Sophie creía que su vida se había derrumbado tras ser traicionada por el hombre que amaba. Perdida y vulnerable, buscó consuelo en los brazos de un desconocido, Damián Castelli, un hombre poderoso, frío y peligroso. Una sola noche lo cambió todo. Cuando descubrió que estaba embarazada, solo encontró desprecio y humillación.
Decidida a reconstruir su vida, Sophie se marchó y crió a su hijo sola. Pero años después, el destino volvió a cruzarla con aquel hombre. Ahora, arquitecta y trabajando en la misma empresa que él, la joven guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Entre enfrentamientos explosivos, secretos que salen a la luz y un deseo que se niega a desaparecer, Sophie deberá enfrentar el pasado y decidir hasta dónde está dispuesta a llegar para proteger a quien más ama.
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Capítulo 24
Mi corazón estaba en un caos absoluto mientras Damián conducía con determinación fría. Cada kilómetro que nos acercaba al hotel hacía que mis manos sudaran más, y yo sabía que la tormenta estaba a punto de caer. Él estaba decidido, implacable, y no había nada que yo pudiera decir para cambiar eso.
—Damián, por favor... —murmuré, casi inaudible, mientras él paraba el coche frente al hotel.
Me ignoró completamente, saliendo del coche con aquella postura firme y peligrosa, como si el mundo le debiera explicaciones. Yo bajé detrás de él, intentando argumentar.
—No entres —pedí, casi suplicante, pero él ya estaba atravesando la entrada con pasos largos.
—Non, Sophie. Yo voy a entrar —dijo, el acento cargado, sin siquiera mirar hacia atrás—. Si hay algo que estás escondiendo de moi(mí), voy a descubrir ahora. Basta de jueguitos.
Acelerando el paso, sujeté su brazo cuando él alcanzó la puerta de la habitación. Él se giró hacia mí, los ojos ardiendo de determinación.
—Damián... No... —imploré, mi voz un susurro mientras nuestras miradas se encontraban. Mi corazón parecía a punto de salir por la boca.
Mi pedido parecía tener el efecto opuesto. Él golpeó con la mano en la puerta.
—Abre —su voz era grave, una orden.
—No voy a abrir —respondí, intentando mantener mi postura firme, pero por dentro, yo temblaba.
El sonido de pasos interrumpió la tensión, y entonces la puerta se abrió. Mi tía Clara apareció en el vano, sorprendida, pero tranquila.
—Sophie... ¿Qué está pasando? —preguntó, mirando de mí a Damián, claramente incómoda con la mirada afilada de él.
Damián parecía listo para decir algo cuando una pequeña voz cortó el aire.
—¡Mamá llegó! —dijo Noah, animado, apareciendo de detrás de la puerta.
El mundo paró. El rostro de Damián, tan acostumbrado a controlar cualquier emoción, se congeló. Él miró al niño, después a mí, el choque trasluciendo en sus ojos grises, aunque su rostro permaneciera tenso.
—Qu’est-ce que (¿Qué es eso)... Sophie, ¿qué significa esto? —preguntó finalmente, apuntando a Noah, la voz cargada de incredulidad y rabia reprimida.
Yo no conseguía hablar, mi cuerpo estaba en pánico.
—Tía, lleva a Noah a jugar un poco, por favor —pedí, intentando mantener la voz firme.
Mi tía, sin hacer preguntas, cogió a Noah de la mano y lo llevó lejos. Cuando nos quedamos solos, Damián entró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí con fuerza.
—Tienes un hijo —afirmó, los dientes rechinando—. Merde (mierda)... ¡Tienes un hijo, y me escondes eso?!
Yo contuve las lágrimas que amenazaban con caer. Lo encaré, intentando encontrar fuerzas para enfrentar aquella situación.
—Yo te lo dije... ¿recuerdas? —Mi voz salió temblorosa—. Hace cinco años, Damián. ¡Yo te busqué, yo intenté contarte!
—¡Y también admitiste hace pocos días que mentiste sobre el embarazo! —gruñó, los puños cerrados al lado del cuerpo.
La rabia que yo guardé por tanto tiempo finalmente explotó.
—¿Y qué querías que yo hiciera después de todo lo que tú me dijiste en aquella época, eh? ¿Qué esperabas?
Él retrocedió ligeramente, incómodo.
—¿Recuerdas lo que me dijiste, Damián? —Continué, la voz cargada de daño—. Me llamaste interesada, dijiste que yo estaba inventando historias.
Él respiró hondo, desviando la mirada por un momento.
—Oui... Yo recuerdo —murmuró—. Y yo dije eso porque... Merde, Sophie, yo realmente creí que no podría tener hijos. Hice una puta de un procedimiento. Una vasectomía.
Yo lo encaré, incrédula.
—Eso no cambia el dolor que tú me causaste.
Él pasó la mano por los cabellos, visiblemente desconcertado.
—Mira, Sophie... Yo sé que fui injusto contigo. Cometí un error, d’accord?
—¿D’accord? —Repetí, mi voz embargada—. ¿Tú crees que puedes simplemente decir eso y todo bien? Damián, eso destruyó mi vida. Tú destruiste mi vida.
Él cerró los ojos por un momento, claramente luchando contra el peso de la culpa que, aunque él no admitiera, estaba allí.
—Yo hice lo que creí correcto en la época. No soy bueno en eso... en esta mierda toda de sentimientos, Sophie —dijo, la voz más baja, pero aún cargada de dureza.
—No importa más —respondí, cruzando los brazos y desviando la mirada.
El silencio cayó entre nosotros, pesado y lleno de significados. Él permaneció allí, parado, como si estuviera intentando entender cómo lidiar con aquello. Damián Castelli, el hombre implacable, el mafioso con sangre en las manos, ahora confrontado con algo que no podía controlar: ser padre.
