Dicen que la venganza sabe dulce al principio, pero que termina dejando un sabor amargo que ni el tiempo puede borrar.
Ella lo creyó culpable de su dolor y dedicó cada latido, cada suspiro, a destruirlo. Pero lo que no imaginó era que al herirlo, también desgarraba el corazón de un hombre que solo deseaba amarla incondicionalmente.
Él, marcado por las sombras de un error que nunca cometió, vio cómo el que creía el amor de su vida se le escapaba de las manos sin poder hacer nada, roto antes de poder florecer.
Pero entonces apareció ella, luminosa, inesperada, distinta. Ella que con su sola presencia lo sacaba de su zona de confort, irritandolo a cada momento. Sin embargo, con una sonrisa era capaz de desarmar a cualquiera provocando que su corazón temblara sin medida.
El destino ya había trazado un camino, pero la venganza lo torció… Ahora, se trazaba uno nuevo en el cual ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.
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¡Pervertido!
La noticia sobre lo sucedido había sido transmitida inmediatamente. Pero no todo era siempre bien informado; para todos Maximiliano había sido encontrado con su amante motivo por el cual su esposa había decidió marcharse y ahora estaba pagando su mal proceder.
Steffan no sabía qué hacer. Había visto muchas cosas en su vida, demasiadas quizás, pero nada que lo preparara para aquella sensación de impotencia que ahora lo consumía. Pero ahora no le importaba lo que los demás pensaban, porque desde que Maximiliano y Sofía habían sido ingresados a la clínica, solo le importaba que estuvieran bien.
Miró a Sofía a través del cristal de la habitación donde descansaba. Su rostro, pálido y frágil, no contrastaba con esa mujer de mirada desafiante que había conocido días atrás. Aquella que le gustaba desafiar a Maximiliano y sacarlo de quicio, porque en ese momento no era más que una joven sola, atrapada en una vida que no le pertenecía.
Steffan se recargó contra la pared, soltando un largo suspiro. Él más que nadie sabía lo que era no tener a nadie, saberse invisible, cargar con heridas que nadie se preocupaba por curar. Y ahora estaba seguro de que Sofía vivía lo mismo, solo que lo disfrazaba con arrogancia.
Había investigado por su cuenta sin que Maximiliano se lo pidiera, movido por una mezcla de curiosidad y preocupación. Pero lo que había descubierto lo dejó sin argumentos para juzgarla; su madre secuestrada, un padre que la utilizaba como una pieza de ajedrez, una vida moldeada por intereses y traiciones. Todo ahora cobraba sentido, porque su soberbia solo era una armadura.
— Steffan.
La voz suave, pero firme, de la madre de Maximiliano lo hizo volver a la realidad. Ella lo observaba detenidamente desde el pasillo, con ese aire sereno que solo las mujeres que han sufrido en silencio poseen.
— ¿Quién es ella? — Preguntó, con una mezcla de curiosidad y recelo.
Steffan se irguió, intentando mantener la compostura.
— Bueno… Ella es… — Tenía dudas sobre si decir la verdad o no, pero la mirada penetrante de Abigail no le daba tiempo para pensar con claridad. — Su nombre es Sofía Loreti… Ella estaba con Maximiliano cuando todo esto sucedió.
Hubo un silencio incómodo entre ambos. La madre de Maximiliano asintió lentamente, comprendiendo por qué él había dudado al hablar. Sabía que si su esposo se enteraba de aquello, no solo juzgaría a Sofía, sino que también condenaría a su hijo sin pensarlo dos veces, aunque probablemente ya se habrá enterado de todo por las noticias amarillistas que habían surgido.
— Cuéntame lo que sabes de ella. — Pidió al fin. — Y también… el porqué su familia no está aquí.
Steffan nuevamente dudó unos segundos, pero finalmente habló. Le contó todo lo que sabía; su pasado, su familia, el control que ejercía su padre sobre ella, y cómo su presencia estaba afectando a Maximiliano.
