Isabella Rinaldi y Alessandro Salvatore
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Capitulo 12
Isabella.
Al abrir los ojos miro a mi alrededor y reconozco mi habitación. Escucho unas voces afuera que reconozco y, por lo que oigo, están discutiendo.
Mi madre es la primera en verme y viene hacia mí, seguida de Luisa y Mónica.
—Gracias a Dios estás bien —me dice mi madre con preocupación, dándome un beso en la frente.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Mónica.
—Me duele todo el cuerpo —respondo.
La pierna me duele mucho más que antes. Siento el pecho pesado y el lado de mis costillas también me duele.
Escucho la discusión afuera y frunzo el ceño.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Luisa rueda los ojos con fastidio antes de hablar.
—Antonio se enojó porque Sean se ocupó de algunos de tus asuntos —dice.
No entiendo por qué enojarse, si se supone que, si yo no estoy disponible, Sean debe hacerse cargo en mi ausencia.
—¿Qué hora es? —pregunto.
—Son las nueve de la mañana —responde Mónica.
Abro mucho los ojos, ya que recuerdo que la explosión fue a las diez.
—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?
—Un día.
—¡¿Un día?! —exclamo, sorprendida.
Entonces sí fue un golpe bastante fuerte.
La puerta se abre y entra Antonio con cara de pocos amigos. Luego entra Sean, quien al verme se ve aliviado.
—¿Cómo te sientes? —pregunta Sean.
—Bien… creo.
—Deberías hablar con él y darle a conocer su lugar —me interrumpe Antonio.
¿Es en serio? ¿Ni siquiera va a preguntarme si estoy bien?
Mi madre y las chicas lo miran como si estuvieran viendo a un niño grosero y caprichoso.
—¿Y qué debería decirle? —pregunto.
—Se tomó atribuciones que no debería tomarse —responde.
Aun así, no encuentro la razón de todo esto y se lo hago saber con un gesto.
—Los del consejo no me dejaron entrar a la reunión porque él les ordenó que no me permitieran el paso.
Miro a Sean, que me devuelve la mirada. Luego miro a Antonio, un poco… incrédula al saber que estaba más preocupado por la reunión con el consejo que por estar conmigo.
—¿Dónde estabas cuando pasó la explosión? —le pregunto a Antonio.
Este cambia su expresión de molestia a sorpresa. No se esperaba este cambio tan repentino de conversación, y creo que pasar tiempo con Alessandro ha hecho que se me peguen algunas cosas.
—Estaba aquí —responde.
—Entonces ¿por qué fue Sean quien fue por mí y no tú? Él estaba lejos y aun así llegó más rápido que tú. ¿Por qué?
Antonio me mira y tarda un momento en responder.
—No llegué a tiempo porque, durante el alboroto, tus hombres me interceptaban —responde.
Quisiera no poner en duda sus palabras porque tienen lógica. Mis hombres me protegerían de quien sea.
Pero hay algo que no me termina de convencer.
—Tus empleados no me respetan y eso me estaría limitando en muchas cosas —dice.
—Antonio, tú no estás casado con Isabella, tampoco tienes hijos con ella. Por ende, nadie que esté bajo las órdenes de mi hija te tomará en serio —le dice mi madre.
Ella mejor que nadie lo sabe. Cuando ellos estaban bajo las órdenes de mi padre, solo le importaba él, hasta que mi madre se casó con él. Entonces pasó a ser igual de prioridad y empezaron a hacerle caso.
Es algo ridículo, pero ha sido así por muchas generaciones.
Primero el líder… y luego los demás.
—¿Por qué querías ir a la reunión del consejo? —le pregunto.
—¿No es obvio? Estabas indispuesta —responde.
—Y cuando ella no pueda tengo que ir yo. O cuando ambos no podamos irá nuestro jefe de seguridad, y cuando él no pueda irá Amadea, que es su madre, o si no nuestra abuela. Tú no eres un Rinaldi, por ende nada de nuestro apellido te concierne —dice Sean, haciendo que Antonio me mire.
—Déjennos solos, por favor —pido.
Todos salen de la habitación menos Antonio, quien está enojado e irritado.
—¿Por qué desde que hemos vuelto me siento estúpido? —me pregunta, y yo lo miro confundida—. Quiero ayudarte, ser alguien con quien puedas compartir cualquier cosa, así como antes. Pero desde que tomaste el puesto de tu padre has cambiado. Ahora guardas secretos, no tienes tiempo y me haces sentir muy inferior.
Frunzo el ceño ante esas palabras.
¿Por qué se sentiría inferior por mi puesto?
—¿Por qué tanto empeño en querer estar presente en mis asuntos como líder de la mafia? —le pregunto.
—Porque quiero ayudarte… para que pasemos tiempo juntos.
—No siempre estoy ocupada, Antonio. Te doy tiempo. El que no saca tiempo eres tú. Y eso lo entiendo, porque también tienes responsabilidades. Pero aun así no me explico por qué quieres estar metido en mis asuntos.
—Soy tu pareja, ¿no? Eso es lo que hacemos… apoyarnos.
—Apoyarnos, no involucrándonos en los asuntos del otro.
—¿Acaso no confías en mí, Isabella? —pregunta.
—Confío en ti.
—Entonces ¿por qué siempre quieres mantenerme alejado de todo? Ni siquiera a ese tipo lo alejas.
Está hablando de Alessandro.
Y la verdad es que ya no entiendo por qué, de repente, ese hombre se ha metido tanto en mi vida.
—Yo no me meto en tus asuntos, Antonio. Por ende, no quiero que tú te metas en los míos. Sean lo ha dicho: no eres un Rinaldi, por lo tanto no tienes derecho a saber asuntos de nuestros negocios o de nada que tenga que ver con nuestro apellido. Y respecto a ese tipo, él es mi aliado y hay asuntos que tengo con él los cuales tampoco tienes derecho a saber.
Antonio me mira y no sé cómo interpretar su expresión.
—Quiero que lo entiendas para que no pasen cosas como estas. Hemos cambiado, no solo yo, tú también. Y creo que no hemos hablado de eso. Pero ahora no puedo ser sincera del todo, y lo sabes. Crecimos juntos, sabes cómo son las cosas aquí. Así que no entiendo tu actitud.
—Sí, lo sé. Discúlpame. Es solo que no estoy acostumbrado a esto. Me siento tan inferior en este lugar que me cuesta adaptarme —dice mientras se acerca a mí.
—Si dejaras de intentar que todos aquí hagan lo que quieres, sería muy diferente —le digo.
Él asiente.
Me da un beso en los labios que poco a poco se intensifica.
Sé que está acostumbrado a dar órdenes y a que lo respeten, igual que todos los que nacemos dentro de la red criminal. Pero muchos hemos sabido aceptar que no todos trabajan para nosotros, y eso es algo que él tiene que aprender.
—¿Interrumpo algo? —dice una voz que logro reconocer de inmediato.
Interrumpo el beso y miro por encima del hombro de Antonio, que también frunce el ceño.
Y ahí está.
Alessandro Salvatore.