"Ella no tiene nada; él lo tiene todo. Pero un secreto de nueve meses cambiará las reglas del juego."
NovelToon tiene autorización de Luiselys Marcano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: Sombras de la Aristocracia
POV: ELENA
El vestido negro que Lucía me prestó era sencillo, pero en este salón lleno de diamantes y sedas, me hacía sentir como una mancha de tinta en un lienzo de oro. Mi función era ser invisible; una residente más del equipo médico de emergencia, apostada en los laterales por si alguno de los invitados de honor se sentía indispuesto por el exceso de champán o de ego.
—Míralos —susurró Lucía a mi lado—. Los Alarcón. Parecen esculpidos en hielo.
En el centro del salón, Don Arturo y Doña Beatriz Alarcón presidían la gala. Pero mi mirada se desvió hacia la pareja que estaba con ellos. Sebastián lucía imponente en su esmoquin, pero una mujer de belleza fría, Victoria De la Vega, se aferraba a su brazo con una familiaridad que me dolió más que cualquier golpe de mi infancia.
En ese momento, una pareja de mediana edad se detuvo cerca de nosotras. Eran los Condes de Monteclaro. Al cruzarme con la mujer, el aire se me atascó en los pulmones. Tenía unas facciones aristocráticas y una mirada de una tristeza infinita oculta tras una máscara de soberbia.
Ella me miró de arriba abajo. No fue una mirada de odio, sino de un desprecio automático, como quien mira un mueble viejo. Pero al verla a la cara, sentí una sacudida eléctrica en la base de mi columna. Un vacío en el pecho se abrió, una sensación de pérdida tan profunda que casi me hace flaquear las piernas. ¿Por qué me tiemblan las manos al verla?, me pregunté, confundida. Ella no era nadie para mí, solo otra mujer rica que jamás entendería lo que es dormir con el estómago vacío.
—Vámonos de aquí, Lucía —murmuré, sintiendo que las náuseas del embarazo se mezclaban con esa inquietante sensación—. Siento que las paredes se me echan encima.
POV: SEBASTIÁN
Victoria hablaba sobre la última subasta en Londres, pero para mí su voz era solo ruido de fondo. Mis ojos escaneaban el salón con una urgencia que rayaba en la desesperación hasta que la encontré.
Elena.
Estaba allí, tratando de mimetizarse con las sombras, pero para mí brillaba más que cualquier lámpara de cristal. La vi palidecer al cruzarse con los Monteclaro y vi cómo se llevaba una mano al pecho. Necesitaba sacarla de allí. Necesitaba que me explicara por qué me miraba como si yo fuera su verdugo.
—Tengo que revisar un protocolo con el equipo médico —le dije a Victoria, soltando su mano con una brusquedad que la dejó con la palabra en la boca.
Caminé hacia Elena. Ella, al verme, dio media vuelta y huyó hacia la zona de los jardines. La seguí. No iba a dejar que se escapara esta vez.
El Segundo Encuentro: Fuego en la Penumbra
La alcancé en el invernadero privado, un santuario de cristal lleno de orquídeas blancas y el aroma denso de la tierra húmeda. El contraste entre el frío de la noche y el calor tropical del lugar hizo que la tensión estallara.
—¡Elena, detente! —la tomé del brazo y la giré hacia mí.
—¡Déjame ir, Sebastián! Tus padres están ahí fuera, tu prometida está ahí fuera... No podemos... —sus palabras se quebraron cuando la acorralé contra una de las columnas de mármol.
—Me importa un bledo quién esté ahí fuera —gruñí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso.
No la dejé hablar más. La besé con una urgencia que sabía a hambre y a meses de deseo contenido. Elena soltó un jadeo que se perdió en mi boca y, tras un segundo de resistencia, sus manos se enredaron en mi nuca con una desesperación igual a la mía.
Mis manos bajaron por su espalda, sintiendo la suavidad de su piel bajo la tela del vestido, y por un instante, mis dedos rozaron su vientre. Ella se tensó bajo mi toque, un escalofrío recorriendo su cuerpo, y se aferró a mis hombros como si estuviera a punto de caer por un precipicio.
La sensación de tenerla así, entre mis brazos y la piedra fría, era adictiva. Podía oler su perfume a jazmín y hospital, mezclado con el aroma de las flores exóticas. Cada caricia era una declaración de guerra contra las reglas de mi familia. Sebastián el heredero, Sebastián el cirujano... todo eso desaparecía cuando ella arqueaba la espalda bajo mis labios, entregándose a esa pasión prohibida que nos consumía a ambos.
