Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 18
La música terminó lentamente, dejando que las últimas notas se perdieran entre las conversaciones y el murmullo elegante de los invitados. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. Eiden todavía sostenía mi mano y yo permanecía frente a él, observando aquellos ojos oscuros que, por alguna razón que todavía no lograba comprender, habían conseguido que olvidara por completo dónde estábamos. Las luces del salón, las voces de los invitados, el sonido de las copas chocando y hasta las personas que caminaban a nuestro alrededor parecían haberse desvanecido, como si de pronto todo hubiera quedado muy lejos. Solo existíamos nosotros dos, separados por apenas unos centímetros y envueltos en una extraña sensación de calma que no había experimentado en mucho tiempo. Eiden tampoco apartaba la mirada. Había algo diferente en su expresión, algo que no conseguía descifrar, y cuando sus labios se curvaron ligeramente en una sonrisa, sentí que mi corazón volvía a acelerarse. No sabía qué estaba pasando conmigo.
—Naelia.
La voz que llegó detrás de mí rompió aquel instante como si alguien hubiera arrojado una piedra contra un cristal. Mi cuerpo se tensó inmediatamente y aquella sensación de tranquilidad desapareció de golpe. No necesité girarme para saber quién era. Reconocería aquella voz en cualquier lugar.
Lucan.
Respiré profundamente antes de volverme. Allí estaba, acompañado de Alessa, con una copa en una mano y esa expresión segura que durante años había conseguido hacerme creer que todo estaba bajo control. Alessa permanecía junto a él, elegantemente vestida, aunque la sonrisa que llevaba en el rostro desapareció apenas sus ojos se encontraron con los míos. Durante unos segundos nadie dijo nada. Yo simplemente los observé, intentando convencerme de que no tenía ninguna razón para sentirme intimidada. Ya no era la mujer que había salido de aquel apartamento con una maleta en la mano preguntándose qué había hecho mal. Habían pasado meses desde entonces. Había llorado, había dudado, había sentido que no podía seguir adelante y, aun así, lo había hecho.
—No esperaba encontrarte aquí —dijo Lucan finalmente.
Lo observé unos segundos antes de responder.
—Yo tampoco esperaba encontrarte.
Eiden permaneció a mi lado en silencio. Su expresión no cambió demasiado, pero después de las últimas semanas había comenzado a aprender a reconocer pequeñas señales en él. La mandíbula ligeramente tensa, la mirada más fría y aquella forma casi imperceptible de perder la sonrisa cuando algo le desagradaba. No parecía cómodo con aquella situación y, extrañamente, saberlo me hizo sentir acompañada.
Lucan bajó la mirada hacia nuestras manos, todavía unidas, y después volvió a observarme.
—¿Podemos hablar un momento?
—No.
La respuesta salió tan rápido que incluso él pareció sorprenderse. Lo vi parpadear antes de intentar recuperar la compostura.
—Naelia, solo quiero...
—No.—Lo interrumpí con calma.—No quiero hablar contigo y mucho menos aquí.
Lucan apretó los labios.
—Solo quiero aclarar algunas cosas.
—Ya las aclaraste.—Mi voz no tembló.—Me dijiste la verdad. Puede que haya tardado en aceptarla, pero ya no necesito escucharla otra vez.
Por un instante pareció quedarse sin palabras.
—¿Así que vas a seguir tratándome como si fuera un extraño?
Solté una pequeña risa sin humor.
—Eres mi exmarido, Lucan. Técnicamente, ya no formas parte de mi vida.
Su expresión se endureció.
—No tienes que ser tan fría.
—No estoy siendo fría. Estoy poniendo límites.
Alessa, que hasta ese momento había permanecido en silencio, dio un pequeño paso hacia nosotros.
—Qué dramática eres.
La miré directamente y ella cruzó los brazos.
—Ahora entiendo por qué Lucan terminó cansándose de ti.
Varias conversaciones cercanas comenzaron a disminuir de volumen. Algunas personas voltearon discretamente hacia nosotros, intentando disimular su curiosidad. Sentí cómo mi pecho se apretaba, pero esta vez no agaché la cabeza. Durante demasiado tiempo había permitido que las palabras de otras personas determinaran cómo debía sentirme. Ya no.
Me giré completamente hacia ella.
—Puede que tengas razón y que sea dramática.—Hice una pequeña pausa.—Pero prefiero serlo antes que fingir que no me dolió lo que hicieron.
El rostro de Alessa cambió ligeramente.
—No sabes de qué estás hablando.
—Lo sé perfectamente.—La observé sin apartar la mirada.—Y no pienso discutir contigo, yo sé cuál es mi lugar, ¿y tú? ¿alguna vez conociste en tuyo?
Alessa abrió la boca para responder, pero Lucan intervino antes de que pudiera hacerlo.
—Naelia, basta.
Lo miré.
—¿Basta de qué?
—De hacer una escena.
Aquellas palabras me hicieron sonreír con incredulidad.
—¿Yo estoy haciendo una escena?—Miré a mi alrededor y después volví a él.—Fuiste tú quien vino hasta donde estaba para hablar conmigo después de que te dejé claro que no quería hacerlo.
Mi voz seguía siendo tranquila, pero cada palabra llevaba consigo todo aquello que durante meses había mantenido guardado.
