Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 20: Contraataque: el video.
Cassidy grabó el video a las dos de la tarde de un martes.
Sin avisarle a Sofía del Valle, sin consultarle a Castillo, sin pedirle permiso a nadie. Agarró el teléfono, lo apoyó contra una pila de carpetas en el escritorio del piso cuarenta, abrió la aplicación que Lucía le había enseñado para transmitir en vivo, y le dio al botón rojo.
Sin maquillaje. Sin guión. Sin filtros. El pelo recogido en una cola, la blusa negra de siempre, las ojeras de tres noches durmiendo mal y la cara de una mujer que está hasta la madre de todo.
—Soy Emilia Montero. La que sale en las noticias. La de las fotos falsas. La loca de los Montero, como me llaman desde ayer en internet.
La cámara le temblaba porque el teléfono estaba mal apoyado y las carpetas se resbalaban. Le dio igual.
—Soy gorda. Ya lo saben, se nota, no es ningún secreto. Soy rica, eso también lo saben. Y estoy harta. Harta de que cada semana alguien decida qué historia contar sobre mí. La semana pasada era la víctima que intentó suicidarse. Esta semana soy la loca que sale de bares y se consuela con el vecino. La que viene no sé qué inventarán. A lo mejor me ponen en una foto con extraterrestres.
Hizo una pausa. No calculada. Necesitaba aire.
—Las fotos que publicaron son falsas. Editadas. Fabricadas por alguien que me quiere destruir y que pagó quince mil dólares por hacerlo. Mis abogados ya están actuando. Pero no grabé este video para hablar de abogados ni de demandas. Lo grabé para decir una cosa.
Miró directo a la cámara. Directo al puntito de cristal que todavía le parecía brujería.
—Estoy harta de que me digan cómo debo ser. Cómo debo verme, cómo debo comportarme, con quién debo estar, cuánto debo pesar, cuánto espacio tengo derecho a ocupar. Estoy harta de pedir permiso para existir. Y si alguien tiene un problema con mi cuerpo, con mi vida o con mis decisiones, que se lo meta por donde le quepa. Porque esta gorda, esta loca, esta heredera que supuestamente se consuela con el vecino, es la dueña de un imperio y no piensa pedirle perdón a nadie por estar viva.
Apagó la transmisión.
Se quedó mirando el teléfono. Las manos le temblaban. No de miedo. De adrenalina pura.
Que ruede, pensó.
Rodó.
A las cuatro de la tarde el video tenía un millón de vistas. A las seis, tres millones. A las diez de la noche, cinco millones y el hashtag «#EstaGordaNoSeCalla» había aplastado al de «LaLocaDeLosMontero» como una locomotora pasándole por encima a un carrito de juguete.
Lucía le leía los mensajes desde el sofá de la oficina con los ojos brillantes.
—«Emilia Montero es la mujer que todas queríamos ser.» «Lloré viéndola.» «Si ella puede, yo puedo.» «Reina.» «Mi nueva heroína.» Señora, tres marcas de ropa plus-size quieren contactarla para colaboraciones. Una revista quiere ponerla en portada. Y Sofía del Valle dice que, cito textual, «eres la mejor clienta que he tenido en mi vida y también la más insoportable porque no me avisaste antes de grabar.»
Cassidy se rió. Poco. Seco. Pero se rió.
A las once de la noche, sola en la oficina porque Lucía se había ido y la ciudad brillaba al otro lado del cristal, le llegó un mensaje.
Daniel.
Una sola palabra.
«Magnífica.»
Cassidy miró el mensaje. Lo leyó tres veces. Pensó en bloquearlo, porque bloquear a Daniel ya era casi un reflejo, como rascarse una picadura.
No lo bloqueó.
Escribió:
«Ven a mi oficina.»
«¿Ahora?»
«Ahora.»
Daniel llegó en veinte minutos. Cassidy le abrió la puerta del piso cuarenta, que a esa hora estaba vacío, oscuro, con las luces de la ciudad entrando por las paredes de cristal como un millón de estrellas frías.
