Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 8:La primera misión de Lucía.
Desde que Lucía había llegado a la casa de los Rojas, algo extraño estaba ocurriendo.
No era que la casa estuviera más ordenada.
Eso era imposible.
No era que Pelé hubiera dejado de hacer travesuras.
Eso era todavía más imposible.
Tampoco era que los animales hubieran aprendido a comportarse.
Porque Max seguía robando comida, Copito seguía durmiendo donde quería, Misha seguía mirando a todos como si fueran sus empleados y las gallinas seguían entrando en lugares donde nadie las había invitado.
El cambio era otro.
Era Emma.
La niña seguía siendo Emma.
Seguía teniendo su carácter fuerte.
Seguía respondiendo con ironía cuando alguien intentaba decirle qué hacer.
Seguía defendiendo a Pelé incluso cuando era evidente que el gallo había causado algún problema.
Pero había algo diferente.
Ahora hablaba más.
Ya no pasaba tardes enteras encerrada en su habitación.
A veces dejaba escapar una sonrisa sin darse cuenta.
Y algunas noches, antes de dormir, ya no solo pensaba en lo que había perdido.
También pensaba en las personas que todavía estaban con ella.
Tomás lo notaba.
Y Lucía también.
Pero ninguno de los dos quería apresurarla.
Porque ambos entendían algo importante:
Un corazón roto no se arregla obligándolo a abrirse.
Se arregla demostrando que ya no tiene que protegerse todo el tiempo.
Una mañana, Lucía llegó temprano.
Encontró a Emma sentada en el jardín junto a Pelé.
La niña tenía un cuaderno en las manos.
No estaba escribiendo.
Solo miraba las páginas vacías.
—¿Puedo sentarme?
Emma levantó la mirada.
Antes, probablemente habría respondido que no.
Pero ahora solo movió un poco el espacio.
Lucía se sentó a su lado.
Durante varios minutos ninguna dijo nada.
Y para Emma eso era extraño.
La mayoría de los adultos odiaban el silencio.
Siempre intentaban llenarlo con preguntas.
"¿Qué pasa?"
"¿Por qué estás triste?"
"¿Ya superaste lo de tu mamá?"
Como si el dolor tuviera fecha de vencimiento.
Pero Lucía no preguntaba.
Solo estaba ahí.
—Es un cuaderno bonito —dijo finalmente.
Emma miró la portada.
—Era de mamá.
Lucía sonrió suavemente.
—Entonces debe ser importante.
Emma pasó la mano por la tapa.
—Ella escribía muchas cosas.
—¿Como qué?
La niña dudó.
—Recetas.
Una pequeña sonrisa apareció.
—Historias.
Otra pausa.
—Cosas sobre mí.
Lucía miró el cuaderno.
—¿Nunca escribiste tú?
Emma negó.
—No soy como ella.
Lucía la observó.
—No tienes que ser como ella.
Emma bajó la mirada.
—Pero ella era buena para todo.
—¿Y tú crees que eso significa que tú no puedes ser buena en nada?
La niña no respondió.
Porque esa era una pregunta difícil.
Ese día Lucía decidió hacer algo.
No una gran actividad.
No una terapia.
No algo que hiciera sentir a Emma como si fuera diferente.
Solo algo sencillo.
—Hoy vamos a tener una misión.
Emma levantó una ceja.
—¿Una misión?
—Sí.
—¿Qué misión?
Lucía miró a los animales.
—Necesitamos descubrir algo.
—¿Qué?
—Qué tan grande es el caos de esta casa.
Emma sonrió.
—Ya sabemos eso.
—No.
Lucía sacó una libreta.
—Necesitamos una investigación oficial.
Emma comenzó a reír.
—¿Una investigación?
—Exacto.
—¿Y quién será el investigador principal?
Lucía miró a Pelé.
El gallo estaba caminando cerca.
—Él.
Emma abrió los ojos.
—No.
—Sí.
—Pelé no investiga.
Lucía miró al gallo.
—Creo que él piensa diferente.
Pelé soltó un sonido.
—Quiquiriquí.
Emma sonrió.
—Está aceptando.
La misión comenzó.
La primera prueba era descubrir cuántos lugares extraños podían encontrar ocupados por los animales.
En menos de veinte minutos tenían una lista.
Lugar número uno:
La cama de Tomás.
Responsable:
Copito.
El gato estaba completamente dormido sobre la almohada.
Lugar número dos:
La cesta de ropa limpia.
Responsables:
Misha y Luna.
Lugar número tres:
El garaje.
Responsables:
Las gallinas.
Tomás llegó justo cuando estaban haciendo la investigación.
Se quedó mirando.
—¿Por qué hay gallinas junto a mis herramientas?
Emma respondió:
—Están ayudando.
Tomás miró a las gallinas.
—No creo que sepan reparar motores.
Emma pensó unos segundos.
—Todavía.
Tomás negó con la cabeza.
Pero sonrió.
La investigación continuó hasta llegar al lugar más importante.
El antiguo cuarto de Mariana.
Ese lugar siempre había sido diferente.
Desde su muerte, Tomás había dejado algunas cosas igual.
No porque no quisiera avanzar.
Sino porque sentía que cambiarlo todo era como borrar una parte de ella.
Emma entró lentamente.
Lucía se quedó en la puerta.
No quiso invadir.
La niña observó alrededor.
La habitación seguía teniendo algunos detalles de su madre.
Un libro sobre la mesa.
Una bufanda.
Un pequeño marco con una fotografía.
Emma se acercó.
—Papá nunca mueve nada.
Lucía respondió:
—Quizás porque sabe que significa mucho para ti.
Emma tocó la fotografía.
—A veces siento que si cambio algo, ella desaparece más.
