Laura ya nos entregó su alma y el eco de sus suspiros, pero Él seguía siendo un enigma. Envuelto en un silencio peligroso, Adrián guardaba deseos y secretos que nadie logró desvendar... hasta hoy.
Ha llegado el momento de cruzar la línea. En esta entrega, nos sumergiremos en sus abismos más profundos para entender la intensidad de sus impulsos y la verdad tras su frialdad. Tres años después, la piel no ha olvidado y el destino los obliga a colisionar de nuevo.
¿Fue lo suyo una pasión inquebrantable o solo un placer oscuro que se consumió hasta hacerse cenizas? El fuego está a punto de reavivarse.
Déjate seducir por su verdad. Las invito a leerla de inmediato.
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Capítulo 10: Invitación al Pecado.
Semanas después...
El aire en la sala de juntas era tan denso que se podía cortar con un bisturí. Cuando la puerta se cerró tras de nosotros, el silencio no fue un alivio, sino el rugido sordo de una tormenta que llevaba meses gestándose en mis ingles.
Ahí estaba ella...
Laura había dejado de ser la mártir temblorosa de los días anteriores para convertirse en algo mucho más peligroso: una mujer que cree que ha aprendido a jugar con fuego sin quemarse.
Llevaba ese traje gris ceniza, una armadura de seda y lana que pretendía ocultar el desastre que yo sabía que era por dentro. Pero sus labios... ese rojo casi negro era un desafío directo, una diana que gritaba mi nombre.
Me acerqué a ella con la parsimonia de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo para desollar a su presa. Podía olerla desde aquí: el aroma a jazmín de su cuello mezclado con el olor metálico de la adrenalina.
Estaba excitada...
Por mucho que intentara mantener esa barbilla alta y esa mirada de acero, su cuerpo era un delator que no sabía mentir. El latido de su carótida era un martilleo frenético, un código morse que me decía exactamente lo que quería.
—¿Instinto? —repetí, dejando que mi voz bajara hasta ese registro que sé que le eriza el vello de la nuca—. Lo que vi esta mañana no fue supervivencia, Laura. Fue una invitación al pecado.
Me pegué a ella...
No necesitaba tocarla para sentir el calor que emanaba de su piel. Era como estar frente a un horno abierto. Ella no se movió. Ni un paso atrás. Me sostuvo la mirada con una valentía que me puso el sexo tan duro que la tela del pantalón empezó a jurar contra mi piel.
Quería romperla...
Quería arrancarle esa máscara de suficiencia a dentelladas y recordarle que, en este edificio y en cualquier rincón de este mundo, ella es mía por derecho de conquista.
Extendí la mano y rozé el borde de su blusa. La seda era fría, pero su piel debajo era puro fuego. Sentí su estremecimiento, una descarga eléctrica que me recorrió el brazo y se instaló directamente en mis testículos.
—Crees que has ganado autonomía —susurré, inclinándome hasta que mis labios rozaron el lóbulo de su oreja. Pude oír cómo su respiración se entrecortaba, convirtiéndose en un jadeo que intentaba reprimir—. Pero sigues siendo la misma gatita que anoche se deshizo de su vestido porque yo se lo ordené.
—Mi cuerpo tiene un precio, Adrián —me devolvió el susurro, y por un momento, la vi. Vi a la verdadera Laura. La que me desea con la misma intensidad desquiciada con la que yo deseo enterrarme en ella hasta que no sepa dónde termino yo y dónde empieza su oscuridad—. Quiero ver cómo pierdes el control. Quiero que quedes sepultado bajo los escombros.
Esa frase fue el detonante...
Mi mano saltó a su barbilla, apretando con la fuerza justa para que supiera que no estaba jugando. La obligué a mirar el hambre cruda que me quemaba las entrañas. En ese momento, no quería contratos, ni empresas, ni venganzas. Quería tirarla sobre esa mesa de madera noble, abrirle las piernas hasta que sus articulaciones protestaran y demostrarle lo que significa perder el control con un hombre como yo.
Imaginé el escenario con una claridad pornográfica: sus muslos blancos contrastando con la madera oscura, su falda gris subida hasta la cintura, mis dedos desgarrando sus medias de encaje para encontrar ese rincón húmedo y prohibido que me pertenecía.
Quería oírla gritar mi nombre en este santuario de negocios, que sus gemidos se filtraran por las paredes para que todo Nueva York supiera que la mujer de acero no era más que una perra hambrienta bajo mi mando.
Pero entonces, el pomo de la puerta giró.
La interrupción de Claudia fue como un balde de agua helada sobre una herida abierta. Laura se apartó de un salto, recuperando su compostura, pero yo no podía. Tenía el pulso en las sienes y la erección doliéndome en la base. Despaché a Claudia con la frialdad de un verdugo, pero mi mente seguía en el cuerpo de Laura.
Cuando nos quedamos solos otra vez, la vi respirar hondo, creyéndose a salvo. Pobre ilusa.
—Mañana salimos de viaje —solté. Mi voz era un gruñido, cargado de una promesa que sabía que la dejaría sin dormir—. Dos días. Una sola suite.
La vi palidecer y, un segundo después, vi cómo sus pupilas se dilataban por el puro terror del deseo.
—Prepárate, Laura —sentencié, regalándole una sonrisa que era una declaración de guerra—. Vamos a ver si ese acero del que presumes aguanta la presión del vacío.
Salí de la sala sin mirar atrás, porque si me quedaba un segundo más, la habría tomado allí mismo, frente a la puerta, sin importarme quién estuviera mirando.
Caminé hacia mi despacho con los puños cerrados, sintiendo cómo el deseo me dictaba órdenes que mi cerebro apenas podía procesar. Mañana no habría despachos, ni secretarias, ni interrupciones.
Mañana, en esa suite frente al mar, iba a cobrarme cada segundo de su insolencia. Iba a saborear ese odio que ella llama deseo hasta que no le quedara ni un gramo de voluntad.
La imaginé en el avión, sintiendo el roce de mis ojos sobre ella. Imaginé la llegada al hotel, el sonido de la llave magnética abriendo la puerta y el momento en que, por fin, la ropa dejara de ser una barrera.
Iba a usar mi boca para marcar cada centímetro de su piel, desde la punta de sus dedos hasta ese lugar donde su humedad me reclama a gritos. Iba a ser sucio. Iba a ser brutal. Iba a ser la destrucción que ella tanto pedía.
Ella cree que ha abierto el cerrojo de la jaula. No entiende que lo único que ha hecho es entrar en la mía por su propio pie. Mañana, Laura descubrirá que cuando el tigre pierde el control, no queda nada más que el hambre. Y yo estoy famélico.
Me senté en mi silla, cerré los ojos y apreté la mandíbula. Todavía podía olerla en el aire de la oficina. Mañana, ese olor estaría pegado a mis sábanas, a mi piel y a mi alma. Mañana, por fin, iba a enterrar a la mártir para bautizar a la mujer que nació para ser mi ruina y mi trono.
Que Dios la ayude, porque yo no pienso tener piedad.
💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
ahora debe ver como salir de ahí ileso y sin que le quiten a su hijo