Lola Quintana llegó vestida de novia al salón donde todos esperaban verla casarse con Bruno Gatti.
Pero el novio no apareció.
Estaba en Rosario, cuidando a Martina, su primer amor.
Humillada delante de dos familias, traicionada por el hombre al que cuidó durante años y acorralada por una familia que solo quería usarla, Lola tomó una decisión impulsiva: llamó a Thiago Sáenz, un pibe lindo, pobre y descarado al que apenas conocía, y le pidió que fuera su novio por una noche.
El trato era simple.
Él la ayudaba a salvar la cara.
Ella le pagaba.
Después, cada uno seguía con su vida.
Pero Thiago no era tan pobre como parecía.
Y ese casamiento improvisado, que Lola creyó una salida desesperada, terminó metiéndola en una guerra de familias, secretos, herencias robadas y un marido demasiado peligroso para ser solo un capricho.
Lola no buscaba amor.
Thiago tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 10
Capítulo 10
Al salir del edificio, Lola se golpeó la frente con la palma.
Su debilidad por las caras lindas no tenía cura.
Antes Bruno.
Ahora Thiago.
No.
Sacudió la cabeza, pidió un auto y volvió a la residencia docente.
Al abrir la puerta de su cuarto, se quedó quieta.
Alguien había entrado.
Sus cremas estaban movidas. Un frasco tirado. La cama desarmada. La almohada al revés.
Lola revisó cada rincón, cerró con llave y empujó un sillón contra la puerta.
El corazón le golpeaba fuerte.
Le escribió a Sol.
Lola: "Entraron a mi cuarto."
Sol: "¿Estás bien?"
Lola: "Sí. Ya no había nadie."
Sol: "¿Faltó algo? Denunciá."
Lola: "No guardo nada valioso acá."
Las joyas de su madre seguían en el departamento de Sol.
Por suerte.
Entonces lo pensó.
¿Y si el ladrón buscaba eso?
Si era así, el origen era obvio.
Lola limpió todo con alcohol. Cambió sábanas, funda y acolchado. No soportaba la idea de manos extrañas tocando sus cosas.
En la ventana, su planta de orquídea tenía varias hojas amarillas.
—Dramática.
Apoyó la mano encima y dejó salir una energía tenue.
Las hojas recuperaron color.
Un sudor fino le apareció en la frente.
Desde chica sabía que su cuerpo era raro. Tenía una afinidad especial con las plantas. Podía estimularlas, reparar tallos, acelerar vida.
Con personas el efecto era débil.
Aun así, durante tres años usó esa energía en las piernas de Bruno después del accidente. Él creyó que volvió a caminar por su propia voluntad.
No.
Volvió porque ella se agotó día tras día por él.
Tres años de amor.
Tres años de energía.
Todo para un hombre que la dejó plantada.
—Ni a un perro le iba tan mal conmigo —murmuró—. Un perro por lo menos mueve la cola.
En la casa donde se alojaba Martina, Bruno estaba sentado en el jardín.
—¿La viste? —preguntó ella, apoyándole una mano en el hombro—. ¿Sigue sin perdonarte?
—Está enojada por la boda.
Martina bajó la mirada.
—Si yo hubiera sabido que iba a ponerse así, me habría ido a morir sola a cualquier lado.
Las lágrimas le cayeron en silencio.
Bruno se ablandó.
—No digas eso. Una vida importa. Y si esa vida es la tuya, más.
—Pero no quiero verte triste. Yo sé que siempre fuiste bueno con ella. Si ella no te cuida, yo sí.
Bruno sintió que algo se le movía.
Él había sido bueno con Lola.
Solo faltó a una ceremonia, no canceló el matrimonio para siempre.
¿Por qué ella no podía entender?
La iba a dejar sola un tiempo.
Cuando viera que él no correría detrás de sus caprichos, volvería a disculparse.
Martina sonrió.
—Hice una torta. ¿Entrás a probar?
