sin espoiler
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EL CONTRATO QUE NO DEVIAS VER
La mañana había comenzado con aparente normalidad en la mansión de Christopher.
Después de todo lo ocurrido durante las últimas semanas, aquella tranquilidad resultaba extraña.
El juicio contra Kalel todavía no había terminado oficialmente, pero las pruebas presentadas habían cambiado por completo la situación.
Además, Christopher y Mirelith acababan de comprometerse.
Por primera vez en mucho tiempo, parecía que las cosas comenzaban a acomodarse.
Pero aquella mañana, Christopher recibió una noticia que no esperaba.
Se encontraba en su despacho revisando unos documentos cuando uno de sus hombres entró.
—Señor.
Christopher levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
El hombre dejó un sobre grueso sobre el escritorio.
—Llegó esto hace unos minutos.
Christopher observó el sobre.
No tenía ningún logotipo.
Solamente un sello perteneciente a una poderosa organización francesa.
Su expresión cambió.
—¿De quién?
—Del líder francés.
Christopher abrió lentamente el sobre.
Sacó varios documentos.
Los leyó.
Y entonces se quedó completamente quieto.
—No...
Su hombre permaneció en silencio.
Christopher volvió a leer la primera página.
Era un contrato matrimonial.
Una propuesta formal para unir a las dos familias mediante el matrimonio de sus hijos.
El nombre de su hijo aparecía claramente.
Kalel.
Y el de la hija del líder francés.
Christopher continuó leyendo.
La joven pertenecía a una de las familias criminales más poderosas de Francia.
Debido a una condición que afectaba su movilidad, utilizaba una silla de ruedas.
El contrato establecía que Kalel debía casarse con ella como parte del acuerdo entre ambas familias.
Christopher cerró los ojos.
Aquello era precisamente lo último que quería para su hijo.
No porque la joven utilizara una silla de ruedas.
Eso no tenía ninguna importancia para él.
Lo que le preocupaba era que estaban intentando decidir el futuro de Kalel sin preguntarle.
Y, después de todo lo que su hijo acababa de vivir...
Christopher sabía que no estaba preparado para otro golpe.
—¿Cuándo llegó?
—Esta mañana.
Christopher dejó los documentos sobre el escritorio.
—¿Alguien más los ha visto?
—No, señor.
—Perfecto.
Tomó el contrato.
—Que nadie diga una palabra.
—Sí, señor.
El hombre salió.
Christopher permaneció solo.
Miró nuevamente el documento.
Una parte de él quería romperlo inmediatamente.
Pero sabía que hacerlo podía provocar un conflicto entre ambas organizaciones.
Aun así, había algo que tenía muy claro.
No iba a obligar a Kalel a casarse.
Mucho menos después de todo lo ocurrido.
Christopher tomó el teléfono.
Pensó en llamar al líder francés.
Pero decidió esperar.
Primero necesitaba hablar con alguien.
---
Mirelith se encontraba en una de las salas cuando Christopher apareció.
Ella levantó la mirada.
—¿Todo bien?
Christopher cerró la puerta detrás de él.
—Necesito hablar contigo.
Mirelith notó inmediatamente su expresión.
—¿Qué pasó?
Christopher dejó el contrato sobre la mesa.
Mirelith lo tomó.
Comenzó a leer.
Sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Esto es...?
—Un contrato matrimonial para Kalel.
Mirelith levantó la mirada.
—¿Quieren que se case con la hija del líder francés?
Christopher asintió.
—Sí.
Mirelith volvió a mirar el documento.
—¿Y ella está de acuerdo?
Christopher negó.
—No lo sé.
—¿Y Kalel?
—Tampoco lo sabe.
Mirelith dejó el documento.
—Entonces no puedes decidir por ellos.
—Lo sé.
Christopher se sentó.
—Ese es precisamente el problema.
Mirelith se acercó.
—¿Qué quieres hacer?
Christopher suspiró.
—No quiero decírselo todavía.
