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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

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Capítulo 05

El aire crepitaba con una tensión palpable mientras Seraphina y Kaelith se encontraban, sus figuras recortadas contra el caos furioso de la batalla. El rugido de las llamas, el estruendo del hielo al romperse y los gritos de los guerreros se desvanecieron en un zumbido distante para Seraphina; todo su mundo se había reducido al hombre frente a ella, al Príncipe de Embercliff. Sus ojos, ámbar como la lava fundida, la escrutaban con una intensidad desapasionada, un contraste cruel con el infierno que sus tropas desataban sobre su reino.

—Reina de Frostvale —repitió Kaelith, su voz grave, un trueno lejano que parecía vibrar en los huesos de Seraphina—. Nuestro encuentro es inevitable.

Seraphina apretó el pomo de Filo de Escarcha, sintiendo el frío reconfortante del metal. El miedo era un escalofrío en su espina dorsal, pero la furia lo superaba. La furia por su gente, por su hogar, por la arrogancia de este hombre que había osado traer el fuego a sus sagradas tierras de hielo.

—Y en este encuentro, Príncipe de Embercliff, encontraréis vuestra derrota —respondió Seraphina, su voz resonando con una autoridad helada, a pesar del temblor casi imperceptible en sus manos.

Sin más preámbulos, Kaelith atacó. Su espada, La Garra del Dragón, estalló en llamas, y no eran las llamas ordinarias. Emitía un calor tan intenso que el hielo bajo los pies de Seraphina crujió y se derritió a su alrededor, creando charcos de agua humeante. El golpe fue rápido y brutal, un torbellino de fuego que buscaba consumirla.

Seraphina reaccionó por puro instinto, levantando Filo de Escarcha para interceptar el ataque. El choque fue ensordecedor, una sinfonía de elementos en guerra. El frío glacial de su espada se encontró con el calor abrasador de la suya, y una explosión de vapor hirviendo estalló entre ellos, cegando a ambos por un instante. El aire se llenó con el silbido del hielo al luchar contra el fuego, una danza mortal de destrucción y resistencia.

Ella se movió con la agilidad de un leopardo de las nieves, esquivando otro golpe flameante que habría incinerado su armadura. Su propia magia de escarcha fluyó a través de Filo de Escarcha, y con un barrido rápido, lanzó una ráfaga de cristales de hielo afilados hacia Kaelith. El Príncipe apenas se inmutó; su armadura oscura pareció absorber los cristales, que se derritieron en burbujas de vapor sin causar daño. Era como luchar contra la propia montaña de Embercliff, un muro de resistencia inquebrantable.

Kaelith, por su parte, no atacaba con la rabia desenfrenada que Seraphina había esperado de un invasor. Sus movimientos eran precisos, calculados, cada golpe una manifestación de una fuerza elemental contenida. No era la furia de la batalla lo que lo guiaba, sino una fría y aterradora determinación. Ella vio un destello en sus ojos ámbar, no de crueldad, sino de una extraña... resignación. ¿O era eso solo el engaño del enemigo?

—Vuestro hielo es fuerte, Reina —dijo Kaelith, su voz inexpresiva, pero con un matiz que Seraphina no supo identificar, ¿respeto? ¿sorpresa?—. Pero el fuego consume todo lo que encuentra.

Seraphina bufó, la frustración burbujeaba dentro de ella. Este hombre era incomprensible.

—¡Y el hielo extingue las llamas! —contraatacó, lanzando un torrente de escarcha pura de sus manos. La magia impactó contra Kaelith, envolviéndolo en un instante en una prisión de hielo que se formó en el aire, sus pies aferrados al suelo.

Por un microsegundo, Seraphina creyó haberlo inmovilizado. Una punzada de triunfo la atravesó. Pero entonces, la prisión de hielo comenzó a resquebrajarse desde dentro. Un resplandor rojizo emanó del Príncipe, y con un rugido que hizo temblar el muro, el hielo explotó en mil fragmentos, enviando esquirlas de escarcha afilada en todas direcciones. Kaelith emergió ileso, sus ojos brillaban con una intensidad aún mayor, y su espada ardía con una llama más feroz que antes.

La fuerza del impacto la hizo retroceder, y estuvo a punto de perder el equilibrio en el borde del muro roto. El abismo helado se abrió bajo ella, y por un instante, el vértigo la atenazó. Pero Kaelith, en un movimiento que desafió toda lógica, se abalanzó, no para empujarla, sino para sujetarla por el brazo con una mano enguantada en obsidiana, evitándole la caída segura.

Sus ojos se encontraron, y en esa fracción de segundo de contacto forzado, algo cambió. Un pulso. Una sensación extraña, como si un eco de un recuerdo antiguo resonara entre ellos. No era una visión clara, sino una impresión: una imagen fugaz de un mundo que ardía, pero no solo por el fuego, sino por una oscuridad más profunda. Un frío antinatural que devoraba tanto la escarcha como las llamas.

—¿Qué...? —murmuró Seraphina, el aliento atrapado en su garganta, sus ojos fijos en los de Kaelith.

El Príncipe soltó su brazo tan rápido como lo había agarrado, su rostro volvió a su expresión estoica, como si el momento nunca hubiera ocurrido. Pero Seraphina había sentido algo. Algo en la forma en que sus ojos se habían posado en los de ella, una pregunta tácita, un reconocimiento de algo más allá de la batalla.

El combate se reanudó con una ferocidad renovada, pero ahora, para Seraphina, había una capa de confusión. La visión, o la sensación, la había inquietado. ¿Era un truco de magia? ¿O la profecía de Elara, la que hablaba de "dos corazones opuestos" y un "destino común", empezaba a manifestarse de la forma más extraña posible?

Mientras tanto, en el fragor de la batalla que se extendía por el Paso del Aliento del Dragón, las fuerzas de Embercliff habían logrado afianzarse. El Capitán Theron, con sus magos de hielo, luchaba desesperadamente por contener la brecha, pero el Muro del Glaciar que intentaban conjurar era demasiado lento frente a la furia volcánica. Los guardias de Frostvale caían, sus gritos de dolor se mezclaban con el silbido del vapor.

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