En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 10
Mei no se sobresaltó. Mantuvo sus manos firmes sobre el manojo de fibras de ortiga que acababa de rescatar del suelo y, con una lentitud calculada, giró la cabeza hacia arriba.
Ahí estaba él, recortado contra el cielo grisáceo que anunciaba la cercanía de las tormentas. Kaelen se encontraba sentado con una soltura envidiable en el borde más alto de la saliente de piedra que servía de techo a la cueva. Una de sus largas y musculosas piernas colgaba en el vacío, balanceándose perezosamente, mientras que sus brazos descansaban sobre sus rodillas. El viento del norte agitaba su melena dorada, pero el frío parecía no afectarle en absoluto; la temperatura corporal de las bestias felinas era notoriamente elevada, un horno biológico andante. Sus ojos ámbar, encendidos por una diversión genuina, devoraban la silueta de Mei con una fijeza que habría intimidado a cualquiera.
—¿Los líderes de la Tribu del León no tienen mejores cosas que hacer que subirse a los techos ajenos a espiar disputas de mujeres? —preguntó Mei, su voz resonando limpia y cortante en el claro, desprovista de cualquier asombro o timidez.
Kaelen soltó una risa baja, un sonido vibrante que pareció hacer eco en las paredes de la cueva, y con un movimiento ágil y carente de esfuerzo, se impulsó hacia adelante. Saltó desde una altura de casi cuatro metros, aterrizando sobre la tierra blanda del claro sin hacer más ruido que el de una hoja al caer. Sus rodillas se flexionaron sutilmente para absorber el impacto y, al incorporarse, su imponente figura de más de dos metros de altura volvió a proyectar una sombra masiva sobre la agrónoma.
—Un buen cazador siempre vigila lo que le interesa, pequeña flor —ronroneó Kaelen, dando un par de pasos hacia ella, deteniéndose justo en el límite donde el calor de su cuerpo empezaba a entibiar el aire frío alrededor de Mei—. Y lo que vi allá abajo no fue una disputa de mujeres. Vi a una hembra con el temperamento de una leona defender su territorio contra unas alimañas envidiosas. Esa zorro blanco ahora parece un tejón de barro. Fue un gran espectáculo.
Mei exhaló un suspiro, colocándose el huso de madera bajo el brazo y cruzándose de hombros. —Talia solo vino a reclamar por el orgullo de su macho oso. Es ridículo. En mi... en el lugar de donde vengo, la gente tiene mejores cosas en qué ocupar su mente que en perseguir a alguien que ya les dijo claramente que no le interesa. El invierno está encima, Kaelen. Si esas chicas gastan su energía en gritar y tirar mis cosas al suelo en lugar de buscar leña o almacenar raíces, la Luna Blanca les va a enseñar una lección muy dura.
Kaelen arqueó una ceja, sus pupilas felinas dilatándose ligeramente mientras analizaba las palabras de la joven. Cada vez que Lin Mei hablaba, utilizaba conceptos y una lógica que no encajaban con la mentalidad de las hembras del continente. Las mujeres que él conocía se preocupaban por qué macho les traería la piel más suave o el trozo de carne más tierno para pasar el frío; ninguna pensaba en la supervivencia colectiva o en la gestión de recursos de una manera tan fría y matemática.
—Eres diferente, Lin Mei —dijo el león, su tono volviéndose un barítono más suave, casi respetuoso. Dio un paso más, lo suficientemente cerca como para que Mei pudiera percibir el aroma a sol de sabana y resina de pino que emanaba de su piel dorada—. Las hembras de este mundo temen al invierno porque dependen de las garras de sus machos. Tú hablas como si pudieras sostener el cielo con tus propias manos. Eso me atrae más que tu rostro limpio... aunque admito que tu rostro limpio es una debilidad para mis ojos.
Mei sintió una sutil corriente de calor subir por su cuello, pero su mente científica y su orgullo de mujer moderna se mantuvieron firmes. Dio un paso hacia el lado, rompiendo la cercanía que el león intentaba establecer, y caminó hacia su roca plana para sentarse y continuar con su labor de hilar.
—La dependencia absoluta es el camino más rápido hacia la extinción, gran líder —replicó Mei, enganchando de nuevo las fibras en la muesca de su huso y haciéndolo girar con un movimiento diestro de sus dedos—. Si un macho muere en la caza, la hembra que no sabe hacer nada se muere de hambre al día siguiente. Eso no es evolución, es negligencia. Prefiero confiar en mis propias manos y en lo que tengo aquí dentro —añadió, señalando brevemente su frente con un dedo limpio.