Mirelith lo miró sorprendida.
—Christopher...
—Acaba de pasar por un juicio.
Hizo una pausa.
—Descubrió que es estéril.
—Y todavía está intentando aceptar todo eso.
Christopher miró el contrato.
—No quiero poner otro peso sobre sus hombros.
Mirelith tomó su mano.
—Entonces habla con él cuando estés preparado.
Christopher asintió.
—Lo haré.
Pero ninguno de los dos sabía que ya era demasiado tarde.
---
Unos minutos después, Christopher regresó a su despacho.
Dejó el contrato sobre el escritorio.
Pensó que estaría seguro allí.
Pero tuvo que salir para atender una llamada urgente.
Y durante ese breve momento...
Kalel apareció en el pasillo.
Había ido a buscar a su padre.
Tocó la puerta.
No recibió respuesta.
—Papá...
Empujó ligeramente la puerta.
—¿Estás aquí?
La oficina estaba vacía.
Kalel entró.
Entonces vio los documentos sobre el escritorio.
Al principio no les prestó atención.
Pero reconoció su nombre.
Se acercó.
Tomó el contrato.
Comenzó a leer.
Su expresión cambió poco a poco.
—¿Qué...?
Siguió leyendo.
Contrato matrimonial.
Kalel.
Hija del líder francés.
Kalel permaneció completamente inmóvil.
Volvió a leerlo.
No podía creerlo.
—¿Papá iba a decirme esto?
Entonces encontró la cláusula que establecía el matrimonio.
La fecha todavía no estaba determinada.
Pero el acuerdo era claro.
Kalel dejó escapar una pequeña risa amarga.
—Claro...
Cerró los ojos.
Durante las últimas semanas todo había sido demasiado.
La acusación.
El juicio.
Karla.
Su diagnóstico.
La sensación de haber perdido una parte del futuro que había imaginado.
Y ahora esto.
Otra decisión sobre su vida tomada por otras personas.
Kalel dejó el contrato sobre el escritorio.
Pero entonces volvió a tomarlo.
Lo miró durante varios segundos.
Algo dentro de él cambió.
Quizá necesitaba alejarse.
Quizá necesitaba tiempo.
Lejos de Madrid.
Lejos de los problemas.
Lejos de las personas que constantemente decidían qué debía hacer.
Tomó un bolígrafo.
Se quedó mirando el espacio destinado a su firma.
Sabía perfectamente que no debía hacerlo sin hablar con su padre.
Pero una idea cruzó su mente.
Si iba a marcharse, aquel contrato podía convertirse en una forma de cerrar aquella etapa.
Kalel firmó.
Después dejó el documento sobre el escritorio.
---
Christopher regresó poco después.
—Kalel...
Se detuvo.
Vio a su hijo de pie frente al escritorio.
El contrato estaba sobre la mesa.
Christopher palideció.
—¿Qué hiciste?
Kalel lo miró.
—Lo encontré.
Christopher se acercó rápidamente.
Tomó el documento.
Vio la firma de su hijo.
—Kalel...
—Lo firmé.
Christopher dejó escapar una respiración profunda.
—¿Por qué?
Kalel permaneció en silencio unos segundos.
Después respondió:
—Porque quiero irme.
Christopher levantó la mirada.
—¿Irte?
—Sí.
—¿A dónde?
—No lo sé todavía.
Christopher dejó el contrato.
—Hijo, podemos hablar de esto.
Kalel negó.
—Ya estoy cansado de hablar.
Su voz no era agresiva.
Era simplemente agotamiento.
—Quiero alejarme un tiempo.
Christopher lo observó.
—No tienes que casarte con nadie porque exista un contrato.
Kalel bajó la mirada.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo firmaste?
Kalel tardó unos segundos en responder.
—Porque quizá necesito empezar de nuevo.
Christopher sintió un nudo en el pecho.
—¿Lejos de nosotros?
—No para siempre.
Kalel levantó la mirada.
