Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 7. MASAJES Y CONFESIONES BAJO EL VAPOR.
Desempacar la maleta en la misma habitación que mi jefe fue una de las tareas más difíciles de mi vida. Cada vez que me giraba, lo veía acomodar sus camisetas o estirar sus bermudas, mostrando la agilidad de sus movimientos. Para romper la tensión, decidí que debíamos empezar a trabajar de inmediato. El folleto de Sailing Dreams indicaba que el área del Spa y el balneario termal eran el pilar del paquete de relajación individual y de parejas, así que acordamos que ese sería nuestro primer punto de inspección.
Me metí al cuarto de baño y me cambié de ropa con el corazón latiéndome con fuerza. Opté por un bikini de dos piezas de color verde esmeralda que resaltaba mis curvas. Al mirarme al espejo, sentí un repentino ataque de timidez; en la oficina siempre iba cubierta con trajes formales, y ahora iba a quedar prácticamente expuesta ante él. Me coloqué un pareo blanco semitransparente alrededor de la cintura y salí con paso vacilante.
Sebastián ya me esperaba en el salón de la cabaña. Llevaba solamente un bañador oscuro y una toalla colgada al hombro. Al verme entrar, se quedó completamente estático. Sus ojos café recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en mi cintura antes de volver a clavar su mirada en mis ojos. Pude notar perfectamente cómo tragaba grueso. Yo tampoco pude apartar la vista: su pecho era ancho, con abdominales firmemente marcados y una línea de vello oscuro que descendía hacia el bañador. Su físico era imponente.
—Estás... estás muy guapa, Sofía —consiguió decir con una voz notablemente más grave de lo habitual.
—Gracias, Sebastián —respondí, sintiendo que mis mejillas ardían—. Tú también te ves muy bien. Creo que el gimnasio te sienta de maravilla.
Él sonrió de medio lado, rompiendo el hielo, y salimos juntos en dirección al balneario del resort.
El Spa era una instalación impresionante construida sobre una estructura de piedra natural que se adentraba ligeramente en el bosque. El ambiente estaba impregnado de un delicioso aroma a eucalipto y lavanda. El paquete VIP que Alan nos había asignado incluía un circuito privado de aguas termales y una sesión doble de masajes relajantes con aceites esenciales.
Nos guiaron hasta una sala privada iluminada únicamente por la luz tenue de las velas. En el centro de la habitación, rodeada por un sutil vapor cálido, había una gran piscina de hidromasaje y, a un lado, dos camillas de madera listas para el tratamiento.
—Pueden disfrutar primero del jacuzzi termal durante quince minutos, señores —nos indicó la terapeuta con amabilidad—. Después regresaremos para aplicarles el tratamiento corporal. Disfruten de la experiencia.
En cuanto la mujer se retiró cerrando la puerta corredera, nos quedamos a solas en la penumbra. Me deshice del pareo con dedos temblorosos y entré de inmediato al agua caliente para ocultar mi cuerpo de su intensa mirada. El agua me cubrió hasta los hombros, liberando de golpe la tensión acumulada en mis músculos. Un suspiro de satisfacción escapó de mis labios.
Pocos segundos después, el agua se agitó. Sebastián se sumergió a mi lado, posicionándose en el extremo opuesto de la pileta. El calor del vapor hacía que pequeñas gotas de sudor brillaran en su frente y en su cuello bronceado.
—Esto es increíble —admitió él, echando la cabeza hacia atrás sobre el borde de piedra y cerrando los ojos—. Ahora entiendo perfectamente por qué este resort es el más cotizado del país. Si logramos transmitir esta sensación exacta de desconexión en los eslóganes, la campaña será un éxito absoluto.
—Tienes razón —coincidí, observando el relieve de sus hombros mojados—. La clave está en apelar al agotamiento de la gente de ciudad. Vender la idea de que aquí el tiempo se detiene y los problemas desaparecen.
—¿Y tus problemas han desaparecido, Sofía? —preguntó de pronto, abriendo los ojos y mirándome con una seriedad que me desarmó. Sabía que se refería a Alan y a la presión de mi padre.
—Por ahora... sí —confesé, abrazando mis rodillas bajo el agua—. Estar aquí contigo me hace sentir extrañamente segura. Sé que suena tonto, pero es la verdad.
Sebastián no respondió de inmediato. En su lugar, se deslizó por el agua acortando la distancia que nos separaba hasta quedar sentado justo a mi lado. El calor de su cuerpo sumergido se mezcló con el del agua termal, envolviéndome por completo.
—No es tonto —susurró, y por primera vez, su mano buscó la mía bajo el agua, entrelazando sus dedos con los míos con una suavidad abrumadora—. Te prometí que te protegería, Sofía. Y cumplo mis promesas. No estás sola en esto.
El contacto de su piel contra la mía bajo el agua desató una tormenta de sensaciones en mi vientre. Quería acercarme más, quería romper la distancia que nos separaba, pero en ese preciso instante la puerta de la sala se abrió sutilmente y entraron las dos terapeutas para iniciar la sesión de masajes.
Nos indicaron que nos acostáramos boca abajo en las camillas contiguas. Me acomodé sobre la suave tela, sintiendo el ambiente cargado de una electricidad latente. La especialista comenzó a verter un aceite tibio con aroma a jazmín sobre mi espalda, esparciéndolo con movimientos lentos y firmes. Giré un poco la cabeza hacia el lado izquierdo y descubrí que Sebastián también me estaba mirando desde su camilla.
Nuestras miradas se cruzaron en la penumbra, fijas y magnéticas, mientras las manos de las masajistas trabajaban en nuestros cuerpos. Ver su espalda musculosa brillando por el aceite, y saber que él me observaba con la misma fascinación devoradora, transformó el masaje relajante en una experiencia puramente erótica. Cada caricia que la terapeuta daba en mi piel se sentía amplificada por la intensa mirada de Sebastián. Era como si sus propios ojos me estuvieran tocando.
Cuando la sesión terminó, casi una hora después, ambos salimos del Spa sumidos en un silencio denso y cargado de deseo. El sol ya se estaba ocultando en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos y violetas sobre el océano. Caminamos de regreso a la cabaña con la respiración compasiva de la brisa marina sobre nuestra piel aún tibia por los aceites.
Al cruzar el umbral de nuestra terraza privada, Sebastián se detuvo y se giró hacia mí. Sus ojos café reflejaban los últimos destellos del atardecer, brillando con una determinación ardiente que me hizo contener el aliento. La noche estaba cayendo en el paraíso, y ambos sabíamos que la resistencia que nos quedaba era prácticamente nula.