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No firmaré el divorcio: mi esposo puede leer mi mente

No firmaré el divorcio: mi esposo puede leer mi mente

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Reencarnación / Reencarnación(época moderna) / Telepatía / Completas
Popularitas:45.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

Despertar en el infierno

El primer dolor llegó desde el cuero cabelludo.

Sofía Reyes abrió los ojos cuando una mano le jaló el cabello y la arrancó de la almohada. El aire de la suite estaba caliente, lleno de vapor. Las sábanas se le enredaban en el pecho desnudo, y a su lado había un hombre que no conocía, medio cubierto, con una expresión de mármol.

La puerta acababa de estrellarse contra la pared.

—¡Desvergonzada! —gritó doña Patricia Bravo, la madre de Sofía en ese mundo.

La bofetada cayó antes de que Sofía pudiera entender dónde estaba.

El sonido seco llenó la suite. Alguien jadeó. Dos invitados se quedaron inmóviles junto al marco. Detrás de ellos, doña Claudia Solís, madre de Leonardo Montero, miraba la escena sin una gota de compasión.

Y junto a doña Patricia, Valentina Reyes, la hermana mayor de Sofía y la hija favorita de los Reyes, lloraba.

Lloraba: lágrimas claras, barbilla temblorosa, mano al pecho.

—Mamá, por favor, no le pegues más —suplicó Valentina—. Sofía debió estar confundida. Ella no haría algo así a propósito. No con Leo.

Sofía parpadeó.

Leo.

El hombre de la cama era Leonardo Montero, heredero de Grupo Montero y prometido de Valentina.

Siete días. Habían sido siete días dentro de una oscuridad llena de voces, páginas y muertes.

Sofía había transmigrado a una novela de élite vulgar: hermana buena, hermana mala, CEO frío, boda forzada y final miserable para la mujer que estorbaba.

En esa novela, Valentina Reyes era la protagonista perfecta. Sofía Reyes, la hermana menor con su mismo nombre, era la comparsa odiada. Para el círculo de los ricos, no tenía nada salvo una cara bonita: no sabía estudiar, no sabía comportarse y vivía arrebatándole cosas a su hermana.

El gran punto de quiebre era esta escena.

Sofía se subía a la cama del prometido de su hermana, robaba a Leonardo Montero y lograba casarse con él. Creía que por fin tendría esposo rico y vida cómoda.

Pero Leonardo no volvía a casa. Trescientos días después, se enamoraba de Valentina y le pedía el divorcio.

La Sofía original no soportaba el golpe. Se cortaba las muñecas y salía de la historia.

Contado así, sonaba a castigo merecido.

La verdad era otra.

Desde niña, Sofía usaba lo que Valentina descartaba y aun así la acusaban de robarle. La ropa, los elogios, la atención de Patricia, incluso el derecho a ser escuchada: todo pertenecía primero a la hermana mayor. Y lo de "subirse a la cama" tampoco había nacido de ella. Valentina la había empujado paso a paso, con palabras dulces, hasta esta suite.

Después de la boda, la misma Valentina iba a incitarla a hacer escándalos, a pelear con los Montero, a volverse insoportable ante Leonardo.

Mientras tanto, Valentina cavaría debajo de ese matrimonio hasta dejarla sin esposo, familia, reputación ni vida.

Ese era su papel: ser hermosísima y, por diseño, tan estúpida que todos pudieran odiarla para que la protagonista brillara más.

[No puede ser. ¿Desperté justo en la escena donde la comparsa se mete en la cama del prometido de su hermana? Qué detallazo del infierno.]

Leonardo Montero, que se acomodaba la sábana como si prefiriera incendiar el edificio antes que explicar algo, giró apenas la cabeza.

Sus ojos se clavaron en Sofía.

Ella no lo notó. Tenía la mejilla ardiendo y la mano de su madre todavía enterrada en su cabello.

—¡Mira lo que hiciste! —doña Patricia volvió a sacudirla—. ¡Mira la vergüenza que nos estás haciendo pasar! ¿Con qué cara voy a mirar a Claudia? ¿Con qué cara voy a mirar a la familia Montero?

Valentina sollozó más fuerte.

—No digas eso, mamá. Sofía es mi hermana. Si ella de verdad ama a Leo, yo puedo retirarme.

