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18
Capítulo 18. La primera jugada
Simon se agachó para recoger uno de los libros que habían caído al suelo.
Al extenderlo hacia la joven, no apartó la vista de su rostro.
Frunció ligeramente el ceño.
—Perdone mi atrevimiento...
Lyra levantó la mirada.
—¿Sí?
—Siento que la he visto antes.
Por un instante, el corazón de Lyra se aceleró.
«¿Me reconoció...?»
Pero enseguida comprendió que era imposible.
Su aspecto era completamente distinto.
Cabello plateado.
Ojos amatista.
Otro apellido.
Otra vida.
Aun así, conservó una sonrisa amable.
—Me temo que está equivocado, milord.
Simon sonrió con educación.
—Tal vez... aunque esa sensación no desaparece.
Hizo una elegante reverencia.
—Permítame presentarme. Soy Simon Ardent.
Lyra fingió sorpresa.
—¿El hijo del marqués Ardent?
—El mismo.
Ella inclinó la cabeza.
—Es un placer conocerlo. Mi nombre es Lyra Evermoon.
Simon besó delicadamente el dorso de su mano.
—Espero que volvamos a encontrarnos, lady Lyra.
—Quizá el destino lo quiera.
La joven recuperó sus libros y continuó su camino.
En cuanto dio la espalda...
Su sonrisa desapareció por completo.
Fue sustituida por una expresión de profundo asco.
Sentía náuseas.
Aquel hombre seguía utilizando la misma voz amable.
La misma sonrisa perfecta.
Las mismas mentiras.
«Eres un monstruo...»
«Y esta vez seré yo quien te sonría mientras destruyo tu vida.»
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Desde la otra acera, Conrad había observado toda la escena.
Durante unos instantes, una desagradable sensación recorrió su pecho al ver a Simon besar la mano de Lyra.
No le gustó.
En absoluto.
Tuvo que contener el impulso de arrancarle la cabeza allí mismo.
Pero entonces...
Vio el verdadero rostro de Lyra.
La expresión dulce desapareció apenas Simon dejó de verla.
En su lugar apareció una mirada llena de desprecio.
De asco.
De un profundo fastidio.
Conrad comprendió que aquella sonrisa había sido una máscara.
Y, por primera vez en el día, sintió que los celos se desvanecían.
No...
Ella no miraba a ese hombre con interés.
Lo miraba como si fuera algo repugnante.
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Una hora después, Lyra llegó a un estrecho callejón del distrito comercial.
Se detuvo frente a un edificio antiguo sin ningún letrero.
Golpeó la puerta tres veces.
Un anciano abrió apenas unos centímetros.
—¿Qué busca?
—Información.
El hombre la observó unos segundos antes de hacerse a un lado.
La puerta volvió a cerrarse.
Desde el otro lado de la calle, Conrad permanecía apoyado contra un árbol.
No podía escuchar la conversación.
Solo veía el edificio.
«¿Qué haces, Lyra...?»
Había decidido respetar sus decisiones.
Si ella deseaba guardar secretos, esperaría a que estuviera lista para compartirlos.
Aun así...
No pensaba alejarse.
Permaneció allí durante casi una hora.
Cuando Lyra salió del edificio, llevaba un sobre cuidadosamente oculto entre su capa.
Conrad fingió que acababa de pasar por el lugar.
Ella sonrió al verlo.
—Qué casualidad.
Él respondió con total naturalidad.
—En efecto.
Ninguno de los dos mencionó el verdadero motivo por el que él seguía allí.
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Al regresar a la residencia, el aroma de la comida recién preparada inundaba los pasillos.
Lyra dejó escapar un suspiro.
—Creo que llegué justo a tiempo.
Conrad la esperaba junto a la entrada del comedor.
—Pensé que se perdería el almuerzo.
—Jamás rechazaría una buena comida.
Él sonrió apenas.
Cuando Lyra pasó a su lado, Conrad levantó lentamente una mano.
Ella se detuvo.
—¿Ocurre algo?
Sin responder, él acercó los dedos a su cabello.
Lyra sintió que su corazón daba un pequeño salto.
Con infinita delicadeza, Conrad retiró una pequeña hoja que había quedado atrapada entre sus mechones plateados.
La sostuvo frente a ella.
—La traía desde el jardín.
Lyra observó la hoja y luego a Conrad.
—Gracias...
Él simplemente asintió.
Fue un gesto tan sencillo...
Y, sin embargo, tan inesperadamente tierno...
Que hizo que Lyra sintiera una extraña calidez en el pecho.
No entendía por qué.
Pero cada vez que aquel hombre estaba cerca...
Su corazón olvidaba, aunque solo fuera por unos instantes, el peso de la tragedia que había vivido como Elria.
Y Conrad, al verla sonreír con tanta naturalidad, confirmó una vez más el juramento que había hecho frente al cadáver de su vinculada.
Esta vez...
Haría todo lo posible para que esa sonrisa nunca volviera a desaparecer.