Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
NovelToon tiene autorización de huracán para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lucían, colabora, llegaré tarde por tu culpa
Bárbara estaba atrapada en el abrazo fuerte y posesivo de Lucían; era una reclusa en medio de músculos y sábanas.
—Mmmph… —murmuró, intentando mover un pie. Pero resultó en un rotundo fracaso. Era como si un pulpo musculoso la hubiera elegido como su presa favorita. Con un suspiro, que sonó más bien a un grito ahogado, comenzó su titánica tarea.
—Lucían, colabora, llegaré tarde por tu culpa. —Primero, el brazo. Intentó deslizarse, pero Lucían la apretó más, su rostro inconsciente contra su cabello. Bárbara contuvo la respiración. Este hombre dormido era una fuerza de la naturaleza.
—Lucían —susurró; su voz era apenas un hilo. Pero no hubo respuesta alguna.
El sudor comenzaba a perlar su frente. Finalmente, con un último esfuerzo que casi le disloca el hombro, logró zafarse de su agarre, cayendo con un suave golpe sobre el colchón. Respiró hondo, sintiendo la libertad de sus extremidades.
—¡Bendita sea la libertad! Lucían, si me sigues asfixiando de esta manera, te prohibiré dormir conmigo. —Se incorporó y se estiró. Miró a Lucían, que seguía durmiendo plácidamente, con una pequeña sonrisa en los labios.
Se preparó con una diligencia casi militar. Una ducha rápida, el aroma a flores y durazno llenando la habitación. Se vistió con unos jeans ajustados y una blusa de seda, el atuendo perfecto para un día de trabajo. Se ató el cabello en una coleta alta, se aplicó solo protector solar y, con un último vistazo en el espejo, se dirigió al garaje.
La puerta automática se abrió con un silbido, revelando un despliegue de automóviles que harían palidecer a cualquier concesionario de lujo: Ferrari, Lamborghini, Rolls-Royce... Bárbara se detuvo en seco; casi le dio un colapso. Había olvidado por completo que su coche estaba aparcado en casa de sus molestos padres.
—Estoy muerta —murmuró, con la mano en la frente. —¿En qué estaba pensando? —Miró la hilera de vehículos, cada uno más imponente que el anterior, y sintió una punzada de pánico. No podía simplemente coger cualquiera. ¿Y si Lucían tenía planes para uno en particular?
De la penumbra del garaje, emergió el mayordomo, un hombre mayor y discreto con una sonrisa amable.
—¿Problemas, señora Drax? —preguntó con su tono suave.
Bárbara se giró, con un gesto de vergüenza.
—Sí, un poco. He olvidado traer mi coche de casa de mis padres y... bueno, no sé cuál puedo usar.
El mayordomo asintió, una chispa de comprensión en sus ojos.
—El señor Drax dejó dicho que puede utilizar el auto de su gusto, señora; no hay restricción alguna.
Un suspiro de alivio escapó de los labios de Bárbara.
—¡Eso es un alivio! Gracias, no sabía si a Lucían le gustaba usar uno en particular.
Recorrió la fila de coches con la mirada, observando las opciones. Un Ferrari era demasiado llamativo para ir a una sesión de fotos. Un Rolls-Royce, aunque elegante, le parecía demasiado ostentoso para ella. De repente, sus ojos se posaron en un Toyota Century negro, discreto pero con una elegancia innegable. Había algo en ese coche que siempre le había atraído, una sofisticación silenciosa.
—El Toyota Century —dijo, señalándolo—. Me gusta ese.
El mayordomo sonrió con amabilidad.
—Excelente elección, señora. ¿Se lo preparo?
—Por favor, estaré eternamente agradecida. —Bárbara no se acordaba del nombre del hombre y le daba vergüenza preguntárselo; le preguntaría directamente a Lucían cuando llegara de la sección de fotos.
Mientras el mayordomo se movía con eficiencia, Bárbara pensó en la jornada que le esperaba. Las fotos, la pose, el equipo... Sería un día largo.
Poco después, Bárbara partió rumbo al estudio. El Toyota Century se deslizaba por las calles de la ciudad con una suavidad asombrosa, casi inaudible. Se sentía cómoda, como si el coche hubiera sido hecho para ella. Al llegar al destino, un edificio moderno con grandes ventanales, apagó el motor y respiró hondo.
Mientras bajaba del auto, el aire fresco de la mañana le dio la bienvenida. Y allí, esperándola justo en la entrada, estaba Laura. Su cabello rubio recogido en un moño impecable, su expresión concentrada. Llevaba una tablet en la mano y, al ver a Bárbara, su rostro se iluminó con una sonrisa profesional.
—¡Bárbara, cariño! ¡Por fin llegas! —exclamó Laura, con un tono que mezclaba alivio y un toque de regaño, pensó que Bárbara se había arrepentido, ya que ella siempre era puntual y hoy había llegado tarde.— ¿Estás lista para deslumbrar?
Bárbara sonrió, sacudiéndose los nervios.
—Más que lista, Laura. Solo dame un café y estaré perfecta.
Laura soltó una carcajada.
—El café te espera dentro, y el equipo ya está listo.
Ambas entraron al estudio, dejando atrás el silencio del Century negro y adentrándose en el bullicio y la energía del mundo de la moda. El día, que había comenzado con un desafío de brazos entrelazados, prometía ser bastante dinámico.