Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 7: LO QUE REALMENTE HICIERON CON ELLOS
Al día siguiente encontramos una entrada oculta bajo unas losas levantadas del suelo: un laboratorio pequeño que había quedado casi intacto, con los equipos todavía conectados a generadores de emergencia y pantallas que aún encendían con luces tenues. Allí estaba la verdad desnuda, cruda y horrible, que solo habíamos adivinado hasta entonces.
Entramos muy despacio, con cuidado de no tocar nada sin necesidad. Había frascos, tubos de ensayo, informes apilados por todas partes, cintas de vídeo y archivos digitales. Bruno encendió el servidor principal con ayuda de unas teclas y todo cobró vida de golpe: gráficos, secuencias de ADN, anotaciones diarias de los científicos.
—Dios mío… —susurró él, leyendo líneas de código que solo él entendía del todo—. No solo clonaron y revivieron. **ACELERARON LA EVOLUCIÓN MILLONES DE AÑOS EN SOLO MESES**.
Fuimos leyendo y viendo juntos, y el horror fue creciendo minuto a minuto. Tomaron material genético fósil, lo repararon y completaron con ADN de aves, reptiles modernos, anfibios, peces… y **FRAGMENTOS DE GENOMA HUMANO**. Lo hicieron a propósito, para ampliar la corteza cerebral, la memoria a largo plazo, la capacidad de resolver problemas, de sentir emociones complejas, de aprender y de recordar durante años.
—Por eso piensan —dije yo con la voz seca y fría—. Por eso observan, por eso planean, por eso odian y sufren. No son solo animales grandes. **SON CONSCIENTES. SABEN QUIÉNES SON, SABEN LO QUE LES HICIMOS, RECUERDAN CADA DOLOR, CADA INYECCIÓN, CADA PRUEBA**. Al igual que en las historias de monstruos, el verdadero horror no es la bestia: es el ser humano que la creó y la torturó hasta volverla lo que es.
En las pantallas vimos grabaciones: crías pequeñas, dóciles, curiosas, siendo separadas de sus madres al nacer, encerradas en celdas de hormigón blanco sin luz natural. Vimos pruebas de resistencia al dolor, al frío, al calor, al hambre. Vimos cómo a medida que crecían, sus miradas pasaban de la inocencia al miedo, luego a la rabia contenida y por fin al odio profundo y callado. Eran, en el fondo, **NIÑOS GIGANTES A LOS QUE CONVIRTIERON EN ARMAS Y EN PRESOS DE POR VIDA**.
Aquí el grupo se partió por la mitad de forma definitiva y dolorosa.
Leo y Mia estaban profundamente conmovidos. Decían que entendían por qué actuaban así, que en el fondo eran víctimas mucho más grandes que nosotros, que Silas tuvo razón en querer darles libertad, que no eran malas por naturaleza, solo heridas y asustadas.
Álex, Marcos y Javier estaban en el extremo totalmente opuesto. Gritaban que eran monstruos, asesinos peligrosos, armas que debieron destruir desde el primer día, que da igual lo que sintieran: si nos ven, nos matan sin dudar, y por lo tanto había que eliminarlos a todos sin piedad. Ramón se quedó en medio, callado, triste, sin poder estar de acuerdo del todo con ninguno.
—¡¿ESTÁIS LOCOS O QUÉ?! —les gritó Álex a Leo y a Mia, desesperado—. ¡Esa cosa de quince metros te parte en dos de un bocado y vosotros aquí diciendo que pobrecitos, que son víctimas! ¡Son armas biológicas, punto! ¡Nada más!
—¡SON SERES VIVOS QUE SIENTEN DOLOR Y RABIA POR CULPA NUESTRA! —le contestó Leo a los gritos, plantándose frente a frente—. ¡Si te encerraran toda la vida para hacerte daño, tú también querrías matar a todo lo que se acerque! ¡No son malos, nos odian POR LO QUE LES HICIMOS!
—¡Me da igual el motivo! ¡Quieren matarnos y punto! ¡Y tú te pones de su parte como si fueran tu familia!
—¡NO ESTOY DE SU PARTE, SOY CONSCIENTE DE LA VERDAD, QUE ES ALGO QUE TÚ TE NIEGAS A VER POR PURO MIEDO!
Se empujaron de nuevo, casi se golpean otra vez. Esta vez nadie quiso separarlos del todo, porque todos sabían que cada uno tenía parte de razón y parte de error. Me quedé mirando las pantallas, viendo cómo un ejemplar joven golpeaba una y otra vez los barrotes de su celda con la frente, sangrando, mirando a la cámara con una tristeza infinita.
—Ambos tenéis razón —dije en voz alta, y se callaron al instante—. Son conscientes, sufren, recuerdan y son víctimas de la peor clase. Y al mismo tiempo, ahora que están libres y heridos, **SON TAMBIÉN UN PELIGRO MORTAL DEL QUE TENEMOS QUE DEFENDERNOS A TODA COSTE**. Las dos cosas son ciertas a la vez. No hay blanco ni negro aquí. Solo hay dolor por todos lados.
Salimos de aquel laboratorio con el alma mucho más pesada que al entrar. Ya no podíamos mirar a esas criaturas igual que antes. Ahora, cada rugido, cada mirada, cada movimiento, ya no era solo terror: ahora también oíamos el llanto callado de algo que nunca pidió nacer de esa forma.
Esa noche, el T‑Rex Alfa rugió fuerte y largo desde las colinas. No fue un grito de caza ni de guerra. Fue un lamento profundo, que recorrió toda la isla de punta a punta. Y por primera vez, ninguno de nosotros sintió solo miedo. También sentimos, muy dentro, una pena inmensa.
saludos.