Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 13.
El timbre del penthouse sonó a las once de la mañana con tres golpes secos, metálicos y burocráticos.
Ethan, que estaba en su oficina revisando los últimos informes de seguridad de Marcus sobre el clan Novak, se tensó de inmediato. Al mismo tiempo, en la sala de estar, un llanto agudo, estridente y de frecuencia ultrasónica rasgó el aire. Mia llevaba dos horas de un humor de perros porque sus primeros dientes comenzaban a empujar las encías, y nada, absolutamente nada —ni los juguetes caros, ni los paseos en cochecito rosa, ni las canciones de cuna de Julia—, lograba calmarla.
Al abrir la puerta del ascensor privado, Ethan se encontró de frente con el mismísimo terror del sistema judicial: el señor Silvester Clog, el asistente social asignado por el juzgado de familia. Clog era un hombre gris, de mediana edad, con un traje que parecía comprado en una liquidación de los años ochenta, unas gafas redondas que se deslizaban por su nariz y una libreta de notas sujeta a una tabla con un clip metálico. No sonreía. Su rostro tenía la expresión de alguien que desayunaba formularios de impuestos.
—Señor Vance —dijo Clog, con una voz tan plana como una línea de fax—. Inspección sorpresa de bienestar infantil de emergencia. El juzgado requiere evaluar si este entorno es apto para el desarrollo integral de la menor, o si debemos proceder con el traslado inmediato a un centro de acogida estatal.
El llanto de Mia llegó desde el fondo del pasillo como una sirena de ambulancia en hora pico. El señor Clog alzó una ceja y anotó algo en su libreta de inmediato con un bolígrafo de tinta negra.
—Veo que el ambiente auditivo es... hostil —sentenció el inspector.
—¡Para nada, señor Clog! —improvisó Ethan, forzando una sonrisa de comercial de pasta de dientes y abriendo la puerta de par en par—. Es... estimulación pulmonar temprana. Un método europeo de vanguardia que estamos implementando. Pase, por favor.
Al entrar a la sala, el panorama era digno de un campo de batalla. Julia estaba de pie junto al sofá, meciendo a Mia con un brazo mientras intentaba enfriar un biberón con el otro. Tenía una mancha de papilla de manzana en el hombro y el cabello ligeramente revuelto. Al ver al inspector, abrió los ojos en pánico, pero reaccionó con la velocidad de un soldado veterano.
—¡Amor! —exclamó Julia, mirando a Ethan con una sonrisa falsamente dulce que destilaba un sarcasmo puro—. Qué bueno que llegas con el inspector. Justo le decía a nuestra preciosa Mia que su papá ejemplar ya venía a ayudar con nuestra perfecta rutina diaria.
Ethan sintió un escalofrío al escuchar el "amor", pero le siguió el juego de inmediato, acercándose y pasando un brazo por la cintura de Julia con una rigidez que casi le fractura una costilla.
—Por supuesto, cariño —respondió Ethan, dándole un beso ridículamente falso en la mejilla que olió a champú de manzanilla—. Señor Clog, ella es Julia. Mi... mi compañera de vida, mi mano derecha y la co-directora de este hermoso proyecto familiar. Como ve, somos una pareja coordinada y ejemplar. Un equipo perfecto.
El señor Clog caminó por la sala, arrastrando los zapatos, y pasó el dedo por la isla de mármol de la cocina, buscando polvo. Luego miró a Ethan con fijeza.
—Tengo entendido, señor Vance, que usted es un hombre de negocios que trabaja catorce horas al día. Explíqueme cómo un tiburón financiero se encarga de las tareas domésticas más básicas. El tribunal no aprueba tutores ausentes.
Ethan se infló el pecho, acomodándose las mangas de su camisa. El miedo a que le quitaran a Mia sacó a relucir su capacidad para inventar la mentira corporativa más grande de su carrera.
—¿Ausente? Por favor, señor Clog. Yo soy un hombre de acción. De hecho, yo me encargo personalmente del mantenimiento operativo de la bebé. Por ejemplo... los pañales. He diseñado un sistema de optimización de tiempo. Puedo cambiar un pañal en exactamente cuarenta y tres segundos, usando técnicas de doblaje de origami industrial para asegurar cero filtraciones. Es pura ingeniería aerodinámica.
Julia soltó una tos falsa para ocultar una risotada, mirando al techo.
—Oh, sí, inspector —intervino Julia con una voz arrastrada y cargada de ironía—. Es maravilloso. El señor Vance es tan "aerodinámico" que ayer intentó ponerle un pañal talla seis usando cinta de embalar porque decía que el agarre de fábrica no cumplía con los estándares de seguridad de Wall Street. Todo un visionario de la puericultura.
El señor Clog entrecerró los ojos y anotó: *"Padre muestra tendencias obsesivo-compulsivas con el material de papelería"*.
—¿Y qué hay de la alimentación? —preguntó el inspector, avanzando hacia el refrigerador—. Una bebé de esta edad requiere una dieta estricta.