Él entró. La miró. Ella estaba parada junto al escritorio con los brazos cruzados y los ojos cansados y esa boca apretada que él ya sabía que significaba «estoy al límite pero no pienso admitirlo.»
—Vi el video —dijo Daniel.
—Todo el país lo vio.
—Me importa un carajo todo el país. Te vi a ti. Y lo que vi fue a una mujer peleando sola contra el mundo entero sin pedirle ayuda a nadie.
—No necesito ayuda.
—Lo sé. Pero me necesitas a mí.
—No te confundas.
—No me confundo.
Se miraron. La oficina vacía, la ciudad brillando al otro lado del cristal, el silencio de un piso cuarenta a medianoche. Cassidy llevaba días acumulando golpes: los titulares, los clientes perdidos, las fotos falsas, el informe de Valentina, las noches sin dormir, la rabia constante de vivir en guerra sin tregua.
Y Daniel estaba ahí. A dos metros. Con esos ojos de miel y esas manos y esa manera de mirarla que la hacía sentir que no tenía que ser fuerte todo el maldito tiempo.
Lo agarró de la camisa y lo jaló hacia ella.
El beso fue duro, hambriento, con sabor a café frío y a días de pelea. Daniel le puso las manos en la cintura y la levantó sobre el escritorio como si no pesara nada, y Cassidy le envolvió las piernas alrededor y por un momento el mundo dejó de ser una guerra y fue solo piel, calor, la respiración de él en su cuello y las manos de ella en su espalda clavándole las uñas como si quisiera asegurarse de que era real.
Fue rápido y lento al mismo tiempo. Rápido porque la urgencia no les dio para más. Lento porque a mitad de todo, Daniel le tomó la cara con las dos manos y la miró a los ojos y dejó de moverse, y Cassidy sintió algo que no era placer ni adrenalina ni desahogo. Era algo más quieto. Más hondo. Algo que le daba miedo nombrar.
Cuando terminaron, Cassidy se quedó sentada en el escritorio con la cabeza apoyada en el hombro de Daniel y los ojos cerrados. Él le acariciaba el pelo sin decir nada. La ciudad seguía brillando afuera como si nada hubiera pasado.
—No estás sola —dijo Daniel en voz baja—. Déjame luchar a tu lado.
Cassidy abrió los ojos. Se apartó. Lo miró.
—No es tu guerra.
—Lo es desde el momento en que me metí por tu ventana a medianoche con una sartén apuntándome a la cara. Lo era antes, pero desde esa noche lo supe.
—Daniel...
—No me pidas que me aleje. Puedes bloquearme, cerrarme la puerta, devolverme la sopa, tirarme las flores. Me da igual. Vuelvo cada vez. Y voy a seguir volviendo hasta que entiendas que no soy los demás.
Cassidy se bajó del escritorio. Se acomodó la ropa. Se alisó el pelo. Lo miró con esa cara que era mitad dureza y mitad algo que ella todavía no sabía cómo llamar.
—No eres los demás —dijo—. Eso ya lo sé. El problema es que los demás tampoco parecían los demás al principio.
Daniel asintió. No insistió. Era lo más inteligente que podía hacer y probablemente lo sabía.
—Vete a tu casa —dijo Cassidy—. Mañana tengo una guerra que ganar.
—¿Y yo?
—Tú tienes una semana para traerme la verdad sobre tu padre. No se te olvide.
—No se me olvida.
Se fue. Cassidy se quedó sola en la oficina del piso cuarenta, sentada en el escritorio donde acababan de hacer el amor —o lo que fuera eso, porque ella se negaba a llamarlo así—, mirando la ciudad que cinco millones de personas habían visto en su teléfono esa noche.
Agarró el teléfono. Releyó el mensaje de Daniel.
«Magnífica.»
Lo guardó. No lo borró.
Estoy jodida, pensó por segunda vez en una semana.
Y esta vez no se lo discutió.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