—No vuelvas a decir que no perteneces aquí —le susurré contra el cuello, sintiendo su pulso galopante contra mi lengua—. Perteneces donde yo esté.
Elena sollozó, un sonido pequeño y roto. Me apartó de golpe, con los ojos empañados.
—Ese es el problema, Sebastián. Que tú estás en la luz... y yo solo soy una sombra que desaparecerá en cuanto salga el sol.
Sebastián intentó volver a alcanzarla, pero Elena se apartó como si su toque le quemara la piel. Se limpió la boca con el dorso de la mano, y aunque sus ojos estaban llenos de lágrimas, su mirada era de acero.
—No me vuelvas a tocar, Sebastián —dijo con la voz rota pero firme—. Cada vez que lo haces, me recuerdas que para ti soy un secreto de alcoba y para el resto del mundo, una mancha. No soy un juguete de tu linaje.
—Elena, no es así...
—¡Lo es! —le gritó en un susurro—. Mírate. Mírame. Mañana volverás a ser el heredero, yo volveré a esconder mi vida. Quédate con tu mundo, yo prefiero mi soledad.
Elena salió corriendo del invernadero, dejando a Sebastián sumido en un silencio gélido.
Pero lo peor no estaba en el jardín, sino al cruzar las puertas del salón principal.
Elena intentaba llegar a la salida cuando una figura le bloqueó el paso. Era Victoria De la Vega. Llevaba una copa de champán en la mano y una sonrisa que no llegaba a sus ojos calculadores.
—Vaya, pero si es la pequeña residente —dijo Victoria lo suficientemente alto para atraer las miradas—. Te vi salir del jardín, querida. ¿Buscabas propinas o es que te perdiste camino a la cocina?
—Estaba revisando el perímetro médico, señorita De la Vega —respondió Elena, manteniendo la barbilla en alto a pesar de que su vientre se revolvía por las náuseas.
—¿Médico? Con ese vestido barato pareces más una camarera que se coló en la fiesta —Victoria soltó una risita cruel y, como quien no quiere la cosa, inclinó su copa.
El líquido dorado empapó el pecho del vestido negro de Elena. El frío del champán la hizo jadear. El salón se quedó en silencio.
—¡Oh, qué torpe soy! —exclamó Victoria sin un ápice de arrepentimiento—. Aunque, pensándolo bien, ahora el vestido se ajusta más a tu clase. Sucio.
En ese momento, los Condes de Monteclaro se acercaron. La Condesa miró la mancha en el vestido de Elena con una mueca de asco físico.
—¿Qué hace esta muchacha todavía aquí? —preguntó la Condesa hacia un empleado—. Es un estorbo para la vista. Si es del servicio médico, que se quede en su puesto. Parece una sirvienta que olvidó sus modales.
—Lo siento, Condesa —intervino el Conde de Monteclaro, mirando a Elena con una indiferencia brutal—. A veces a esta gente se le olvida que el uniforme no les da derecho a mezclarse con nosotros. Niña, ve a limpiarte a los baños del personal y no vuelvas a pisar la alfombra principal.
Elena sintió que el mundo se desmoronaba. Esos extraños, cuya presencia le había causado una sensación tan profunda minutos antes, la estaban tratando como basura sin conocerla. La humillación ardía más que el hambre de su infancia.
Sebastián entró al salón justo a tiempo para ver a Elena empapada, rodeada de las risas sofocadas de los invitados. Su sangre hirvió. Dio un paso al frente, pero su padre, Don Arturo, le puso una mano pesada en el hombro.
—Ni se te ocurra, Sebastián —le susurró al oído—. Victoria solo está poniendo a esa mujer en su lugar. No hagas una escena por una residente. Recuerda quién eres.
Sebastián apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Miró a Elena, buscando una señal, pero ella no lo miró. Ella simplemente se dio la vuelta, ignorando el champán que goteaba de su vestido, y caminó con la espalda recta hacia la salida, con una dignidad que ninguno de los presentes en ese salón de oro tendría jamás.
Al salir a la noche fría, Elena se abrazó a sí misma.
—No son nadie —se dijo a sí misma, llorando en silencio—. No somos nada para ellos, bebé. Pero te prometo que nunca, jamás, dejaré que te traten como me trataron a mí.
No sabía que, desde lo alto de la escalera, la Condesa de Monteclaro la seguía mirando con el ceño fruncido, llevándose una mano al cuello, donde colgaba un relicario con una foto que Elena nunca había visto: el rostro de un bebé que tenía sus mismos ojos.