A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
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Capitulo 11
El imponente edificio de cristal y acero de la Constructora Sánchez se erguía en el centro del distrito financiero como un monumento al poder familiar. El sol de la mañana se reflejaba en los cristales, pero dentro del vestíbulo principal, la atmósfera era tan fría y afilada como una navaja.
Las puertas automáticas se abrieron y el sonido rítmico y decidido de unos tacones de aguja paralizó el habitual bullicio de los empleados.
Valery entró al edificio pisando con una seguridad que dejó sin aliento a más de uno. Vestía un traje de chaqueta y falda de tubo en un tono blanco marfil que se ceñía a su silueta con una precisión matemática, realzando la curva de sus caderas y la línea esbelta de sus piernas. El cabello lo llevaba recogido en una coleta alta y pulida, y en su cuello brillaba, sutil pero implacable, el dije de corazón de oro blanco que Marcos le había regalado. Pero el accesorio más destructivo de su atuendo era la imponente alianza de oro puro que destellaba en su mano izquierda cada vez que acomodaba su bolso de diseñador.
A su lado, Marcos caminaba con la gracia felina y peligrosa de quien sabe que es el dueño absoluto del lugar. Su traje gris hecho a medida acentuaba sus hombros anchos, y mantenía una mano apoyada con firmeza posesiva en la parte baja de la espalda de Valery, guiándola a través del pasillo principal. No era solo un gesto de cortesía; era una declaración de propiedad y poder ante cada empleado que se inclinaba a su paso.
Hoy no era un día cualquiera. Hoy Valery asumía formalmente su puesto como la nueva socia mayoritaria de la constructora, gracias a las acciones blindadas por Thiago, desplazando oficialmente a Adrián de las funciones ejecutivas que siempre había considerado su derecho de nacimiento.
El ascensor privado los llevó directamente al piso de la alta dirección. Al abrirse las puertas, la tensión acumulada en el aire se volvió casi asfixiante.
Esperándolos en la antesala de la gran sala de juntas, estaba Adrián.
Tenía el rostro pálido, las ojeras marcadas delataban una noche de furia y alcohol, y sostenía una carpeta con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Al ver aparecer a Valery del brazo de su hermano mayor, luciendo más deslumbrante, sensual e inaccesible que nunca, una vibración de rabia pura recorrió todo su cuerpo.
—¿Qué significa esto, Marcos? —escupió Adrián, dando un paso al frente con la voz temblando de indignación—. Me acaban de notificar que mis accesos a los proyectos principales de la zona norte han sido revocados. ¡Esos contratos son míos!
Marcos ni siquiera se inmutó. Detuvo su caminata justo frente a su hermano menor, manteniendo su brazo firmemente enlazado con el de Valery. Su torso imponente eclipsó la figura alterada de Adrián, inundando el espacio con esa testosterona dominante que siempre hacía retroceder a los demás.
—Eran tuyos, Adrián —corrigió Marcos, su voz de barítono resonando con una frialdad ejecutiva que cortó el aire—. La junta directiva, respaldada por la nueva socia principal de esta empresa, ha reestructurado las funciones. Tus constantes escándalos y tu... notable falta de juicio en las últimas semanas demuestran que no estás capacitado para liderar la división más importante de la constructora.
Adrián desvió la mirada hacia Valery, con los ojos inyectados en una mezcla de dolor, celos devoradores y una humillación insoportable.
—¿Tú hiciste esto? —reclamó Adrián, dando un paso hacia ella, ignorando el peligro latente que emanaba de Marcos—. ¿Te estás prestando para esto, Val? Me estás quitando mi trabajo, mi posición... ¡Me estás destruyendo!
Valery dio un paso al frente, liberándose suavemente del agarre de Marcos solo para quedar cara a cara con su ex prometido. El aroma de su perfume floral y caro invadió el espacio de Adrián, un amargo recordatorio de lo que había perdido. Ella sonrió con una lentitud perezosa y sofisticada, una expresión que desbordaba una sensualidad fría y letal.
—Yo no te quité nada, Adrián. Tú lo arrojaste todo por la borda el día que decidiste escapar como un cobarde. Como socia de los Sánchez, mi único deber es proteger los intereses de la empresa. Y como esposa del director general, mi deber es asegurarme de que mi hombre tenga el control absoluto —declaró Valery, acentuando las palabras "mi hombre" con una deliberada dulzura que fue como clavarle un puñal en el orgullo a Adrián.
—¡Eres una arpía! —siseó Adrián, perdiendo los papeles—. Te estás acostando con él solo por despecho. ¡Sé que no lo amas! ¡Marcos no sabe lo que es el amor!
La mención de su intimidad hizo que los ojos de Marcos se oscurecieran de inmediato, inyectándose de ese fuego oscuro y protector que Valery ya conocía bien. Antes de que Adrián pudiera seguir hablando, Marcos lo tomó del revés del saco con una mano, atrayéndolo hacia sí con una fuerza bruta que paralizó a las secretarias de la antesala.
