Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 15
Antonia entró al despacho con el corazón apretado, pero esta vez no bajó la mirada. Se detuvo frente al escritorio, donde Aarón revisaba unos informes sin levantar la vista, y habló con voz clara, aunque temblorosa:
—Señor De Santis… no puedo seguir así. Necesito tiempo. Necesito que deje de controlar cada paso que doy, que deje de prohibirme hablar con mi hermano o salir unos minutos a respirar. Tengo derecho a tener un poco de vida propia.
Aarón levantó lentamente la cabeza, arqueando una ceja con sorpresa burlona. Dejó la pluma sobre el papel y se recostó en el respaldo de su silla, entrelazando los dedos.
—¿Ah sí? ¿Ahora pones condiciones? ¿Crees que el contrato dice algo sobre tus “derechos”?
—Dice que yo cumplo con estar disponible —replicó ella, armándose de valor—. Pero no dice que deba dejar de ser quien soy. No puede pedirme que desaparezca por completo. Por favor, déjeme poner al menos ese límite. Es lo único que pido.
Él se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con la palma, haciendo que ella diera un salto hacia atrás.
—¿Límites? —escupió él con frialdad—. Tú no pones límites aquí. Yo los pongo. Y si te atreves a exigirme nada, te recuerdo quién decide si tu madre respira o no.
—No es justo usarla así —gritó ella, ya sin poder contenerse—. Ella no tiene culpa de nada. ¡No mezcle su salud con nuestras discusiones!
—Todo está mezclado —respondió él acercándose hasta invadir su espacio—. Tú eres parte de ella. Si tú te portas mal, ella paga el precio. Es así de simple.
Antonia salió de allí corriendo, furiosa y dolida, jurando que no volvería a pedirle nada. Pero apenas llegó a casa, el teléfono sonó. Era la enfermera de la clínica, con voz preocupada:
—Señorita Valentini… lamento decírselo, pero hemos recibido una orden directa: suspenderemos el suministro de los medicamentos especiales por las próximas veinticuatro horas. No podemos hacer nada hasta que nos confirmen lo contrario.
—¿Qué? —exclamó ella, sintiendo que el suelo se hundía—. ¡No pueden hacer eso! ¡Ella los necesita cada día! Si se los quitan, su estado empeorará de golpe.
—Es una orden del señor De Santis —respondió la mujer bajito—. Dijo que es una “medida disciplinaria”. Lo siento mucho.
Antonia colgó el aparato con manos temblorosas y cayó de rodillas en el pasillo. Sabía que no era una amenaza vacía. Sabía que él era capaz de dejar sufrir a su madre solo para enseñarle una lección. Sin pensarlo dos veces, marcó el número de él, pero dio tono de ocupado. Entonces corrió de nuevo hacia su despacho.
Entró sin llamar, con el aliento entrecortado y las lágrimas corriendo por sus mejillas. Aarón la esperaba de pie junto al ventanal, como si supiera que vendría.
—Por favor —suplicó ella, acercándose y agarrándose de su manga con desesperación—. Por favor, no haga esto. No le quite la medicina. Ella no puede soportarlo. Me equivoqué. Lo siento mucho. No volveré a pedir nada. Haré todo lo que usted diga. Todo. Solo devuélvale el tratamiento.
Él la miró un instante, disfrutando de su derrota, y apartó su mano suavemente, pero con firmeza.
—¿Ya entendiste quién manda aquí? —preguntó con voz helada—. ¿Entendiste que no hay límites para mí? Que puedo quitarte hasta el aire si se me antoja?
—Sí —sollozó ella, bajando la cabeza hasta casi tocar su pecho—. Lo entiendo. Soy suya. Completamente suya. No volveré a protestar. No volveré a poner ninguna objeción. Solo déjela tranquila.
Aarón tomó su rostro entre las manos, obligándola a mirarlo a los ojos.
—Recuérdalo bien —susurró—. Cada vez que se te ocurra querer ser libre, piensa en ella. Piensa en cómo se siente sin lo que solo yo puedo darle. Ahora ve. Mañana tendrá sus pastillas. Pero no te confundas: el castigo fue solo una muestra. La próxima vez será peor.
Antonia salió de allí sintiéndose más pequeña que nunca. Comprendió entonces que su crueldad no tenía fondo, que no había nada que él no estuviera dispuesto a hacer para quebrantarla por completo. Y que mientras su madre dependiera de él, no tenía ninguna salida.
—¿Ve ahora lo que es capaz de hacer? —susurró ella con voz rota—. Le quita la vida a mi madre solo por no obedecerle.
—Eso es lo que debes aprender —respondió él con frialdad—. Mi generosidad se gana con obediencia. Mi ira… se paga con dolor.
Antonia cerró los ojos, derrotada.
—Lo haré. De ahora en adelante, no tendré voluntad propia. Solo la suya.