Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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David 2
No fue necesario esperar un mes.
Apenas dos semanas después de la compra, un sirviente llegó corriendo al salón principal, pálido y sin aliento.
—¡Señor David… uno de los caballos nuevos ha muerto!
El silencio cayó como una losa.
David se puso de pie de inmediato.
Damian dejó el libro que tenía entre manos.
Daniel alzó la mirada.
Emma, en cambio, solo asintió suavemente.
No con satisfacción.
Sino con la serenidad amarga de quien ya conocía el desenlace.
Había intentado advertirlo.
En el patio aislado, el caballo yacía sobre la paja, el cuerpo aún imponente pero rígido. La espuma oscura en el hocico confirmaba lo que Emma temía.
David se quedó inmóvil frente al animal. Sus manos, que días atrás habían acariciado con orgullo ese mismo cuello fuerte, ahora colgaban tensas a los costados.
—Maldita sea…
Damian cruzó los brazos.
—Si hubieses escuchado a nuestra cuñada, no estaríamos en esto.
No lo dijo con crueldad, pero sí con firmeza.
David no respondió.
El golpe no era solo económico.
Era personal.
Emma observó el rostro de su cuñado y vio algo más profundo que frustración.. tristeza genuina.
Se acercó despacio.
Posó una mano sobre su hombro.
—El resto aún está vivo.. Eso significa que todavía podemos actuar.
David cerró los ojos un instante.
—Pero ahora debes concentrarte en lo importante. Hay que sacar a los otros caballos de la mansión. Aumentar la distancia. Desinfectar todo. No podemos permitir que se contagien los establos principales.
David la miró.
Por primera vez desde la compra, no había terquedad en sus ojos.
Solo aceptación.
Asintió.
—Moveremos a los sanos hoy mismo.
En ese momento, otro sirviente llegó apresurado.
—¡Señor! Dos caballos más han colapsado.
El peso de la noticia se sintió físico.
David apretó los dientes.
Damian maldijo en voz baja.
Emma mantuvo la compostura.
—Entonces no hay tiempo que perder.. Aíslen a todos. Que ningún animal salga ni entre sin revisión.
Daniel observaba.
No el caballo.
No el caos.
A Emma.
Ella lo había previsto.
Había advertido.
Y aun así, cuando ocurrió, no dijo “te lo dije”.
No mostró reproche.
Solo actuó.
Eso despertó algo nuevo en él.
Respeto.
Admiración.
Pero también… una punzada incómoda.
Su mirada descendió hacia la mano de Emma, aún apoyada en el hombro de David.
Un gesto natural.
De apoyo.
Sin embargo, algo en su pecho se tensó.
Luego escuchó a Damian decir..
—Si no fuera por nuestra cuñada, habríamos perdido toda los caballos del establo.. eso seria un desastre..
Daniel desvió la mirada apenas.
No le desagradaba que la elogiara.
Pero le molestaba que lo hiciera con ese tono cálido, casi orgulloso.
Y más aún que Emma estuviera tan cerca de su hermano.
No escribió nada.
Nunca lo hacía.
Pero su postura se volvió más rígida.
Un paso más cerca de ella.
Cuando Emma retiró finalmente la mano del hombro de David, Daniel ya estaba a su lado.
No la tocó.
No la reclamó.
Solo permaneció allí.
Presente.
Y aunque su expresión seguía siendo la de siempre.. serena, contenida.. en sus ojos había algo distinto.
Emma no solo había protegido la fortuna de los Devlin.
Había protegido a su familia.
Y eso… le pertenecía a él también.
Pasaron varias semanas antes de que el problema terminara por completo.
Gracias al aislamiento inmediato, la enfermedad no alcanzó los establos principales. Los caballos sanos sobrevivieron.. los infectados fueron retirados a tiempo. La pérdida fue dolorosa, pero no devastadora.
La casa Devlin permanecía intacta.
Una tarde, cuando el aire ya no llevaba olor a desinfectante ni tensión, David buscó a Emma en el salón lateral donde ella revisaba algunas cuentas.
Entró con paso menos arrogante de lo habitual.
En las manos llevaba una caja envuelta en papel fino, atada con una cinta elegante.
—Cuñada.. Esto es para ti.
Emma alzó la vista, sorprendida.
David dejó la caja sobre la mesa y la empujó suavemente hacia ella.
—Pasteles de la mejor confitería del pueblo.. Para agradecerte… y para disculparme por no haberte escuchado.
Emma parpadeó, genuinamente tomada por sorpresa.
Abrió la bolsa con cuidado. Dentro había pequeños pasteles delicadamente decorados, con frutas glaseadas y crema suave.
Sonrió.
No era una sonrisa calculada.
Era sincera.
—Muchas gracias.. Hace mucho tiempo que no recibía un regalo.
La frase fue ligera, casi casual.
Pero los gemelos, que se encontraban allí, intercambiaron una mirada inmediata.
Porque sabían.
Sabían que su hermano mayor nunca había tenido gestos así.
Sus ojos se movieron casi al mismo tiempo hacia Daniel.
Daniel estaba de pie junto a la ventana.
Observando.
Su expresión no cambió.
Pero su mirada… sí.
Fulminó primero a David.
Luego a Damian, que apenas disimulaba una sonrisa divertida.
Daniel no sabía exactamente qué lo incomodaba.
Si el regalo.
Si la cercanía de sus hermanos con Emma.
O el hecho de que ella acababa de decir que hacía mucho que no recibía un obsequio.
Y él… nunca le había dado uno.
Nunca lo había pensado.
No porque no lo considerara importante.
Sino porque no sabía cómo hacerlo.
No sabía qué elegir.
No sabía si ella lo aceptaría.
La sensación en su pecho era extraña. Tensa.
Emma tomó uno de los pasteles y lo sostuvo con delicadeza.
—Deberíamos compartirlos..
David sonrió, más relajado.
—Son tuyos.
—Entonces compartiré lo mío.
Sus ojos se deslizaron hacia Daniel.
Solo un segundo.
Pero suficiente.
Daniel sostuvo su mirada.
Algo pasó entre ellos.
Silencioso.
Inconcluso.
Los gemelos, mientras tanto, observaban la escena con interés apenas disimulado.
Daniel dio un paso adelante.
Pero se colocó al lado de Emma, lo suficientemente cerca como para que nadie dudara de a quién pertenecía su espacio.
Y aunque su rostro seguía sereno, por dentro una decisión comenzaba a formarse.
La próxima vez… El regalo sería suyo.
Maravilloso Daniel sigue asi👏