Doña Claudia levantó la barbilla.

—No pronuncies semejante absurdo, Valentina.

Su voz baja cortó más que el grito de Patricia.

—Una cosa es un escándalo, y otra permitir que cualquiera entre a la familia Montero por una cama.

Sofía soltó una risa breve. Le dolió la mejilla al hacerlo.

Valentina abrió los ojos, como si esa risa la hubiera herido más que el escándalo.

—Sofía...

[Ay, pobrecita. Mira esa lágrima. Ni los cocodrilos de documental la fabrican con tanta disciplina.]

Leonardo se enderezó.

Lo suficiente para que la sábana bajara un poco. Esa voz no había salido de la boca de Sofía.

Sofía tenía los labios cerrados.

—¿De qué te ríes? —escupió doña Patricia.

El objeto que llevaba en la otra mano golpeó contra la mesa de noche. Un rodillo de madera, de esos que Patricia presumía como masajeador, rodó sobre el mármol.

Sofía lo reconoció por los recuerdos del cuerpo.

Con ese rodillo le habían marcado los brazos por llegar tarde, la espalda por no sonreír, los muslos por arruinarle un vestido a Valentina. Siempre había una excusa. Siempre era por el bien de la familia.

[Claro. El famoso rodillo terapéutico. Cura contracturas, celulitis y ganas de tener una hija menor.]

Leonardo bajó la mirada hacia el rodillo.

Su expresión no cambió, pero los dedos se le cerraron sobre la sábana.

—Contesta —ordenó Patricia—. ¿Qué le hiciste a Leonardo? ¿Cómo pudiste meterte en su cuarto? ¿Sabes lo que significa esto para tu hermana?

Sofía levantó la mano despacio.

Patricia creyó que iba a cubrirse.

Se equivocó.

Cuando la segunda bofetada vino hacia ella, Sofía atrapó la muñeca de su madre en el aire.

El golpe quedó suspendido a dos dedos de su cara.

La suite entera se quedó muda. Valentina dejó de llorar por medio segundo.

—Antes de pegarme otra vez —dijo Sofía, con la voz ronca por el despertar—, ¿por qué no preguntas qué pasó?

Los ojos de Patricia se agrandaron.

—¿Qué dijiste?

—Que preguntes. Es una palabra sencilla. ¿O la maternidad solo te funciona cuando Valentina necesita público?

—¡Sofía! —Valentina se llevó las manos a la boca—. No le hables así a mamá.

Sofía giró la cabeza hacia ella sin soltar la muñeca de Patricia.

—Valentina, qué rápido llegaste. Casi parece que estabas esperando detrás de la puerta.

Valentina palideció.

—Yo... yo solo vine porque me avisaron que Leo no contestaba el teléfono.

[Mentira. Tú le pagaste a Daniela Torres para drogarlo y luego me empujaste a venir con esa frase de "si de verdad lo amas, demuéstralo". Qué actuación tan fina, primera dama de la Ciudad.]

Leonardo sintió que el aire se le cerraba en la garganta.

Daniela Torres.

Su ex secretaria.

Había renunciado hacía dos semanas y dejado una bandeja de café en su oficina la noche anterior.

Leonardo miró a Valentina.

Ella seguía llorando, pero ahora sus pestañas temblaban con un ritmo menos perfecto.

—No inventes —siseó Patricia—. Tu hermana ha sufrido por tu culpa desde niña y todavía te atreves a ensuciarla.

—¿Yo la ensucio?

Sofía soltó la muñeca de Patricia y buscó la bata del hotel. Leonardo, sin decir nada, la tomó antes y se la lanzó.

El gesto fue mínimo, pero doña Claudia y Valentina lo vieron.

Sofía se cubrió con rapidez y se bajó de la cama. Las piernas le temblaban, pero no iba a regalarles el gusto de verla caer.

—Anoche Valentina me dijo que si yo quería que la familia Montero no la obligara a casarse, tenía que venir a hablar con Leo. Me dijo que él estaba...

La frase se cortó.

Un sonido agudo, plano, antinatural, le llenó la boca.

—Bip.

Todos fruncieron el ceño.

Sofía se tocó la garganta.

—Ella fue quien me dijo que...

—Bip.