Mientras lo escuchaba, la mujer pasó de la molestia a la comprensión. Había dolor en sus ojos, pero también algo más; una curiosidad silenciosa por esa joven que, sin proponérselo, estaba transformando el mundo de su hijo. Cuando terminó de hablar, ella le colocó una mano sobre el brazo dejando ver una leve sonrisa.
— No la dejes sola, Steffan. Nadie merece enfrentar algo así sin tener a alguien de su lado.
Sus palabras fueron más que un consejo, fueron una orden revestida de ternura. Con el corazón apretado, Steffan salió del hospital. Tenía que hacerlo, debía buscar a la única persona que podría importarle lo que estaba sucediendo; y esa era Fernanda, la hermana de Sofía.
Condujo sin rumbo fijo, concentrado en sus pensamientos, hasta que una sombra apareció frente al auto. Frenó de golpe, el chirrido de las llantas retumbó en la calle.
— ¡¿Qué te pasa, idiota?! — Gritó la joven, golpeando el capó. — ¡Crees que por conducir un auto de lujo puedes pasarte las normas por encima!
Steffan se quedó mudo. No por culpa de casi atropellarla, sino por la sorpresa. La chica era hermosa, de mirada fiera y labios que parecían hechos para discutir. Una sonrisa leve se formó en sus labios.
— Creo que una mujer tan hermosa no debería tener ese vocabulario. — Respondió con una calma que la irritó aún más.
Ella lo miró, ruborizada, y dio un paso atrás.
— ¡Pervertido! — Gritó antes de girar sobre sus talones y marcharse, dejando a Steffan riendo suavemente.
No supo porque, pero esa pequeña escena le alivió la tensión. Sin embargo, recordó su misión y volvió a concentrarse. Al instante cayó en cuenta que la joven a la cual casi atropella era la misma persona que él estaba buscando, pero al mirar ya ella no estaba por ninguna parte. Por lo tanto siguió manejando hasta llegar a la dirección que había obtenido. El edificio era elegante, con una fachada moderna y fría, muy al estilo de Sofía, lo cual no le sorprendió.
Al bajarse del auto, se dirigió al guardia, mostrando su identificación.
— Vengo a buscar a la señorita Fernanda De la Fuente. Es un asunto urgente, su hermana ha tenido un accidente.
El hombre palideció al escuchar el nombre y de inmediato llamó al apartamento. Pero nadie contestaba, al instante vio como Fernanda bajaba apresuradamente. Pero cuando vio a Steffan, su expresión se endureció.
— Tú otra vez. Así que no te bastó con casi atropellarme, ahora me sigues. — Su voz era pura molestia.
— Disculpe mi imprudencia, señorita. — Dijo con una sonrisa controlada. — Le aseguro que no volverá a suceder… aunque no me molestaría llevarla, esta vez, pero dentro del auto.
Fernanda lo fulminó con la mirada, con la intención de continuar discutiendo con él, pero recordó lo de su hermana y decidió no seguir perdiendo el tiempo.
— Señor Braulio. — Dijo dirigiéndose al guardia. — Por favor, necesito ir rápidamente a donde está mi hermana.
— Señorita De la Fuente… — El hombre mayor suspiró dirigiendo su mirada hacía Steffan. — …creo que el joven aquí presente puede ayudarla, él precisamente ha venido por usted.
Fernanda giró la cabeza, mirándolo directamente por primera vez. Pero al comprender que se trataba de su hermana, su expresión cambió. Ya no había enojo, este ahora había sido reemplazado por una creciente ola de preocupación.
— ¿Qué le pasó a Sofía? — Preguntó con voz quebrada.
Steffan bajó la mirada un instante antes de responder, comprendiendo que realmente estaba preocupada por su hermana, y que este no era el momento para juegos.
— Fue drogada, junto con Maximiliano. En estos momentos están siendo atendidos en la clínica Santa Lucía.
— Por favor. Lléveme con mi hermana.
Sin más palabras, Steffan asintió subiendo al vehículo y, durante el trayecto, el silencio fue absoluto. Solo el motor llenaba el espacio, mientras los dos, desde su dolor y su desconcierto, sabían que esa noche marcaría un antes y un después en sus vidas.