"No todas las segundas oportunidades llegan para recuperar el pasado. Algunas llegan para construir un futuro."
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El peso de la corona
La primavera comenzaba a despertar en el norte.
Los caminos, antes ocultos bajo metros de nieve, volvían a ser transitables.
Los primeros brotes verdes asomaban tímidamente entre el hielo.
Era momento de partir.
Un mensajero imperial había llegado tres días atrás.
El sello rojo del fénix no dejaba lugar a dudas.
"El Príncipe Heredero deberá regresar inmediatamente a la capital."
No había explicaciones.
Solo una orden.
El patio del castillo Bennett estaba en silencio.
Los caballos esperaban preparados.
Los soldados formaban dos hileras.
Cedric Bennett fue el primero en acercarse.
—Ha sido un honor recibirlo, Alteza.
Azel inclinó la cabeza.
—El honor ha sido mío.
Después estrechó la mano del duque.
No como un príncipe.
Como un hombre agradecido.
Entonces...
Buscó con la mirada.
Olaya estaba unos pasos más atrás.
Vestía una capa azul.
El viento movía lentamente su cabello dorado.
Por un instante ninguno habló.
No hacía falta.
Los dos sabían que aquel momento llegaría.
Azel rompió el silencio.
—Volveré.
Ella sonrió con dulzura.
—Lo sé.
No preguntó cuándo.
Ni cómo.
Solo respondió con la confianza de quien quería creer en esa promesa.
Él dio un paso más cerca.
—Aún le debo el mar.
Olaya bajó la mirada un instante antes de volver a sonreír.
—Entonces procuraré esperar.
No hubo abrazos.
No hubo un beso de despedida.
Solo una última mirada.
Y, sin saberlo...
Los dos estaban contemplando la última versión sencilla de sus vidas.
El viaje hacia Aurelis duró varios días.
Durante todo el camino...
Azel sonreía.
No por regresar.
Sino porque llevaba una decisión en el corazón.
Hablaría con su padre.
Le diría la verdad.
Por primera vez no hablaría el heredero.
Hablaría Azel.
Quizá el emperador se enfadara.
Quizá lo rechazara.
Pero debía intentarlo.
Por Olaya.
Y también por él.
Las enormes puertas del Palacio Imperial se abrieron lentamente.
Todo permanecía exactamente igual.
Los mismos jardines.
Las mismas columnas.
Los mismos sirvientes inclinando la cabeza.
Y, sin embargo...
Azel sintió que él ya no era el mismo.
El Emperador Cassian Astravia lo esperaba en el Salón del Trono.
No estaba sentado.
Observaba el inmenso mapa del Imperio extendido sobre una mesa.
Sin girarse siquiera dijo:
—Has regresado.
—Sí, padre.
Hubo un breve silencio.
Cassian sonrió apenas.
—He recibido excelentes informes sobre tu Travesía del Heredero.
Los Belmonth hablan bien de ti.
Los Bennett también.
Incluso Cedric escribió que comprendiste el verdadero significado del deber.
Azel sintió que era el momento.
Respiró profundamente.
—Padre...
Cassian levantó una mano.
—Antes de cualquier otra cosa...
Debes conocer una noticia.
El emperador tomó un pergamino lacrado.
Lo dejó frente a su hijo.
—Hace tres días quedó oficialmente aprobado tu compromiso.
Azel sintió que el mundo dejaba de moverse.
—¿...Compromiso?
—Con la hija del Archiduque Alaric Belmonth.
Lady Everly Belmonth.
El silencio se volvió insoportable.
Cassian continuó hablando con absoluta serenidad.
—Su debut tendrá lugar dentro de una semana.
La presentarás ante toda la nobleza como tu prometida.
Azel permanecía inmóvil.
Las palabras dejaban de tener sentido.
Everly...
Belmonth...
Comprometido...
Una semana.
—Padre...
Cassian lo observó por primera vez.
—Esta unión asegurará la estabilidad del Imperio durante generaciones.
Los Belmonth controlan nuestra armada.
Son el pilar de la Corona.
No existe mejor elección.
Azel abrió ligeramente los labios.
Quería hablar.
Quería decir el nombre de Olaya.
Quería explicar que había conocido a alguien.
Que por primera vez entendía qué significaba amar.
Pero...
Las siguientes palabras del emperador lo detuvieron.
—Algún día comprenderás que un emperador no siempre puede elegir aquello que desea.
Solo aquello que el Imperio necesita.
El silencio cayó sobre el salón.
Azel sintió cómo toda la fuerza con la que había llegado se desmoronaba.
No era miedo.
Era culpa.
Porque amaba a Olaya.
Pero también amaba a su padre.
Y amaba al Imperio que algún día debía gobernar.
¿Cómo podía elegir uno sin traicionar a los otros?
Cassian dio por terminada la conversación.
—Descansa.
Dentro de siete días conocerás oficialmente a Lady Everly Belmonth.
Será el inicio de una nueva etapa para Astravia.
Azel hizo una reverencia automática.
Salió del salón.
No recordaba el camino.
Solo caminaba.
Hasta detenerse frente a uno de los grandes ventanales del palacio.
Desde allí podía verse el horizonte.
Muy lejos.
Más allá de las montañas.
Más allá de los bosques.
En algún lugar...
Estaba el norte.
Y con él...
Una promesa hecha junto al fuego de una vieja cabaña.
"Aún le debo el mar."
Por primera vez desde que comenzó su viaje...
El príncipe heredero de Astravia no supo cuál era el camino correcto.