El segundo sonido fue más fuerte, como si alguien hubiera puesto una mano invisible sobre su voz.

Sofía tragó saliva.

[Ah. Perfecto. El Destino también viene con censura integrada. Si intento decir que Valentina organizó la trampa, me tapa la boca. Qué servicio tan completo.]

La mirada de Leonardo cambió por primera vez.

Frío, sí, pero ya no vacío.

—¿Qué fue eso? —preguntó uno de los invitados desde la puerta.

—Un ataque de histeria —dijo doña Claudia, sin apartar los ojos de Sofía—. Nada más.

Sofía la miró.

Doña Claudia no necesitaba levantar la voz para humillar. Traje perla, collar discreto, manos quietas. La madre perfecta del heredero perfecto y, según las visiones, otra víctima.

[Doña Claudia, si supiera que esta misma madre abnegada que hoy la llama "querida" le va a acelerar un cáncer de mama para que Valentina pueda entrar limpia a los Montero... Pero claro, yo intento avisar y el mundo me pone un bip como microondas barato.]

Leonardo dejó de respirar por un instante.

Su madre. Cáncer. Patricia. Valentina. Cuatro palabras se acomodaron en su cabeza.

—Leonardo —dijo doña Claudia—, vístete. Nos vamos.

Él no respondió.

Patricia volvió a levantar el rodillo.

—Tú vienes conmigo —le dijo a Sofía—. En la casa vas a aprender a pedir perdón de rodillas.

Sofía miró el rodillo, luego la cara de su madre.

Los recuerdos del cuerpo subieron como náusea: moretones escondidos, vestidos heredados, disculpas por errores ajenos. Después, la tina, el agua roja, nadie entrando a tiempo.

Algo dentro de ella se rompió de una forma limpia.

—No voy a ir de rodillas a ninguna parte —dijo.

Patricia soltó una carcajada incrédula.

—¿Y quién te crees?

—Alguien que ya no tiene nada que perder.

Valentina dio un paso hacia ella.

—Sofía, por favor. No hagas esto más grande. Si me pides perdón, yo puedo hablar con tía Claudia. Tal vez...

—No.

La palabra salió tan clara que hasta el personal del hotel levantó la vista.

Sofía se ajustó el cinturón de la bata y caminó hacia Valentina. No la tocó. No hacía falta.

—Tú no vas a salvarme, Valentina. Tú solo quieres que todos crean que me estás salvando.

Las lágrimas de Valentina volvieron.

—¿Cómo puedes decirme eso?

[Porque te vi. Te vi sonreír cuando la Sofía original se desangraba. Te vi quedarte con su marido, su apellido, su vida. Te vi empujar a todos hacia la muerte y todavía posar como santa.]

Leonardo sintió un golpe frío en el estómago.

Era absurdo. Imposible. Una alucinación provocada por la droga, quizás. Pero esa voz traía detalles, nombres, consecuencias y una furia que no actuaba para nadie.

—Señorita Reyes —intervino doña Claudia—, escúcheme bien. Lo ocurrido aquí no la convierte en parte de nuestra familia. Si su intención era forzar una boda, se equivocó de casa.

Sofía volvió hacia ella.

La suite seguía oliendo a perfume caro, vapor y vergüenza.

—Doña Claudia, con todo respeto, hoy no tengo intención de entrar a ninguna familia. Apenas estoy intentando salir viva de esta habitación.

La frase incomodó a los testigos.

Patricia apretó el rodillo.

—Dramática, igual que siempre.

Sofía sonrió sin alegría.

—Sí. Qué raro que una hija golpeada por su madre tenga mal carácter.

La cara de Patricia se deformó.

—¡Malagradecida!

Esta vez el rodillo vino directo a su hombro.

Sofía lo esquivó por instinto. Su cuerpo se movió antes que su memoria, con una precisión que no pertenecía a la Sofía de esa novela. El rodillo golpeó la mesa de noche y tiró un vaso al piso.

Leonardo miró el movimiento.

Demasiado rápido para una muchacha débil. Demasiado firme para alguien que acababa de despertar confundida.

[Gracias a quien haya guardado reflejos en este cuerpo. Por fin algo útil además de saber distinguir villanas con lagrimita de glicerina.]

Valentina dejó de fingir por un parpadeo. En ese parpadeo apareció algo más feo que el llanto: miedo.