Kaelen se dio la vuelta despacio, observando cómo el huso giraba en el aire, transformando las toscas fibras blancas de ortiga en un hilo fino y perfecto. Se agachó, quedando a la altura de Mei, apoyando sus grandes manos sobre sus rodillas. Sus ojos ámbar siguieron el movimiento del artefacto con una curiosidad infantil mezclada con asombro técnico.
—¿Qué es esa magia que haces con las manos? —preguntó, señalando el hilo—. He visto a las hembras de las tribus del sur trenzar lianas para hacer redes de pesca, pero nunca nada tan delgado y suave. Eso no es una liana.
—Se llama hilo, Kaelen —explicó Mei, complacida en secreto por el interés genuino del león en lugar de las burlas que solía recibir de los osos—. Estoy usando las fibras internas de la ortiga gigante. Una vez que tenga suficiente hilo, construiré un armazón de madera para cruzar los hilos en dos direcciones. El resultado será una tela limpia, ligera y abrigada. No pesará como las pieles crudas y se secará rápido si se moja con la nieve.
Kaelen estiró uno de sus dedos largos, rozando apenas la superficie del hilo que Mei estaba acumulando en la varilla. La yema de su dedo, acostumbrada a la aspereza de las rocas y las armas, sintió la sorprendente flexibilidad y suavidad del material. Miró a Mei con una intensidad renovada, una mezcla de admiración y un profundo instinto de protección. Esta hembra no solo era hermosa; poseía un conocimiento que podía cambiar el destino de una tribu entera durante las épocas de escasez.
—Si los osos de esta tribu tuvieran un grano de la inteligencia de tu cabeza, te tendrían en una cueva de oro, Lin Mei —dijo Kaelen con seriedad, sus colmillos rozando sutilmente su labio inferior—. Boran es un imbécil. Correr detrás de una hembra zorro que solo sabe adornarse con plumas mientras tiene a una mujer que puede crear abrigo de la maleza... Es una bendición que sea tan ciego. Eso me lo pone más fácil.
Mei detuvo el huso, atrapándolo contra su palma, y miró fijamente al león. Sus ojos almendrados se entrecerraron en una advertencia silenciosa.
—Ya te lo dije en el banquete, Kaelen. No busco que ningún macho me ponga en una cueva de oro, ni que me reclame como su propiedad. He decidido que en este mundo no seré el trofeo de nadie. Voy a crecer por mí misma, voy a construir mi propio espacio y no aceptaré las leyes de harenes que tienen aquí. Así que guarda tus discursos de conquista.
Kaelen no se molestó por el rechazo; al contrario, la firmeza de Mei solo alimentaba el fuego de su instinto territorial. Se levantó cuán largo era, estirando sus hombros con una confianza absoluta que parecía desafiar las mismísimas palabras de la chica.
—Un verdadero rey no busca un trofeo que se quiebre con el viento, pequeña flor —respondió el león, esbozando una sonrisa lobuna y sumamente atractiva—. Busca una reina que comparta su trono. No te obligaré a nada, te lo prometí. Pero el invierno es largo y frío, y mi melena es muy abrigada. Ya verás que las leyes de los leones son distintas a las de los osos. Nosotros sabemos cómo cuidar lo que es verdaderamente valioso.
Antes de que Mei pudiera replicar, el sonido de un cuerno de hueso resonó desde la plaza central de la aldea, interrumpiendo el tenso y magnético momento entre ambos. Era la llamada del jefe Gorik para los líderes de las delegaciones.
Kaelen dio una última mirada al hilo de Mei, aspiró profundamente su aroma a menta y frescura herbal, y dio un paso hacia atrás, adentrándose en el sendero del bosque.
—Tengo que irme, las reuniones de los viejos osos me esperan —dijo Kaelen, guiñándole un ojo de color ámbar—. Sigue tejiendo tu magia, Lin Mei. Nos veremos muy pronto.
El fiero león desapareció entre la vegetación con la misma velocidad y silencio con la que había llegado, dejando a Mei a solas en el claro.
Mei miró el sendero por donde se había ido el felino y luego bajó la vista hacia sus manos. El huso volvió a girar, pero esta vez, un pensamiento intrusivo cruzó su mente científica: el calor que desprendía el cuerpo de Kaelen realmente habría sido de gran ayuda contra el viento helado que ya empezaba a congelar las hojas de los árboles.
Sacudió la cabeza con fuerza para disipar el pensamiento. —Concéntrate, Mei. Primero la tela, luego el invierno. Los hombres hermosos son solo una distracción biológica.
Con esa resolución, continuó hilando bajo la luz declinante del sol, ajena a que abajo en la tribu, el reporte de una Talia furiosa y cubierta de tierra estaba a punto de desatar una nueva tormenta sobre su cabeza.
zorra ? ¿ q animal ?