La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 23
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas cuando me desperté en mitad de la noche.
Giré la cabeza y vi a Valentina sentada en la cama, abrazando uno de sus peluches.
La luz de la luna iluminaba sus mejillas mojadas.
—¿Vale? —
susurré—.
¿Por qué lloras?
Ella intentó secarse las lágrimas rápidamente.
—No es nada.
—Eso nunca significa “nada”.
Me senté a su lado y la abracé.
Permaneció en silencio unos segundos antes de esconder el rostro en mi hombro.
—No quiero irme.
Sentí un nudo en el pecho.
—Princesa…
—Quiero quedarme aquí contigo.
Quiero despertar y escuchar a tu mamá haciendo café.
Quiero que el señor rector me diga princesa y que tú me peines antes de ir al colegio.
Sonreí entre lágrimas.
—Eso es una lista bastante específica.
—Y también quiero que Mati descanse.
Siempre trabaja, siempre está cansado y nunca pide ayuda.
En ese momento escuchamos unos pasos en el pasillo.
Mi madre apareció primero y detrás de ella mi padre, todavía con una taza de café en la mano.
—¿Qué ocurre? —
Preguntó él.
Valentina levantó la vista, avergonzada por haber sido descubierta llorando.
Mi madre se acercó despacio, como si temiera asustarla, y se sentó al borde de la cama.
—Nada malo —dijo con voz suave—.
Solo una noche triste.
Valentina negó con la cabeza.
—No quiero irme mañana.
Mi padre dejó la taza sobre la mesita y se apoyó en el marco de la puerta.
—¿Y quién dijo que tienes que irte mañana?
Ella parpadeó, confundida.
—¿Mamá de verdad…? —
murmuró, mirando a mi madre como si esperara una corrección.
Mi madre le acarició el cabello con ternura.
—Puedes quedarte unos días más, si eso te hace feliz.
Aquí siempre habrá una cama para ti.
Valentina abrió mucho los ojos.
—¿En serio?
—En serio —respondió mi padre—.
Además, tu presencia le hace bien a esta casa.
Desde que llegaste, hasta el café sabe mejor.
Solté una risa pequeña y Valentina también, aunque todavía tenía la voz rota.
—Yo solo no quiero ser una molestia.
—No eres una molestia —dije enseguida—.
Eres la persona que hace que todo tenga sentido cuando parece que se está desordenando.
Ella me miró con esa expresión suya, mezcla de sorpresa y cariño, y volvió a abrazarme con fuerza.
—Entonces quédate conmigo —susurró—.
Aunque sea un rato más.
—Me quedo —le prometí—.
Siempre que me necesites.
Mi madre se levantó para ir hacia la puerta, pero antes de salir se volvió hacia nosotras.
—Voy a preparar leche caliente.
Y no acepto discusiones.
—Yo sí acepto —dijo mi padre, levantando la taza vacía—.
Sobre todo si incluye galletas.
—Papá, son las dos de la mañana.
—Precisamente por eso.
Valentina soltó una carcajada pequeña, la primera de la noche, y ese sonido llenó la habitación como si hubiera encendido una lámpara invisible.
Mi madre salió riéndose por lo bajo y mi padre la siguió, aunque antes de cerrar la puerta nos guiñó un ojo.
Cuando volvimos a quedarnos solas, Valentina apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿De verdad crees que Mati va a estar bien?
Pensé en él, en sus ojeras, en la forma en que siempre decía que podía con todo aunque se le notara el cansancio en la voz.
Pensé en cuántas veces había cargado solo con problemas que no le correspondían.
—Creo que sí —respondí—.
Pero también creo que necesita escuchar que no tiene que hacerlo todo solo.
Valentina asintió despacio.
—Entonces mañana le diré que descanse.
—Y yo estaré contigo cuando lo hagas.
La lluvia siguió cayendo afuera, tranquila, como si también quisiera quedarse un poco más.
Valentina cerró los ojos, por fin en paz, y yo me quedé mirándola mientras respiraba despacio.
En ese instante entendí que a veces quedarse no era solo una decisión; era una forma de amar.
Era elegir la cama compartida, el café de madrugada, las conversaciones susurradas y la promesa de no soltar la mano del otro cuando todo parecía incierto.
Acaricié su cabello hasta que se durmió del todo.
Luego apoyé la mejilla sobre la almohada y escuché, desde la cocina, el sonido de las tazas y la voz baja de mis padres.
La casa seguía despierta, cálida, viva.
Y por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá Valentina tenía razón:
¿había lugares que no se querían abandonar nunca?