Holaaa regrese con una nueva hosyrtoa que espero que les encante
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9
El bosque quedó atrás.
Cuando ambos cruzaron la última línea de árboles, el aire pareció volverse más ligero.
Las casas de Valdoren aparecieron finalmente frente a ellos.
Laira soltó un largo suspiro.
—Al fin...
Asterion dirigió una última mirada hacia el bosque.
Todo había vuelto a la normalidad.
Demasiado normal.
Como si nada de lo ocurrido hubiese sucedido realmente.
No le gustaba.
Los bosques encantados nunca hacían nada sin un motivo.
—Bueno... —dijo Laira rompiendo el silencio—. Gracias por acompañarme.
El Archimago hizo una leve inclinación de cabeza.
Estaba dispuesto a marcharse.
Pero la voz de la muchacha volvió a detenerlo.
—Espere un momento.
Él la observó.
—No tardaré.
Tengo algo que quiero mostrarle.
Sin esperar respuesta, echó a correr hacia su casa.
Asterion permaneció inmóvil frente al camino.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡Ya llegué!
Elenna apareció de inmediato.
Su expresión de alivio desapareció apenas comprobó que su hija estaba sana.
—¿Dónde estabas?
Nos tenías muy preocupados.
Laira dejó la cesta sobre la mesa.
—El bosque estaba... raro.
Pero estoy bien.
No se preocupen.
Rowan frunció el ceño.
—¿Y quién te acompañó hasta aquí?
Laira sonrió con naturalidad.
—Un amigo.
Voy a salir otra vez.
Solo un momento.
Elenna abrió mucho los ojos.
—¿Ahora?
—Prometo que regreso enseguida.
Subió corriendo las escaleras.
Abrió el viejo baúl de madera que descansaba junto a su cama.
Entre mantas cuidadosamente dobladas encontró un pequeño estuche de cuero.
Lo abrió.
Dentro descansaba un antiguo colgante de plata.
No era especialmente hermoso.
Pero siempre había sentido un extraño cariño por él.
Era lo único que había permanecido junto a ella desde que llegó a aquella casa siendo un bebé.
Lo tomó y volvió a bajar.
—Ya regreso.
—¡Laira...!
Pero la joven ya había salido.
Cuando la puerta volvió a cerrarse, Rowan caminó lentamente hasta la ventana.
Apartó la cortina.
Y se quedó completamente inmóvil.
—Elenna...
La mujer se acercó.
También miró hacia afuera.
Su rostro perdió el color.
Frente a su casa...
Esperando pacientemente...
Se encontraba el Gran Archimago del Imperio.
Ninguno de los dos dijo una palabra.
Solo intercambiaron una mirada llena de preocupación.
—¿Por qué...
...está esperando a nuestra hija?
Laira regresó unos instantes después.
Respiraba ligeramente agitada.
—Aquí está.
Abrió la mano.
Sobre su palma descansaba el colgante.
Asterion lo tomó con cuidado.
Al principio solo observó la plata envejecida.
Después giró la pieza.
Su expresión cambió.
Fue apenas un instante.
Tan breve que cualquier otra persona no lo habría notado.
Pero el pulso del Archimago se aceleró.
Grabado sobre el reverso aparecía un antiguo escudo imperial.
No era el emblema actual.
Era mucho más antiguo.
Pertenecía a un linaje que desapareció siglos atrás.
Sus dedos se cerraron lentamente alrededor del colgante.
Imposible.
Aquello era imposible.
Levantó la vista hacia Laira.
La observó durante varios segundos.
Como si intentara encontrar en su rostro una explicación.
Finalmente habló.
—¿Sabes qué significa este símbolo?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Mis padres dicen que venía conmigo cuando era un bebé.
Asterion guardó silencio.
Su mente repasaba antiguos recuerdos.
Bibliotecas.
Crónicas.
Juramentos olvidados.
Aquel escudo solo podía pertenecer a un lugar.
—Este colgante...
...pertenece al antiguo Imperio de Elarion.
Laira frunció el ceño.
—Nunca había escuchado ese nombre.
—Porque lleva más de trescientos años desaparecido.
El viento sopló entre ambos.
Por primera vez desde que despertó...
Asterion sintió que todas las piezas comenzaban a unirse.
Y ninguna de ellas anunciaba algo bueno.