TEMPORADA 2 DE LA NOVELA "LA VIDA CON HOMBRES BESTIAS ES MUY CANDENTE".
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CAPÍTULO 18
Entonces gritó con una emoción imposible de contener:
—¡Aelina Moonveil, me has dado el mejor regalo de cumpleaños que pude haber recibido!
Antes de que pudiera siquiera reaccionar, salió corriendo de la cocina conmigo en brazos.
—¡Aethon! ¿Qué estás haciendo? ¿A dónde vamos?—exclamé, completamente confundida.
Pero él no respondió.
Simplemente reía lleno de felicidad.
Detrás de nosotros, los niños salieron corriendo.
—¡Papi, espera!
—¡Mamá!
Sus pequeñas patitas resonaban por los pasillos mientras nos seguían.
Aethon avanzó por los largos corredores del castillo élfico, atravesando puertas y salones hasta salir finalmente al exterior.
La luz de la mañana bañó todo a nuestro alrededor.
El cielo estaba despejado y el sol iluminaba los jardines del castillo, haciendo brillar el rocío que descansaba sobre las flores y la hierba.
Frente a nosotros se extendía el sendero del bosque, rodeado por árboles gigantes cuyas hojas dejaban pasar rayos dorados de luz que caían como columnas entre las ramas.
El aire olía a tierra húmeda, flores silvestres y magia antigua.
Pero Aethon no se detuvo.
Continuó avanzando con decisión hasta llegar al lago sagrado del bosque.
A plena luz del día, el lago era aún más impresionante.
El agua cristalina reflejaba el cielo azul y las copas de los árboles.
Sobre su superficie flotaban lentamente enormes criaturas luminosas semejantes a medusas etéreas, sus cuerpos translúcidos brillando en tonos suaves de turquesa, rosa y violeta incluso bajo el sol.
De ellas caían delicados hilos de luz que tocaban el agua como si fueran gotas de magia.
—Aethon… —murmuré confundida— ¿qué está pasando?
Pero él solo me miró con esa sonrisa llena de emoción.
Entonces caminó directamente hacia el lago.
Sus pies tocaron la superficie del agua.
Como la última vez.
Las criaturas espirituales comenzaron a brillar con mayor intensidad, rodeándonos lentamente.
Detrás de nosotros, los niños llegaron corriendo hasta la orilla.
—¡Mamá!
—¡Papi!
Fenrael y Naevira se miraron entre ellos por un segundo… y sin dudarlo saltaron desde la orilla hacia nosotros.
Sus pequeños cuerpos cruzaron el aire.
Justo antes de que la luz se volviera más intensa, ambos llegaron hasta nosotros transformándose en forma humana y aferrándose a Aethon y a mí.
—¡Nosotros también vamos! —gritó Fenrael.
—¡No nos dejen! —añadió Naevira.
Aethon sonrió y los sujeto para que no cayeran.
La luz creció con fuerza.
Nos envolvió a los cuatro.
Cerré los ojos instintivamente mientras me aferraba al cuello de Aethon y sentía a los pequeños abrazándonos.
Y un instante después…
El mundo cambió.
Cuando abrí los ojos nuevamente…
Los cuatro estábamos en el territorio del Árbol del Mundo.
Ante nosotros se alzaba la colosal silueta del árbol sagrado.
A plena luz del día era aún más imponente.
Su gigantesco tronco parecía tallado en luz viva, surcado por corrientes de energía azul y dorada que fluían como ríos dentro de su corteza.
Las ramas se extendían hacia el cielo infinito, cubiertas de hojas luminosas que brillaban suavemente bajo el sol, como si cada una guardara un fragmento de estrella.
El aire estaba cargado de magia antigua y sagrada.
Aethon aún me sostenía en sus brazos.
Los niños seguían abrazados a nosotros.
Y su sonrisa… seguía allí.
La sonrisa de alguien que parecía haberse sacado la lotería.
Entonces, tal como había ocurrido la vez pasada, comenzamos a elevarnos por las enormes ramas del Árbol del Mundo.
Pero no era magia al azar.
Era Aethon.
Cada vez que él avanzaba, las ramas del árbol se inclinaban y se acomodaban bajo sus pies, posándose suavemente para ser pisadas por él, como si reconocieran a su heredero.
Una tras otra, las ramas se movían y se entrelazaban formando un camino vivo para que él caminara.
Yo permanecía en sus brazos, sosteniendo también a mis dos pequeños mientras Aethon avanzaba con seguridad entre los gigantescos brazos del árbol.
Las hojas luminosas susurraban con la brisa de la mañana mientras ascendíamos lentamente.
Levanté la mirada.
El Árbol del Mundo estaba dormido.
No había esa voz antigua que alguna vez había escuchado.
No había movimiento en su conciencia.
Solo el suave latido de su energía recorriendo el inmenso tronco, como el pulso silencioso de un ser milenario.
Pasamos de largo.
Seguimos avanzando por las ramas hasta llegar a una abertura en el tronco.
Pequeña… comparada con el tamaño colosal del árbol.
Aethon entró sin detenerse.
Fruncí el ceño.
Entonces dije, aparentemente enojada:
—Aethon Sylvariel… ¿me dirás a qué venimos aquí?
Él se detuvo sintiendo un escalofrío de miedo al escuchar su nombre completo de la boca de Aelina. Pero se controlo y...
Con una delicadeza infinita, la bajó de sus brazos.
Sus movimientos fueron cuidadosos, como si temiera lastimarme incluso un poco.
Cuando mis pies tocaron el suelo, yo aún sostenía a los niños en mis brazos, uno a cada lado.
Aethon permaneció frente a mí.
Sus manos descansaron suavemente en mis brazos por un momento mientras me miraba a los ojos.
Y esa mirada…
Era una mirada llena de un amor inigualable.
Tan profundo.
Tan cálido.
Mi corazón respondió a esa mirada sin pedir permiso.
Sentí una punzada extraña de culpa, aunque no sabía exactamente por qué.
Como si hubiera algo que debía entender… pero aún no lograba ver.
Entonces Aethon habló.
Su voz fue suave.
Dulce.
—Estamos embarazados.
Mis ojos se abrieron de golpe.
Pero él no se detuvo.
Giró ligeramente la cabeza hacia los pequeños.
—Y ustedes… —dijo con una sonrisa— tendrán hermanitos.
Yo quedé completamente rígida.
Por un momento mi mente se quedó en blanco.
No me lo esperaba.
Justo… cuando pensaba en que momento hablar con Aethon sobre ese tema…
había quedado embarazada.
Todo había pasado demasiado rápido.
Demasiado inesperado.
Pero al contrario de mí…
Los niños reaccionaron de inmediato.
La niña Naevira, de cabello blanco platinado y ojos dorados…
Y el niño Fenrael, de cabello castaño platinado y ojos violeta…
Ambos de piel blanca como la de Aelina.
Saltaron de mis brazos y en cuanto tocaron el suelo en ese mismo instante sus pequeños cuerpos se transformaron nuevamente en cachorros de lobo.
Dos pequeños lobitos de pelaje suave.
Comenzaron a brincar alrededor de Aethon y de mi llenos de emoción.
—¡Hermanitos!
—¡Tendremos hermanitos!
Mis niños corrían en círculos, saltando y celebrando con pura felicidad.
Sus pequeñas colitas se movían tan rápido que apenas podían quedarse quietos.