—Solo necesito respirar.
Christopher comprendió.
No quería que su hijo se marchara.
Pero tampoco quería encerrarlo.
—Kalel...
—Papá, después de todo lo que pasó...
Se detuvo.
—Necesito estar solo.
Christopher permaneció en silencio.
Kalel continuó:
—No quiero que me persigan periodistas.
—No quiero seguir pensando en Karla.
—No quiero que todos hablen de mi diagnóstico.
—Y tampoco quiero sentir que mi vida está siendo decidida por otras personas.
Christopher bajó la mirada.
—Nunca quise decidir tu vida.
—Lo sé.
Kalel respiró profundamente.
—Pero encontré ese contrato.
Christopher asintió.
—Y entiendo por qué te sentiste así.
Kalel tomó aire.
—Voy a cumplir con el acuerdo.
Christopher negó inmediatamente.
—No.
Kalel lo miró.
—No voy a obligarte a casarte con nadie.
—Papá...
—Escúchame.
Christopher se acercó.
—Si algún día quieres casarte con esa joven, será porque tú lo decidiste.
Hizo una pausa.
—No porque yo haya firmado un papel con su padre.
Kalel permaneció en silencio.
Christopher tomó el contrato.
—Y esto no cambia nada.
—¿Entonces puedo irme?
Christopher cerró los ojos.
Le dolía.
Pero finalmente asintió.
—Sí.
Kalel lo miró sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí.
Christopher lo abrazó.
—Pero prométeme algo.
Kalel permaneció en sus brazos.
—¿Qué?
—Que no vas a desaparecer.
Kalel asintió.
—Te llamaré.
Christopher lo soltó lentamente.
—Y si necesitas algo...
—Lo sé.
—Lo que sea.
—Lo sé, papá.
Christopher intentó sonreír.
—Entonces prepara tus cosas.
Kalel asintió.
—Gracias.
---
Desde el pasillo, Mirelith había escuchado parte de la conversación.
No quiso interrumpir.
Pero cuando Kalel salió del despacho, ella se acercó.
—¿Te vas?
Kalel asintió.
—Solo por un tiempo.
Mirelith lo miró con tristeza.
—¿Estás seguro?
—Sí.
Ella guardó silencio.
—Necesito alejarme de todo.
Mirelith comprendía perfectamente.
—Entonces espero que encuentres lo que estás buscando.
Kalel sonrió débilmente.
—Gracias.
Antes de marcharse, se detuvo.
—Mirelith.
—¿Sí?
—Cuida de mi papá.
Ella sonrió.
—Lo haré.
Kalel asintió.
Y siguió caminando.
---
Horas después, Christopher permanecía nuevamente en su despacho.
El contrato seguía sobre la mesa.
Pero ahora había algo diferente.
La firma de Kalel estaba allí.
Christopher sabía que aquel documento podía tener consecuencias para ambas familias.
Sin embargo, había tomado una decisión.
No permitiría que nadie utilizara a su hijo como una pieza de negociación.
Si Kalel quería marcharse, podía hacerlo.
Si algún día quería conocer a la joven francesa, sería decisión suya.
Y si finalmente decidía rechazar aquel matrimonio...
Christopher estaría a su lado.
Mientras tanto, en su habitación, Kalel preparaba una maleta.
Miró por última vez la mansión.
Había vivido allí gran parte de su vida.
Pero ahora necesitaba distancia.
Tomó su teléfono.
Antes de salir, recibió un mensaje de un número desconocido.
Kalel frunció el ceño.
Lo abrió.
Solo había una frase:
"Tu viaje acaba de convertirse en algo mucho más importante de lo que imaginas."
Kalel se quedó mirando la pantalla.
No sabía quién había enviado aquel mensaje.
Y tampoco sabía que su partida de Madrid estaba a punto de llevarlo directamente hacia una familia que escondía sus propios secretos.
Porque el contrato matrimonial que había firmado...
no era el final de su historia.
Era apenas el comienzo.