Mi nombre es Daniela Stevens, pero para el mundo —y para mi familia— soy invisible. Siempre viví a la sombra de Erika, la hija perfecta que todos adoraban y que los hombres más poderosos codiciaban. Pero la perfección tiene un precio, y cuando llegó el momento de pagarlo, mi familia decidió que no sería Erika quien cayera. Así comenzó mi infierno: siendo el sacrificio para que el sol de mi hermana nunca dejara de brillar.
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Cicatrices
La mañana siguiente llegó con los rayos del sol entrando por las ventanas, al final pude descansar un poco aunque sabía que en algún momento debía pagar mi deuda.
Vi que estaba sola en aquella habitación, pues Arturo no se encontraba por ningún lado, decidí asearme un poco y luego salir y aclarar las cosas, cuando salí del baño envuelta solo en una toalla, ya que mi ropa no había sido aún sacada de la pequeña maleta que había llevado a ese absurdo viaje me encontré de frente con mi esposo.
Sus ojos me recorrieron el cuerpo, su mirada me puso nerviosa.
—¿Qué te paso ahí? —, pregunto acortando la distancia entre nosotros.
Mis ojos se posaron sobre la mancha morada verdosa sobre mi piel, en el mismo sitio donde Guillermo me había lastimado.
—Solo me golpeé, suelo ser algo torpe cuando camino —, mentí, no quería divulgar mi trágica vida.
—Ese no es un golpe de alguien torpe —sentenció Arturo, ignorando mi excusa.
Su voz había perdido el tono burlón de la noche anterior y ahora era cortante, casi profesional. Acortó la distancia entre nosotros antes de que yo pudiera reaccionar y, sin pedir permiso, tomó mi brazo con firmeza. Sus dedos, largos y cálidos, rodearon la zona lastimada con una delicadeza que me confundió.
—Como médico, he visto miles de estos —continuó, fijando sus ojos oscuros en los míos—. La presión de los dedos está marcada en la periferia del hematoma. Alguien te sujetó con fuerza, Daniela. Alguien que quería hacerte daño.
Sentí un nudo en la garganta. Me solté de su agarre con brusquedad, tratando de cubrirme más con la toalla, sintiéndome más desnuda por su mirada que por la falta de ropa.
—Ya te dije que fue un accidente —insistí, retrocediendo hasta chocar con la pared—. No todo el mundo es tan perfecto como tú, Arturo. A veces las personas se caen.
—O a veces las personas son empujadas —replicó él, cruzándose de brazos mientras me observaba con una intensidad analítica—. ¿Fue Alan? ¿Fue por eso que terminaste con él? Si mi primo se atrevió a levantarte la mano...
—¡No fue Alan! —exclamé, antes de poder detenerme.
El silencio volvió a reinar en la habitación. Arturo arqueó una ceja, detectando de inmediato mi desesperación por defender a la persona equivocada. Él no sabía que no estaba protegiendo a Alan, sino ocultando la monstruosidad de mi propio padre.
—Entonces, si no fue tu "enamorado", y no fue un accidente... ¿quién te hizo esto? —preguntó, dando un paso más hacia mí, atrapándome entre su cuerpo y la pared—. Me vendieron a una princesa malcriada, pero cada vez que te miro, veo a alguien que está huyendo de algo.
Su cercanía me mareaba. Podía oler su perfume, una mezcla de madera y cítricos que parecía envolverme. Por un segundo, estuve a punto de quebrarme, de contarle que mi vida era una farsa de la que él ahora formaba parte. Pero el miedo a que usara esa información en mi contra fue más fuerte.
—No estoy huyendo de nada —mentí, sosteniéndole la mirada—. Solo quiero que me dejes vestirme. Tenemos un contrato que cumplir, ¿no? Pues sal de aquí y déjame prepararme.
Arturo se quedó inmóvil, escaneando mi rostro como si fuera un mapa lleno de enigmas. Finalmente, soltó un suspiro irritado y se alejó.
—Vístete. Te espero abajo para desayunar. Y más vale que tengas buen apetito, porque no pienso tener otra noche como la de ayer por culpa de tu debilidad.
Salió de la habitación cerrando la puerta con fuerza. Me dejé resbalar por la pared hasta tocar el suelo, temblando. Arturo empezaba a ver las grietas en mi máscara, y no sabía cuánto tiempo más podría ocultar que mi "familia" era, en realidad, mi peor enemigo.
Me vestí rápidamente, con las manos aún temblorosas. No quería protagonizar otro enfrentamiento con él; me sentía agotada física y mentalmente, y lo único que deseaba era que el tiempo avanzara más rápido para que este suplicio terminara de una vez por varias.
Bajé las escaleras y encontré a Arturo en el comedor. No estaba desayunando; estaba de pie, mirando hacia el bosque con una expresión que rozaba la angustia. Al notar mi presencia, se giró, y su rostro mostró una sombra de preocupación que no supe interpretar.
—¿Pasa algo? —pregunté, la curiosidad venciendo por un momento a mi miedo.
—Sí, pasa todo —respondió él, recuperando su máscara de frialdad de golpe. Se acercó a la mesa y me miró con una determinación que me heló la sangre—. Necesitamos cerrar este contrato lo más pronto posible, Daniela. No tenemos un año. Tenemos que cumplir nuestra parte ahora mismo.
Su exigencia cayó sobre mí como una losa de cemento. El poco apetito que tenía desapareció al instante. Las manos me empezaron a sudar y un nudo asfixiante se formó en mi garganta, robándome la voz.
Él no estaba pidiendo, estaba ordenando. La tregua de la noche anterior había muerto. Arturo Villegas volvía a ser el hombre que había comprado mi vida, y la urgencia en su voz me hizo comprender que algo externo —algo que yo aún no sabía— lo estaba presionando para reclamar su deuda hoy mismo.
quienes son ellos para hacer tanti daño excelente historia nos llevaste ala imaginación de cada capítulo escritora muchas felicidades