Bruno se levantó.
—Vamos.
Al día siguiente, Lola fue a reclamar a la administración de la residencia.
—Entraron a mi cuarto.
El encargado ni levantó la vista del juego en el celular.
—¿Faltó algo?
—No.
—Entonces capaz te confundiste.
—No me confundí. Mis cosas estaban movidas.
—Si no falta nada, no hagas tanto lío.
Lola quiso golpear la mesa.
Se contuvo porque estaba en la escuela.
Había dormido menos de dos horas por miedo a que el ladrón volviera.
En la oficina, repartió los caramelos prometidos.
Cuando llegó a Jazmín, la mujer dejó el esmalte.
—¿Anoche dormiste en la residencia?
Lola la miró.
—¿Te interesa dónde duermo?
—Me da curiosidad. Te acabás de casar. Uno pensaría que estarías pegada a tu marido. Que vengas sola a la residencia suena raro.
Las demás docentes la miraron.
Lola improvisó.
—Tenía algo que resolver, terminé tarde y nuestra casa queda lejos. Para no ir y venir, me quedé acá.
Las otras aceptaron.
Jazmín no.
—¿Tu marido es de familia rica y no puede comprarte algo cerca? Mucho amor no parece. Si te quisiera tanto, vendría a buscarte aunque quedara lejísimos. Capaz te casaste con una billetera vacía.
Lola arrastró una silla y se sentó frente a ella.
—Decime la verdad. ¿En otra vida te robé algo?
—¿Qué?
—Porque me atacás como si te debiera plata.
—No me digas así.
—¿Entonces "señora"?
—Lola, ¿no sabés hablar normal?
Lola sonrió.
—Después de escuchar lo que dijiste, ¿segura que querés hablar de normalidad?
Jazmín giró la silla con bronca.
—Seguí mintiéndote.
Lola volvió a su escritorio.
Pero tenía razón en algo.
No podía seguir en la residencia.
Era insegura y, además, cada día tendría que explicar por qué una recién casada dormía sola.
Abrió una app de alquileres.
Los precios le habrían dolido antes.
Ahora tenía un millón.
Eligió varias opciones y habló con una inmobiliaria para verlas esa tarde.
Al salir de la escuela, vio a Milo.
Esta vez estaba con su papá.
—Buenas tardes, seño —dijo el nene.
—Buenas tardes, seño —repitió Damián, el padre, como si también fuera alumno.
Padre e hijo se parecían. Milo tenía la chispa despierta. Damián era lindo, pero con aire de hombre demasiado bueno.
—¿Vino a buscar a Milo?
—Sí. ¿Se portó bien?
Milo se tensó.
Lola sonrió.
—Muy bien.
El nene respiró de alivio.
Lola se despidió.
Damián miró su espalda.
—¿Esa es la maestra que parecía conocer a tu tío?
—Sí. Pero ella dice que no son cercanos.
Damián entendió a su manera.
—Tu tío la está persiguiendo y ella todavía no le da bola. Pobre. Con esa cara, esa pereza y esa torpeza social, va directo a quedarse solo.
Damián era devoto de Lina, su esposa dormida. Para él, nadie era tan linda ni tan brillante como ella.
Milo frunció el ceño.
—Mi tío es muy lindo. Yo quiero parecerme a él.
—Sos mi hijo. Tenés que parecerte a mí.
—Pero vos parecés medio tonto.
Damián se quedó sin aire.
—Eso es porque a tu mamá le gustan los hombres buenos. Es estrategia matrimonial.
Milo no pareció convencido.
Subieron al Porsche.
Al pasar por el shopping, Milo pidió helado.
—Somos pobres, hijo. Y ahora hay helados carísimos. Capaz compro uno y perdemos el presupuesto del mes.
Milo se apagó.
—Entonces abrí un supermercado.
—No funciona así... Esperá. ¿Esa no es tu seño?
Milo se pegó al vidrio.
—¡Papá, hay malos molestándola!