Desperté años en el pasado con una misión: eliminar al futuro Rey Demonio.
Sin embargo, cuando lo encontré, era solo un bebé.
Un bebé demasiado inteligente.
Un bebé que conocía mi nombre.
Un bebé que me miró con tristeza y susurró:
—Te encontré otra vez, mamá
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Siempre te encuentro
La mañana llegó demasiado rápido.
Lyra apenas había dormido.
Las palabras de la noche anterior seguían resonando en su cabeza.
"No pude salvarte..."
"Lo siento..."
Por mucho que intentara ignorarlo, cada vez era más difícil convencerse de que Lucien era el villano de esta historia.
Porque los villanos no lloraban así.
Los villanos no parecían tan rotos.
Los villanos no despertaban cada noche aterrados por perder a una sola persona.
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—Buenos días, mamá.
Y ahí estaba.
Sentado junto al fuego.
Comiendo pan.
Como si no hubiera destruido emocionalmente a Lyra unas horas antes.
—Buenos días.
Lucien levantó la vista.
Y se quedó congelado.
—
—¿Qué?
—Nada.
—Lucien.
—¿Sí?
—¿Por qué me estás mirando así?
—Porque respondiste.
—¿A qué?
—A lo de mamá.
Silencio.
Maldita sea.
Había respondido automáticamente.
—Fue un accidente.
—Claro.
—Fue un accidente.
—Por supuesto.
—Deja de sonreír.
—No puedo.
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Dos horas después retomaron el viaje.
El bosque comenzaba a desaparecer.
Las montañas quedaban atrás.
Y frente a ellos se extendía una enorme llanura.
Por primera vez en varios días el paisaje parecía pacífico.
Demasiado pacífico.
Lo que significaba problemas.
Probablemente.
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Al mediodía llegaron a un pequeño puente de piedra.
Debajo corría un río ancho y cristalino.
Lucien se inclinó sobre la baranda.
Observando el agua.
Pensativo.
—¿Qué haces?
—Mirando peces.
—¿Y?
—Uno me está mirando mal.
—Los peces no miran mal.
—Ese sí.
—Lucien.
—Está planeando algo.
—Es un pez.
—Exactamente.
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Mientras discutían sobre las intenciones criminales de un pez inocente...
Escucharon gritos.
Otra vez.
Porque aparentemente la tranquilidad era ilegal.
—¡Ayuda!
—¡Socorro!
Lyra reaccionó inmediatamente.
Corrió hacia el sonido.
Y encontró una carreta volcada.
Una familia intentaba escapar desesperadamente.
Frente a ellos había tres bestias mágicas.
Parecían lobos.
Pero eran mucho más grandes.
Y tenían ojos completamente negros.
—Retrocedan.
Ordenó Lyra.
Desenvainando su espada.
Los animales gruñeron.
Mostrando enormes colmillos.
No eran monstruos especialmente fuertes.
Pero sí peligrosos para civiles.
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Uno de los lobos atacó.
Lyra bloqueó el golpe.
Otro intentó rodearla.
Y el tercero avanzó hacia la familia.
—¡No!
La niña pequeña comenzó a llorar.
Su madre la abrazó.
El padre intentó protegerlas.
Pero no llegaría a tiempo.
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Y entonces ocurrió.
Lucien dio un paso al frente.
—No.
Dijo simplemente.
El lobo se congeló.
Exactamente igual que el oso.
Como si hubiera escuchado una orden imposible de ignorar.
Todo quedó inmóvil.
El viento.
Las hojas.
Incluso los otros monstruos.
Durante un instante pareció que el mundo entero estaba escuchándolo.
—Regresen al bosque.
Continuó Lucien.
—Y no vuelvan.
Los tres lobos bajaron la cabeza.
Como cachorros regañados.
Y se marcharon.
Sin luchar.
Sin resistencia.
Simplemente obedecieron.
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Silencio.
Muchísimo silencio.
La familia observaba a Lucien.
Lyra observaba a Lucien.
Incluso el pato observaba a Lucien.
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—¿Qué?
Preguntó el niño.
Como si aquello fuera completamente normal.
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La familia insistió en agradecerles.
Y antes de que Lyra pudiera detenerlo...
Lucien recibió:
Dos tartas.
Una bolsa de caramelos.
Y una manta nueva.
—¿Por qué siempre te regalan cosas?
—Porque soy adorable.
—Eso no debería funcionar tan bien.
—Y sin embargo funciona.
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Aquella noche acamparon cerca de unas ruinas antiguas.