—Vuelve a hablar de lo que pasa en mi cama con mi esposa, y te aseguro que saldrás de este edificio en una ambulancia, no en tu coche —advirtió Marcos en un susurro ronco, tan cargado de peligro que Adrián tragó saliva, completamente intimidado—. Ella es la Sra. Sánchez. Te arrebaté tu posición porque eres un inepto, y me quedé con ella porque fui lo suficientemente hombre para reclamar lo que tú no merecías. Ahora, muévete. Tenemos una reunión.
Marcos soltó a Adrián con desprecio. El hermano menor se tambaleó, respirando agitadamente, viendo cómo su hermano mayor le había arrebatado absolutamente todo en cuestión de días: su estatus, su herencia y a la mujer más deseada de su círculo social.
Marcos se giró hacia Valery y su expresión cambió instantáneamente, suavizándose con una oleada de salvaje atracción. Le extendió la mano y ella la tomó, entrelazando sus dedos con orgullo.
La reunión con los jefes de departamento fue un despliegue de poder absoluto. Valery se sentó a la derecha de Marcos en la inmensa mesa de caoba. Durante las dos horas que duró la presentación de los nuevos planos, la tensión sexual que existía entre los recién casados se convirtió en el verdadero centro de atención del salón, escondida bajo el pretexto de los negocios.
Bajo la mesa de juntas, la historia era otra.
Mientras el director de finanzas explicaba unos gráficos, Marcos deslizó su mano por debajo del borde de la madera y la posó directamente sobre la rodilla de Valery. Sus dedos largos comenzaron a subir lentamente por el tejido de su falda de tubo, ejerciendo una presión firme que hizo que a Valery se le cortara la respiración por un segundo.
La piel de ella se encendió instantáneamente. Marcos no la miraba; mantenía los ojos fijos en la pantalla de proyección, asintiendo ante los datos económicos, pero su pulgar comenzó a trazar círculos perezosos y ardientes en la cara interna de su muslo, ascendiendo con una audacia deliberada que amenazaba con hacerla perder los papeles frente a los doce ejecutivos presentes.
Valery apretó los dientes, sintiendo que un calor denso y líquido se desataba en lo más profundo de su vientre. Intentó concentrarse en el informe, pero el roce eléctrico de la mano de Marcos la estaba volviendo loca. En un movimiento arriesgado, ella inclinó su cuerpo sutilmente hacia él, apoyando su hombro contra el de su esposo, permitiendo que sus respiraciones se cruzaran.
Adrián, sentado al fondo de la mesa en una posición completamente secundaria, observaba la agitación sutil de Valery. Notó sus mejillas encendidas y cómo sus dedos se crispaban sobre la pluma estilográfica. Su mente, enferma de celos, adivinó de inmediato lo que estaba sucediendo bajo la mesa. Ver a su hermano poseer visual y físicamente a la mujer que antes le suplicaba atención lo hacía hervir en un infierno de enojo e impotencia.
Cuando la reunión terminó y los ejecutivos abandonaron la sala murmurando sobre la impresionante complicidad de la nueva pareja presidencial, Adrián se levantó de golpe, arrojando su silla hacia atrás.
—Son unos malditos enfermos —dijo Adrián con la voz rota de rabia, mirando a ambos—. Esto les va a estallar en la cara. Disfruta tu juguete nuevo, Marcos, porque el despecho no dura para siempre.
Adrián salió de la sala de juntas dando un portazo que hizo vibrar los cristales.
Valery soltó un largo suspiro, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones. Se giró hacia Marcos, lista para reclamarle por su osadía bajo la mesa, pero él ya se había levantado. Marcos rodeó la mesa de caoba, cerró la cerradura electrónica de la puerta de la sala de juntas y caminó hacia ella con esa mirada oscura, hambrienta y desprovista de cualquier freno que la hacía temblar.
La tomó de la cintura con ambas manos, levantándola ligeramente hasta sentarla sobre la mesa de juntas. Las faldas del vestido blanco se abrieron un poco, dejando al descubierto sus muslos. Marcos se interpuso entre sus piernas, pegando su torso firme contra el de ella.
—Estuviste increíble ahí dentro, Sra. Sánchez —murmuró él, su voz ronca rozando los labios carmín de Valery—. Desplazar a mi hermano nunca se había sentido tan... adictivo.
—Casi haces que me desmaye frente a los directores, Marcos —susurró ella, con el corazón latiéndole en la garganta, enredando sus manos en las solapas de su traje—. Eso no estaba en el contrato.
—Al diablo el contrato, muñeca —respondió él, acortando el último milímetro de distancia para atraparla en un beso salvaje, húmedo y profundamente posesivo que selló su dominio absoluto en la empresa y en su corazón.