Lucía sintió un nudo en la garganta.
Porque entendía esa sensación.
—Emma.
La niña la miró.
—Las personas que amamos no viven en las cosas.
—¿Entonces dónde?
Lucía sonrió.
—En nosotros.
Emma guardó silencio.
—Tu mamá está en la forma en que amas a los animales.
La niña miró a Pelé.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien te enseñó a cuidar.
Emma pensó.
—Ella decía que todos merecían una oportunidad.
Lucía sonrió.
—Entonces cada vez que cuidas a alguien, una parte de ella sigue contigo.
Esa tarde ocurrió algo inesperado.
Mientras ordenaban algunas cosas del jardín, Emma encontró una pequeña caja escondida detrás de unas macetas.
—¿Qué es esto?
Lucía se acercó.
La caja estaba vieja.
Tenía una pequeña nota encima.
La letra era conocida.
La letra de Mariana.
Emma se quedó completamente quieta.
—Es de mamá.
Sus manos comenzaron a temblar.
Lucía no dijo nada.
Solo permaneció a su lado.
Emma abrió la caja.
Dentro había varias cosas:
Un collar.
Un dibujo antiguo.
Una carta.
Y una fotografía.
Era una foto de Emma cuando era pequeña.
Estaba en brazos de Mariana.
Ambas estaban riendo.
Emma sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Pero no lloró.
Todavía no.
Tomó la carta.
Reconoció inmediatamente la letra.
"Para mi pequeña Emma".
La niña respiró profundamente.
—¿Puedo leerla?
Lucía asintió.
La carta decía:
"Mi pequeña Emma.
Si algún día lees esto, probablemente estés creciendo más rápido de lo que imagino.
Quiero que recuerdes algo importante.
La vida no siempre será fácil.
Habrá momentos donde sentirás tristeza.
Habrá días donde extrañarás a las personas que amas.
Pero nunca pienses que amar a alguien significa dejar de vivir.
Yo quiero verte reír.
Quiero verte aprender.
Quiero verte equivocarte y volver a intentarlo.
No tengas miedo de querer nuevas personas.
El corazón no tiene una sola habitación.
Tiene muchas.
Y siempre habrá espacio para más amor.
Te amo.
Mamá."
Emma terminó de leer.
Y por primera vez en mucho tiempo lloró delante de alguien.
No fue un llanto de enojo.
No fue un llanto de miedo.
Fue un llanto que llevaba guardado demasiado tiempo.
Lucía la abrazó.
Y Emma no se apartó.
Eso era importante.
Porque para Emma los abrazos se habían vuelto difíciles.
Un abrazo significaba confiar.
Y confiar significaba arriesgarse.
Pero ese día permitió que alguien la acompañara.
Mientras tanto, afuera ocurrió algo inesperado.
Tomás llegó del trabajo.
Entró al jardín.
Y encontró a Pelé en una situación extraña.
El gallo estaba corriendo alrededor de la casa.
Ladridos.
Gritos.
Mucho movimiento.
—¿Qué sucede?
Max estaba mirando hacia una zona del patio.
Tomás se acercó.
Y vio algo preocupante.
Una pequeña parte de la cerca se había roto.
Y Luna había salido.
La perrita estaba del otro lado, cerca de la calle.
—¡Luna!
Tomás salió corriendo.
Pero antes de llegar, ocurrió algo.
Pelé comenzó a correr.
El gallo salió por la abertura.
Fue detrás de Luna.
Todos quedaron sorprendidos.
Porque Pelé normalmente perseguía a los animales.
No los ayudaba.
Pero esta vez era diferente.
El gallo llegó hasta Luna y comenzó a caminar alrededor de ella.
Como si intentara detenerla.
Luna se quedó quieta.
Después regresó siguiendo a Pelé.
Tomás no podía creerlo.
Cuando Emma volvió al jardín, vio la escena.
—¿Pelé salvó a Luna?
Tomás asintió.
—Creo que sí.
Emma miró al gallo.
Pelé levantó la cabeza orgulloso.
—Siempre supe que era un héroe.
Tomás sonrió.
—Yo pensé que era un problema.
Emma abrazó al gallo.
—Puede ser ambas cosas.
Y por extraño que pareciera...
Tenía razón.
Esa noche cenaron juntos.
Algo sencillo.
Pero especial.
Tomás.
Emma.
Lucía.
Y todos los animales alrededor.
Incluso Pelé estaba cerca.
Como siempre.
Tomás observó la escena.
Y pensó en Mariana.
Por primera vez en mucho tiempo no sintió solamente tristeza.
Sintió gratitud.
Porque aunque ella ya no estaba físicamente, había dejado algo enorme.
Una familia.
Una hija llena de amor.
Y la capacidad de seguir adelante.
Antes de dormir, Emma abrió nuevamente su cuaderno.
El que había pertenecido a su madre.
Pero esta vez escribió algo.
Una sola frase.
"Hoy descubrí que recordar a mamá no significa quedarme triste para siempre."
Cerró el cuaderno.
Miró a Pelé.
—Creo que Lucía puede quedarse.
El gallo respondió:
—Quiquiriquí.
Emma sonrió.
—Sí.
—Creo que también lo sabes.
Pero mientras todos comenzaban a acostumbrarse a esa nueva etapa, nadie imaginaba que pronto llegaría un nuevo desafío.
Porque la casa de los Rojas estaba a punto de recibir una visita inesperada.
Una visita que cambiaría muchas cosas.
Y que pondría a prueba nuevamente a Emma.
Porque algunas personas llegan para quedarse.
Pero antes deben superar la prueba más difícil:
Ganarse un lugar en un corazón que todavía tiene miedo