Meghan Whitmore, hija del recién electo presidente de Estados Unidos y brillante abogada, siempre ha vivido entre poder y estrategia. Desde la muerte de su madre y su hermano, ella se convirtió en el mayor apoyo de su padre... y en su punto más vulnerable.
Cuando una amenaza logra infiltrarse en la Casa Blanca, su seguridad se refuerza con un nuevo jefe de protección: el capitán Ethan Cole, un militar frío y disciplinado que solo cree en el deber. Lo que comienza como una misión profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
Pero mientras las amenazas se vuelven más personales y secretos del pasado salen a la luz, Meghan y Ethan descubrirán que el mayor riesgo no está en los enemigos externos... sino en cuando los sentimientos comienzan a ganar terreno y todo el país los está observando.
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Capitulo 21
LÍMITES -
Después de su pequeña conversación con medio salón —incluido el senador encantador—, Meghan decide que ya tuvo suficiente interacción diplomática por una noche.
La veo despedirse con elegancia calculada y dirigirse hacia la gran escalera del ala norte.
La sigo a una distancia prudente.
—¿A dónde va? —pregunto cuando empieza a subir.
—A ver a mi padre —responde sin detenerse.
—Su padre está en reunión.
—Lo sé.
—Entonces deberíamos esperar a que la llamen.
—Qué aburrido eres cuando eres lógico.
Sube un escalón más.
—Meghan, si el presidente necesita verla, la llamará.
Ella se gira en medio de la escalera.
—Oh, claro. Seguro está en la oficina de la vicepresidenta, resolviendo el destino del mundo sin mí.
—Probablemente.
—Entonces deberíamos ir.
—No.
—¿No?
—No vamos a irrumpir en una reunión privada porque usted esté inquieta.
Baja un escalón.
Queda a mi misma altura.
Demasiado cerca.
—¿Inquieta yo?
—Sí.
—Tal vez solo quiero comprobar que no estás inventando excusas otra vez.
Sostengo su mirada.
—No invento excusas.
—¿Seguro? Porque hace un rato mi padre misteriosamente me necesitaba.
Toco el puente de mi nariz.
—Fue prudente.
—Fue extraño.
—No lo fue.
—Lo fue.
Da otro paso hacia mí.
Ahora estamos a menos de medio metro.
Puedo sentir el calor de su piel.
—Está jugando con fuego —digo en voz baja.
—No sabía que fueras inflamable.
El roce ocurre cuando intenta pasar a mi lado.
Su hombro se desliza deliberadamente contra mi pecho.
No fue accidente.
No fue descuido.
Fue prueba.
Me aparto.
Pero tardo.
Un segundo de más.
Lo suficiente para notar el perfume leve que lleva esta noche.
Lo suficiente para ver de cerca sus ojos.
Son más claros bajo la luz del pasillo.
Y peligrosamente expresivos.
—No haga eso —murmuro.
—¿Qué cosa?
—Acercarse tanto...
Inclina ligeramente la cabeza.
—No te estaba provocando.
—Lo estaba.
—¿Te incomoda?
La pregunta no tiene tono burlón esta vez.
Es directa.
La miro.
Estamos demasiado cerca para que esto siga siendo profesional.
Puedo contar la distancia entre nuestras respiraciones.
—No —respondo, aunque la palabra no suena firme.
Ella no retrocede.
—Entonces ¿por qué te apartaste?
—Porque es inapropiado.
—¿Para quién?
—Para ambos.
Silencio.
No hay incomodidad.
Solo tensión.
—¿Siempre vives midiendo cada centímetro? —pregunta más bajo.
—Sí.
—Debe ser agotador.
—Lo es.
Su mirada baja apenas a mis labios.
Vuelve a subir.
Mi pulso se acelera.
No debería.
—Hablemos de otra cosa —digo.
—Bien.
Pausa mínima.
—¿Te gusta tu trabajo?
La pregunta me toma desprevenido.
—Sí.
—¿Siempre?
—No siempre.
—¿Y por qué sigues?
La tengo tan cerca que puedo ver el brillo tenue en sus pupilas.
—Porque soy bueno en él.
—Eso no es una razón suficiente.
—Lo es cuando es lo único que sabes hacer.
Sus ojos se suavizan apenas.
—Ethan…
El sonido de su teléfono vibra en su mano.
Rompe el momento como un disparo.
Ella baja la mirada.
Pantalla iluminada.
Sonríe de inmediato.
—Es mi padre.
Se aleja un paso para contestar.
El aire entre nosotros cambia.
—Sí, papá… Sí, estoy arriba… Ya voy.
La sonrisa que le dedica a la voz al otro lado no tiene nada que ver conmigo.
Y eso debería tranquilizarme.
Termina la llamada y me mira.
—Tenías razón. Me necesita.
—Como dije.
Empieza a caminar por el pasillo hacia la oficina.
Yo me quedo un segundo atrás.
Observándola.
Pensando en lo que casi pasó.
En lo que no pasó.
En lo que no debe pasar.
Luego retomo mi paso y la sigo.
Un metro detrás.
Como siempre.
Pero esta vez…
demasiado consciente de que el límite entre protegerla y desear algo más se está volviendo peligrosamente delgado.