Columnas derrumbadas.
Piedras cubiertas de musgo.
Restos de una civilización olvidada.
El lugar era hermoso.
Y también un poco inquietante.
—No me gusta.
Dijo Lucien.
Lyra levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque recuerdo este lugar.
El corazón le dio un vuelco.
—¿De otra línea temporal?
Asintió lentamente.
—Sí.
—¿Qué pasó aquí?
Lucien permaneció en silencio.
Demasiado tiempo.
Y cuando finalmente habló...
Su voz era apenas un susurro.
—Te encontré aquí.
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El aire pareció volverse más frío.
—¿Qué?
—Te encontré.
Lucien observó las ruinas.
Como si estuviera viendo algo que ya no existía.
—Después de buscar mucho tiempo.
—Lucien...
—Estabas herida.
Lyra sintió que algo se apretaba dentro de su pecho.
—Y me sonreíste.
Continuó él.
—Aunque sabías que ibas a morir.
El silencio cayó entre ambos.
Pesado.
Doloroso.
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—¿Y qué pasó después?
Preguntó ella.
Lucien bajó la mirada.
—Lo mismo de siempre.
Aquella respuesta dolió más de lo esperado.
Porque no sonaba enojado.
No sonaba dramático.
Sonaba cansado.
Muy cansado.
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La luna iluminaba las ruinas.
El fuego crepitaba suavemente.
Y por primera vez...
Lucien parecía más pequeño.
Más frágil.
Más cercano a la edad que aparentaba.
—¿Por qué sigues haciéndolo?
Preguntó Lyra.
—¿Haciendo qué?
—Buscándome.
Los ojos rojos del pequeño se encontraron con los suyos.
Y durante varios segundos no respondió.
Como si la pregunta fuera absurda.
Como si la respuesta fuera obvia.
—Porque eres mi mamá.
Lyra abrió la boca.
Lista para corregirlo.
Como siempre.
Pero no pudo.
Porque aquella vez no sonó divertido.
No sonó insistente.
No sonó infantil.
Sonó sincero.
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—En algunas vidas tardé años en encontrarte.
Continuó Lucien.
—En otras te encontré rápido.
—Pero siempre te encontraba.
Lyra sintió un nudo en la garganta.
—Lucien...
—Y siempre te perdía.
Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.
Como una herida abierta.
Como una verdad imposible de ignorar.
—Siempre.
Repitió.
Con una sonrisa pequeña y triste.
—Siempre te encuentro...
Su voz tembló apenas.
Lo suficiente para romperle el corazón.
—Y siempre te pierdo.
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Por primera vez desde que comenzó aquel viaje...
Lyra se movió antes de pensar.
Se acercó.
Y despeinó suavemente su cabello negro.
Igual que había hecho la noche anterior.
Lucien se quedó inmóvil.
Sorprendido.
Completamente sorprendido.
—Esta vez es diferente.
Susurró ella.
No sabía si era verdad.
No sabía si podía prometerlo.
Pero quería creerlo.
Necesitaba creerlo.
—¿Lo crees?
Preguntó Lucien.
Había esperanza en su voz.
Esperanza real.
La clase de esperanza que alguien protege con desesperación.
Lyra observó aquellos ojos rojos.
Los mismos ojos que en el futuro deberían pertenecer al Rey Demonio.
Y por primera vez...
No vio un monstruo.
Vio un niño.
Un niño que llevaba demasiado tiempo solo.
—Sí.
Respondió.
Y aquella fue la primera promesa que le hizo.
—Esta vez será diferente.
Lucien sonrió.
Una sonrisa auténtica.
Brillante.
Feliz.
Y durante unos segundos...
Pareció exactamente la edad que tenía.
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Muy lejos de allí.
En un lugar donde la luz no existía.
La figura sin rostro observaba una enorme red de hilos plateados.
Miles.
Millones.
Líneas temporales enteras.
Algunas rotas.
Otras desapareciendo.
Y una destacaba sobre todas.
Una sola.
La actual.
La última.
La que jamás había llegado tan lejos.
—Se está desviando otra vez.
Murmuró.
Entonces una voz respondió desde la oscuridad.
—¿Debemos reiniciarla?
La figura permaneció en silencio.
Observando el hilo brillante.
Observando algo que nunca había ocurrido antes.
Lyra y Lucien.
Juntos.
Felices.
—No.
Respondió finalmente.
—Aún no.
Pero por primera vez...
Incluso ella parecía preocupada.
FIN DEL CAPÍTULO 10