—Así que no vuelvas a hacerme responsable de una situación que tú mismo provocaste.
Lucan dio un paso hacia mí, yo retrocedí inmediatamente.
—No te acerques.
Él se detuvo.
—Solo quiero hablar contigo.
—Y yo ya te dije que no quiero hablar contigo.
Su expresión se endureció.
—No puedes seguir comportándote así cada vez que nos encontramos.
—Puedo comportarme como considere necesario.
Lucan intento dar nuevamente un paso hacia mí. Sentí entonces que Eiden se movía a mi lado. No dijo nada de inmediato. Simplemente dio un paso hacia delante y se colocó entre Lucan y yo, dejando perfectamente claro que no permitiría que siguiera acercándose. Fue un gesto sencillo, sin dramatismo, pero completamente firme.
Lucan lo observó con evidente molestia.
—Esto no tiene nada que ver contigo, Reyes.
Eiden sostuvo su mirada con absoluta tranquilidad.
—Ella te pidió que no te acercaras.—Su voz fue serena, pero había una firmeza detrás de cada palabra.—Creo que deberías respetarlo.
Lucan soltó una risa seca.
—¿Ahora eres su portavoz?
Eiden no respondió inmediatamente. En lugar de entrar en una discusión con él, giró ligeramente el rostro hacia mí.
—¿Quieres irte?
Asentí.
—Sí.
No preguntó nada más. Simplemente tomó mi mano con naturalidad y comenzó a caminar conmigo hacia la salida. No miré atrás. No quería saber qué estaban diciendo ni qué expresión tenían sus rostros. Por primera vez, no sentí la necesidad de comprobar si Lucan estaba arrepentido, molesto o sorprendido. Mientras atravesábamos el salón, pude escuchar algunos murmullos a nuestro alrededor, pero esta vez no me importaron.
—¿No era ella la esposa de Lucan?
—Sí.
—Entonces fue él quien la engañó.
—¿Con ella?
—Parece que sí.
—Qué vergüenza...
—Y ahora está con Reyes.
—No creo que sea buena idea meterse con alguien como Eiden.
Seguí caminando sin detenerme. Cuando finalmente salimos al pasillo, el ruido de la recepción quedó atrás y el silencio del corredor nos envolvió de inmediato. Solté lentamente el aire que había estado conteniendo y cerré los ojos durante unos segundos. No me había dado cuenta de cuánto había tensado el cuerpo hasta ese momento. Eiden continuaba sosteniendo mi mano y no fue hasta unos segundos después que ambos parecimos darnos cuenta. Él la soltó lentamente.
—Lo siento.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—No quería incomodarte.
Miré nuestras manos y después volví a observarlo.
—No me incomodaste.
—¿Segura?
Asentí.
—Sí. De hecho... creo que si no hubieras estado conmigo, habría terminado escapando por la primera puerta que encontrara.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Entonces hice algo útil.
No pude evitar reír.
—Aunque debo admitir que tu cara cuando Lucan se acercó fue bastante aterradora.
Eiden arqueó una ceja.
—¿Mi cara?
—Sí.
—No hice ninguna cara.
Solté una pequeña carcajada.
—Eiden, ya aprendí a leer tus expresiones.
Él negó lentamente con la cabeza.
—Entonces creo que necesitas mejorar tus habilidades.
—¿Ah, sí?
—Mucho.
Volví a reír y, por primera vez desde que había visto a Lucan entrar en aquel salón acompañado de Alessa, sentí que el peso que había aparecido sobre mi pecho comenzaba a desaparecer. Era extraño. Había imaginado tantas veces cómo sería volver a encontrarme con ellos. Había pensado que quizá sentiría rabia, tristeza o incluso aquella antigua necesidad de preguntarme por qué no había sido suficiente. Pero ahora, mientras estaba allí junto a Eiden, comprendí que nada de eso era lo que realmente sentía. Había dolido, sí. Mucho más de lo que quería admitir. Pero también había descubierto que podía enfrentar aquella parte de mi pasado sin permitir que volviera a destruirme.
Eiden me observó durante unos segundos.
—¿Estás bien?
La pregunta fue sencilla, pero esta vez no tuve que mentir.
Respiré profundamente antes de responder.
—Ahora sí.
Él asintió.
—Entonces vámonos.
Lo miré sorprendida.
—¿No quieres volver?
—No.
—¿Por qué?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Porque ya no hay nada ahí que valga la pena mirar.
Bajé la mirada para ocultar la sonrisa que apareció en mi rostro.
No sabía qué estaba ocurriendo entre nosotros. No sabía cuándo aquella amistad había comenzado a sentirse diferente ni hacia dónde podía llevarnos. Tampoco estaba preparada para ponerle un nombre. Pero mientras caminábamos juntos hacia la salida, sentí algo que no había experimentado desde mi divorcio: una tranquilidad profunda, casi desconocida, como si por primera vez estuviera entendiendo que avanzar no significaba borrar mi pasado, sino dejar de permitir que este decidiera hacia dónde debía mirar.
Y, mientras Eiden caminaba a mi lado, comprendí algo que unas semanas atrás me habría parecido imposible, pero no estaba pensando en Lucan.
Estaba pensando en Eiden.
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