Yo sabía que él no quería hijos, que su vida peligrosa y su visión de sí mismo le impedían siquiera considerar esa posibilidad. Pero allí estaba Noah, nuestro hijo, y él necesitaría enfrentar eso. Aunque nunca lo admitiera, aquel sería el mayor desafío de su vida.
Narración: Damián
Yo tengo un hijo.
Merde. Aquella noticia me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que ya llevé. Yo ya encaré tiros, traiciones, enemigos sedientos por mi sangre. Pero nada me preparó para eso. ¿Un hijo? Nunca pensé en esa posibilidad. Siempre consideré niños una flaqueza, algo que los enemigos podían usar contra ti. Y más, después del procedimiento que hice, creía que era biológicamente imposible. Entonces, allí estaba, delante de esa verdad que me alcanzó como un tren descontrolado.
Mas non, no era hora para sentimentalismos o dramas. Odio esa puta. Respiré hondo, retomando el control. Emociones nunca me sirvieron de nada. El pasado estaba hecho, y llorar sobre eso no cambiaría nada. Lo que importaba en aquel momento era actuar.
Miré a Sophie. Ella estaba tensa, con rabia, dañada. Yo sabía cuánto la herí hace cinco años. Sí, admito: si pudiera volver en el tiempo, no la habría dejado sola. Mas eso es una ilusión. Lo que está hecho, está hecho.
—Vamos, Sophie —declaré, la voz firme e implacable—. Arregla tus cosas. Ustedes van para mi casa. Hasta yo proveer algo mejor.
Ella me encaró como si yo hubiera acabado de insultar a su madre.
—Tú solo puedes estar bromeando —rebató, cruzando los brazos y arqueando la ceja, aquella mirada desafiante que siempre me atizó, mas a veces me irritaba profundamente.
—Non, no estoy bromeando —respondí, acortando la distancia entre nosotros, la voz más baja, mas aún cargada de autoridad—. Ustedes no están seguros aquí. No hay discusión.
—¡Damián, tú no puedes simplemente aparecer y darme órdenes como si nada hubiera sucedido! —explotó, el rostro rojo de rabia.
Suspiré, conteniendo la paciencia.
—Yo sé que estás con rabia de moi(mí). Y con razón. Mas no es hora para eso —mis palabras salieron frías, mas era todo que yo conseguía ofrecer—. Voy a garantizar que nada les suceda a ustedes. ¿Entendido?
—No voy a ningún lugar contigo.
—Non? —Di un paso adelante, mis ojos fijos en los de ella—. Ma fille, voy a decir eso solo una vez más. Arregla las malditas maletas.
Ella sabía que cuando yo tomaba esa postura, no había espacio para rechazos. Aún así, batió los pies, rezongó algo inaudible y fue para la habitación, claramente llena de rabia.
Narración: Sophie
Yo arreglaba las maletas con tanta fuerza que parecía que estaba descargando mi frustración en los cierres y dobleces. Damián estaba apoyado en la pared, de brazos cruzados, mirándome con aquella mirada analítica que tanto me irritaba.
—¿Vas a continuar observándome o vas a ayudar? —Pregunté sin mirar para él, solo para derramar un poco más de rabia.
Él se encogió de hombros.
—Tú no quieres que yo toque en nada, n’est-ce pas(¿no es?) —dijo con aquel tono irritantemente calmo y aquel acento francés que es tan atrayente mas en aquel momento me irritaba aún más.
Cuando intentó coger mi maleta, batí en la mano de él.
—No es necesario, gracias —respondí seca, volviendo a doblar las ropas con más fuerza que lo necesario.
Fue en ese momento que mi tía y Noah entraron. La vocecita de mi hijo cortó el silencio.
—¿Quién es ese hombre, mamá?
Yo me giré rápidamente, mas antes que pudiera decir algo, Damián dio un paso adelante, bajando levemente para quedar más próximo de la altura de Noah. El jeito de él era claramente desconfortable, mas él intentó.
—Yo soy... un amigo de su maman —dijo, y entonces completó, como quien intenta encontrar palabras: —Damián.
Noah pestañeó, curioso.
—Tú hablas gracioso.
Damián soltó una media sonrisa, claramente sorprendido con el comentario.
—¿Gracioso, eh? —Él cruzó los brazos, intentando mantener el tono serio, mas era imposible no notar que estaba achando gracia—. Eso es porque yo soy francés, petit.
Noah dio una risita, achando aquello muy interesante.
—¿Francés? ¿Qué es eso?
Damián miró para mí, como si pidiera ayuda, mas luego se giró de vuelta para el niño.
—Es... como si fuera hablar diferente de ti. Mas mejor —dijo, arqueando una ceja, intentando bromear de un jeito que fuera mínimamente natural para él.
Mi tía, que asistía a todo, tenía una sonrisa leve, mas yo veía su sorpresa. Yo misma no sabía cómo reaccionar al ver a Damián, el hombre más duro y distante que conocí, interactuar con Noah de aquel jeito.
El niño rió nuevamente, tirando de la barra del abrigo de él.
—¡Tú eres muy grande!
Damián miró para abajo, descruzando los brazos.
—Ah, soy mismo. Y tú eres muy pequeño.
—Yo voy a crecer. Y ahí voy a quedar mayor que tú —Noah replicó, lleno de confianza.
Damián dio una risita, algo que parecía tan raro que por un momento olvidé quién él era.
Yo miré para mi tía. Ella me encaró, sorprendida, mientras una pequeña sonrisa comenzaba a surgir en su rostro. Aquella escena, por más inesperada y confusa que fuera, de alguna forma aliviaba la tensión en mi pecho.