llegar.

Me desecharon pensando que era descartable. Van a aprender —uno por uno— lo que cuesta subestimar a la mujer equivocada.

NovelToon tiene autorización de Rafaella Sol para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El cuadro del rincón

POV: Lucas

El sábado mi hermana me llevó a conocer una tienda de pinturas.

Yo nunca había entrado a una. Siempre comprábamos lápices de colores en el mercado, ese paquete de doce en el que el rosa se acaba primero. Pero esta tienda era solo de cosas de pintar, una pared entera de pintura en tubo, de todos los colores que existen y de unos que yo ni sabía que tenían nombre. Me quedé con la boca abierta en la puerta. Olía a cosa nueva, un olor fuerte que subía por la nariz. Había un bote lleno de pinceles vueltos hacia arriba como un ramo de flores, solo que de mango de madera. Yo quise agarrar todo al mismo tiempo y no agarrar nada, para no echarlo a perder.

—Puedes mirar —dijo Noe—. Aquí no tienes que tenerle miedo a nada.

Anduve por los pasillos despacio, con las manos en la espalda, como me manda mamá para que no rompa las cosas de los demás. Había pinceles del tamaño de una escoba y pinceles finitos como un pelo. Había papel grueso como cartón y papel que dejaba pasar la luz. Noe me iba mostrando y diciendo el nombre de cada cosa, y se los sabía todos, todos de verdad, sin pensar.

—¿Cómo sabes tanto? —pregunté.

Ella solo sonrió y no respondió. Mi hermana sonríe mucho y responde poco. Todavía la estoy aprendiendo.

Tomó un tubo de pintura azul, de esos de nombre difícil, y lo giró en la mano como quien saluda a un conocido viejo. Después lo devolvió a su lugar exacto, en medio de un montón de azules casi iguales, sin siquiera mirar la etiqueta. ¿Cómo sabe alguien dónde va cada azul? No pregunté. Ya sabía que iba a sonreír y no responder.

Al lado de la tienda había una puertita que daba a una sala con cuadros en la pared. La muchacha de la tienda dijo que era una pequeña galería y que podíamos entrar a verla. Adentro era silencioso como una iglesia. El piso era de madera y crujía debajo de mis tenis, y yo empecé a pisar despacito para no hacer ruido en medio de tanto cuadro. La luz venía de unos focos alargados allá arriba, cada uno apuntando a un solo cuadro, tipo reflector de artista.

Fui mirando los cuadros uno por uno. Había un montón de gente pintada, unas frutas, un mar. Me detuve frente a uno que era solo una mujer cerca de una ventana y dije sin pensar:

—Este de aquí tiene la luz mal.

La muchacha de la galería me oyó y se acercó, medio riéndose.

—¿Mal cómo, mi vida?

—La ventana está de este lado —apunté—, entonces la sombra de la señora tendría que caer para el otro lado. Pero el señor pintó la sombra del mismo lado de la ventana. Así parece que hay dos soles.

La muchacha dejó de reírse. Miró el cuadro, después a mí, después llamó a Noe con los ojos, como preguntando de dónde había salido yo. Mi hermana solo se encogió de hombros, pero yo vi que estaba orgullosa, se notaba por la comisura de su boca.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó la muchacha.

—Ocho. Voy a cumplir nueve.

Ella movió la cabeza y dijo bajito «vaya».

—¿Dibujas en casa? —preguntó.

—Todos los días —dije—. En un cuaderno que me dio mi hermana. Cuando queda chueco ella lo arregla.

La muchacha miró a Noe otra vez, con una cara rara, tipo quien está sumando dos más dos. Noe fingió que estaba viendo otro cuadro.

Ahí vi el cuadro del rincón.

Estaba medio escondido detrás de una columna, en un lugar que casi nadie miraba. Era viejo, el marco estaba astillado y la pintura se había oscurecido. Pero era el más bonito de todos, por mucho. Era un árbol solo en un campo, y no sé cómo, se sentía el viento. El árbol estaba quietecito pero parecía que se iba a mover al segundo siguiente.

—Ese es el más bonito —dije, apuntando—. ¿Por qué está en el rincón?

La muchacha miró hacia donde yo apuntaba y su cara cambió.

—Pocos reparan en ese —dijo—. Tienes buen ojo, chiquito. —Se acercó más y habló más bajo, del modo en que hablan los adultos cuando están contando algo importante—. Ese es de un maestro que desapareció del mundo hace muchos años. Uno de los más grandes que ha tenido este país. Un día simplemente lo dejó todo, se fue de la vida pública y nadie volvió a ver nunca un cuadro nuevo suyo. Dicen que todavía vive aquí en São Paulo, en un caserón escondido, y que no recibe a nadie. A nadie de verdad.

—¿Ni si se lo piden con educación? —pregunté.

La muchacha se rio.

—Ni así.

Yo me quedé mirando el árbol un buen rato más. Pensé que debía de ser triste, pintar tan bonito y después esconderse del mundo entero. Miré a mi hermana para ver si a ella también le parecía triste.

Pero Noe no tenía cara de triste. Estaba mirando el cuadro del rincón con una sonrisa pequeña y rara, una sonrisa de quien conoce el final de una historia que los demás ni saben que empezó.

Me quedé con esa cara de ella en la cabeza. Noe tiene una forma de mirar las cosas como si ya las hubiera visto pasar antes. No lo entiendo, pero me gusta. A su lado siento que nada malo puede pasarme.

—Vamos, Luqui —dijo, tomándome de la mano—. Tu mamá hizo pastel.

A la salida todavía miré hacia atrás, al árbol en el rincón oscuro.

—Noe —dije, cuando ya estábamos en la acera—. Un día voy a pintar tan bien que nadie va a poder esconderme en un rincón.

Ella me apretó la mano.

—Sí, vas a poder —dijo—. Y más rápido de lo que crees.

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