Sofía lo vio y supo que había acertado.

—¿Qué pasa, Valentina? —preguntó—. ¿No era este el plan?

—Yo no hice ningún plan —susurró ella.

—Claro.

Sofía dio un paso hacia la puerta. Los invitados se abrieron por puro reflejo.

Patricia quiso sujetarla otra vez, pero Leonardo habló antes.

—Basta.

Una sola palabra, baja, sin teatro. Patricia se detuvo como si la hubieran tomado por el cuello.

Doña Claudia miró a su hijo con una sorpresa fría.

—Leonardo.

Él no apartó los ojos de Sofía.

—Que nadie la toque.

Valentina se quedó quieta.

Sofía también.

[¿Ahora me defiende? No, no, imposible. En la novela, Leonardo Montero ni siquiera se molesta en mirarme bien hasta después de casarse conmigo por obligación. Luego me deja sola, se enamora de Valentina y en trescientos días termina saltando de su propia torre. Pobrecito. Guapo, rico y desechable. Igual que yo, pero con mejores abdominales.]

La mandíbula de Leonardo se tensó.

La palabra "desechable" se le quedó pegada a la piel.

—Leo —Valentina dio un paso hacia la cama—, yo sé que eres un caballero, pero no tienes que cargar con esto. Sofía está alterada. Mi hermana siempre ha sido...

—No es asunto tuyo —dijo él.

Valentina se detuvo.

Por primera vez, sus lágrimas no supieron qué hacer.

Sofía lo miró de reojo.

Leonardo Montero seguía semidesnudo, impecable incluso en el desastre.

[Qué desperdicio. Si no estuviera destinada a morir como personaje descartable, y si él no fuera el esposo frío que me va a ignorar, y si no hubieran drogado a medio mundo anoche... casi de verdad me lo habría comido.]

Leonardo parpadeó.

Solo una vez. Pero el color se le fue del rostro.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué?

Él la miró como si acabara de encontrar una grieta en una pared de acero.

Porque esa frase no sonó como una queja. Sonó como una confesión.

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Estrella Guadalupe Martinez Vera
😍😍😍😍 ya era hora que lo pensara ❤️
Estrella Guadalupe Martinez Vera
mmm no supuestamente el sistema de la historia protege a sus protagonistas por qué no lo hace con Nicolás solo a Valeria 🤔🤔🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Woow habrá una nueva Valeria no se confundirá el sistema 😅
Estrella Guadalupe Martinez Vera
si esa es la mejor solución encontrar otra protagonista
Estrella Guadalupe Martinez Vera
rayos di que está loca está trama 😅😅😅
Estrella Guadalupe Martinez Vera
y ahora a quien va a matar 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
que difícil situación
Estrella Guadalupe Martinez Vera
eso es lo que quiere la historia que Valentina y Nicolás sean los ganadores entonces todos los demás tendrán que desaparecer poco a poco de la historia y fingir sus muertes
Estrella Guadalupe Martinez Vera
ellos son los buenos por qué no pueden ser felices a fuerza tiene que seguir la trama 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pero por queeeee si la Valentina es un asco de protagonista 🤔
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pues eras por qué no a villana llegas 🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
Rodrigo tonto así no se hacen las cosas se hablan pero tú proceder deja mucho que desear 🤨🤨🤨
Estrella Guadalupe Martinez Vera
❤️❤️❤️❤️❤️😍
Estrella Guadalupe Martinez Vera
no quiere retenerla por compromiso si no que quiera que ella sea libre de elegir
Estrella Guadalupe Martinez Vera
anda que ya me había olvidado de la zorra está 😅😅😅😅 y ahora que quiere la manipuladora llorona
Estrella Guadalupe Martinez Vera
si que estás familia son un caso serio
Estrella Guadalupe Martinez Vera
o temas enamorarte Sofía el ya está enamorado de ti desde hace tiempo aunque no lo sepa decir
Estrella Guadalupe Martinez Vera
pobre aún está traumada con la muerte en la bañera a pesar de que no haya sido ella
Estrella Guadalupe Martinez Vera
mmmm 🤔🤔🤔 quien será ahora
Estrella Guadalupe Martinez Vera
anda zorrita ya te quedaste solo sin perros que te ladren
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