En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 24
El viaje de regreso fue más largo de lo que recordaban.
Quizá era porque esta vez no había prisa, ni miedo, ni desesperación. Esta vez podían caminar despacio, disfrutar del paisaje, reír juntos sin que el mundo se les viniera encima.
Night aún estaba débil, a pesar del milagro. Luna no se separaba de él ni un instante, como si temiera que si lo soltaba, pudiera desaparecer otra vez.
—Deja de mirarme así
dijo él con una sonrisa.
—No voy a esfumarme.
—Lo sé
respondió ella.
—Pero me gusta mirarte.
—¿Siempre has sido tan empalagosa?
—Solo contigo.
Él rió y la atrajo hacia sí, besándole la frente.
—Te amo.
—Lo sé. Me lo dices como cien veces al día.
—Porque es verdad.
Detrás de ellos, los guerreros los miraban con sonrisas cómplices. El padre de Luna puso los ojos en blanco.
—Van a ser insoportables
murmuró.
—Déjalos
respondió su madre.
— Se lo han ganado.
Llegaron al valle al atardecer del quinto día.
El sol se ponía tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y rojos. El bosque susurraba con el viento. La cascada de la cueva se oía a lo lejos.
Y en la entrada del poblado, todos esperaban.
El Alfa Negro estaba al frente, con los ancianos a sus lados. Detrás, cientos de lobos blancos y negros, con antorchas encendidas y sonrisas en los rostros.
Cuando vieron aparecer a los guerreros, un aullido colectivo rompió el silencio.
—¡Han vuelto!
gritó alguien.
— ¡Han vuelto!
La multitud se abalanzó sobre ellos. Abrazos, lágrimas, risas. Los padres encontraron a sus hijos. Los hermanos se reencontraron. Los amigos se abrazaron.
El Alfa Negro caminó hacia Night y Luna con paso firme. Cuando llegó frente a ellos, los miró largamente. Luego, sin decir palabra, abrazó a su hijo con una fuerza que sorprendió a todos.
—Pensé que te había perdido
susurró con la voz rota.
—Estoy aquí, padre
respondió Night.
—Estoy aquí.
El Alfa Negro se separó y miró a Luna.
—Y tú
dijo.
— Tú lo trajiste de vuelta.
—Entre todos
respondió ella, modesta.
—No. Tú. Las hadas me contaron lo que hiciste. Tu oración. Tu sangre. Tu amor. Tú lo trajiste de vuelta.
Luna no supo qué decir.
El Alfa Negro se arrodilló ante ella.
Todos contuvieron el aliento.
—Luna, hija de la Luna blanca
dijo con voz solemne.
—En nombre de mi manada, te doy las gracias. Y te ofrezco mi lealtad. Para siempre.
—Levántese
dijo Luna, azorada.
— Por favor, no tiene que...
—Sí tengo. Porque lo que has hecho hoy no tiene precio. Has salvado a mi hijo. Has salvado a nuestra manada. Has unido a dos pueblos. Y lo has hecho con amor, no con violencia.
Se levantó y la miró a los ojos.
—Eres una verdadera Alfa. Aunque no quieras serlo.
Luna sintió que los ojos le picaban.
Night le apretó la mano.
—Mereces esto
susurró.
— Mereces todo.
Esa noche hubo una gran celebración.
Se encendieron hogueras por todo el poblado. La comida y la bebida corrieron en abundancia. Se contaron historias de la batalla, del milagro, del poder de la Luna.
Luna y Night eran el centro de todas las miradas. Pero esta vez no les importaba. Esta vez se sentían orgullosos. Agradecidos. En paz.
Cuando la luna estuvo en lo más alto, se escabulleron hacia el bosque.
—¿Dónde vamos?
preguntó Night, aunque ya lo sabía.
—A nuestro lugar
respondió Luna.
La cascada los recibió con su murmullo eterno. Detrás, la cueva de los susurros los esperaba con las pieles en el suelo y el musgo brillando en las paredes.
Entraron en silencio.
—Aquí empezó todo
dijo Luna, mirando alrededor.
— Aquí te escondí. Aquí te curé. Aquí te llamé Night por primera vez.
—Aquí me enamoré de ti
completó él.
— Aunque ya lo estaba desde antes.
Se sentaron sobre las pieles, abrazados, mirando el brillo del musgo.
—¿Crees que la Diosa Luna nos seguirá protegiendo?
preguntó Luna.
—Siempre
respondió Night.
— Mientras sigamos amándonos como ahora, nos protegerá siempre.
—¿Y si algún día dejamos de amarnos?
—Eso no pasará nunca.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Él la miró a los ojos, con esa intensidad que siempre le cortaba la respiración.
—Porque tú no eres solo mi destinada. Eres mi hogar. Mi paz. Mi todo. Y yo soy el tuyo. Eso no cambia. Eso no pasa. Eso es para siempre.
Luna sonrió y lo besó.
Un beso largo, profundo, eterno.
Afuera, la luna brillaba sobre el valle.
Las hadas velaban desde los árboles.
Y los lobos, blancos y negros, aullaban en la distancia.
Una nueva era había comenzado.
Una era de amor, de esperanza, de unión.
La era de Luna y Night.
FIN (por ahora...)