—¡Yo preparo las fórmulas! —aseguró Ethan, poniéndose frente al refrigerador como si defendiera una caja fuerte—. Calculo las onzas basándome en los gráficos de crecimiento calórico diario. Es más, yo mismo esterilizo los biberones usando un proceso térmico de vaporización que elimina el noventa y nueve por ciento de los patógenos. Yo controlo la cocina, señor Clog. Soy un chef de la nutrición infantil.
Julia se cruzó de brazos, meciendo a una Mia que por fin empezaba a calmarse gracias al ritmo constante de su cuerpo.
—Es verdad, inspector —añadió Julia, destilando veneno divertido—. Su técnica de "vaporización" es tan avanzada que el lunes quemó dos guantes de silicona para horno porque olvidó ponerle agua al esterilizador. Tuvimos que evacuar el penthouse por el humo, pero las bacterias, se lo aseguro, murieron de éxito. Un genio culinario.
Ethan le lanzó a Julia una mirada que prometía una auditoría severa a su sueldo, pero se mantuvo firme.
Mia, en ese momento, soltó un grito de dolor por la encía y comenzó a retorcerse. El caos amenazaba con tumbar toda la fachada. El señor Clog frunció el ceño, levantando el bolígrafo.
—La menor sigue mostrando signos de angustia severa. Si no pueden calmarla en este instante, tendré que redactar un informe negativo por incapacidad de contención emocional...
Julia, viendo que la situación se salía de las manos y que la mandíbula de Ethan se apretaba por la frustración, decidió salvarle el pellejo al CEO. Dio un paso al frente, se acercó a Ethan y, con una suavidad que lo tomó por sorpresa, le colocó a la bebé en los brazos.
—Vamos, papá —dijo Julia, esta vez con un tono suave y real, mirándolo a los ojos—. Haz lo que siempre haces cuando la niña está así. Deja los números un segundo.
Ethan se quedó congelado. Sintió el cuerpecito cálido y tembloroso de Mia contra su pecho. Olvidó al inspector, olvidó las mentiras sobre la aerodinámica y el origami. Simplemente recordó lo que Julia le había enseñado el día anterior. Apoyó la cabeza de la bebé en su hombro, colocó su mano grande en la espalda de la niña y comenzó a caminar en círculos por la sala, dando ese pequeño rebote rítmico que a Mia tanto le gustaba. Al mismo tiempo, con su voz profunda de barítono, comenzó a tararear una melodía baja, constante y monótona: el himno de su antigua universidad, la única canción que recordaba completa.
A los pocos segundos, el milagro ocurrió. Mia dejó de llorar. Soltó un hipido largo, restregó su nariz gorda contra el cuello del saco de Ethan y se quedó completamente en paz, succionando el aire con tranquilidad.
El señor Clog se quedó mirando la escena. El silencio en el penthouse era absoluto, roto solo por el tarareo bajo de Ethan y el sonido de la respiración de la bebé.
El inspector bajó la tabla de notas. Miró a Ethan, luego a Julia, quien observaba al CEO con una sonrisa sutil y una mirada que tenía un brillo diferente, un brillo de auténtico respeto.
—Bueno... —dijo Clog, guardando el bolígrafo en el bolsillo de su camisa—. Veo que, a pesar de las... extravagantes metáforas financieras del señor Vance y de los evidentes accidentes con la silicona, hay un vínculo de contención real. La menor se siente segura aquí. El equipo de dos personas funciona.
El inspector firmó una hoja con un sello de tinta roja y se la extendió a Ethan.
—Custodia temporal aprobada por el primer periodo de evaluación. Volveré en un mes, señor Vance. Intente no quemar más guantes de cocina para entonces.
Cuando el ascensor se llevó al señor Clog, Ethan soltó todo el aire que tenía retenido en los pulmones, sintiendo que las piernas le temblaban un poco. Miró a Mia, que ya dormía profundamente en sus brazos, y luego miró a Julia, que seguía apoyada en la barra con una sonrisa burlana.
—"Amor", ¿eh? —dijo Ethan, alzando una ceja pero con un tono de voz aliviado—. Creo que te pasaste un poco con los detalles del humo y la cinta de embalar, Julia. Casi me da un infarto corporativo.
—Alguien tenía que mantenerlo humilde, señor Vance —respondió Julia, acercándose para quitarle a la bebé con cuidado—. Además, si yo no le hubiera seguido el juego de la pareja perfecta, ese hombre se habría llevado a Mia en una bolsa de evidencias. Me debe una muy grande.
Ethan la vio caminar hacia los pasillos con la niña, sintiendo que el corazón le latía a un ritmo extraño. Habían salvado el primer obstáculo legal, pero mientras se tocaba la mejilla donde Julia lo había llamado "amor", se dio cuenta de que la mentira de ser el equipo perfecto se estaba empezando a sentir peligrosamente cómoda.