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Ecos Del Tercer Cielo

Ecos Del Tercer Cielo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Fantasía épica
Popularitas:111
Nilai: 5
nombre de autor: Maicol Castañeda

Obra narrativa de fantasía espiritual que narra la formación de cuatro hermanos elegidos por el Padre Celestial para proteger la Tierra tras una antigua guerra en el cielo. Esta primera saga está centrada en la profecía, el entrenamiento espiritual de los protagonistas y la revelación progresiva de su propósito divino. Inspirada en valores espirituales con fuerte simbolismo del bien, el mal, la fe y el propósito eterno.



NovelToon tiene autorización de Maicol Castañeda para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

SOMBRAS EN LA TIERRA

SAGA II: LA AMENZA DE BELGOR

La tierra se agrietó en silencio, como si el mundo contuviera la respiración. No hubo temblores ni estruendos; no hubo aves huyendo ni animales inquietos. Solo una fisura delgada, casi tímida, que apareció sobre la piel del mundo y volvió a cerrarse como si nunca hubiera existido. El viento cambió de dirección por un instante, apenas perceptible, y en un lugar donde la luz no debía entrar, algo que debía permanecer sellado respiró con lentitud, como quien despierta después de un sueño demasiado largo.

Muy lejos de esa grieta invisible, la tarde descendía con suavidad sobre Terraluz, dorando los techos de madera y cubriendo los campos con un resplandor tibio. El humo de las chimeneas ascendía con pereza hacia el cielo, mezclándose con el aroma del pan recién horneado. El pueblo entero parecía respirar en calma, ajeno a cualquier amenaza. Dentro de la casa principal, el guiso burbujeaba sobre el fogón con un sonido rítmico y constante, marcando el pulso tranquilo de la vida doméstica.

Jael observaba a Aloriah con una mezcla de nostalgia y alivio. Sus ojos recorrían cada gesto de su madre como si intentara memorizarlo todo: la forma en que acomodaba el cabello detrás de la oreja, la serenidad con la que removía la olla, la firmeza oculta en su suavidad. Después de años lejos, cada segundo a su lado tenía el peso de algo sagrado.

—Hubo momentos en que quise rendirme —admitió finalmente, con la voz más baja de lo habitual—. El entrenamiento fue más duro de lo que imaginé. No solo el cuerpo… también el espíritu. Y estar lejos de ustedes… eso era lo que más pesaba.

Aloriah dejó la cuchara a un lado y se acercó sin prisa. Tomó el rostro de su hijo entre sus manos, obligándolo a sostener su mirada, no como madre temerosa, sino como mujer que entiende los designios del cielo.

—Y aun así seguiste —respondió en un susurro firme.

Jael asintió despacio.

—Porque entendí que no fui llamado por casualidad. No importa cuánto me cueste… acepto lo que soy. Acepto lo que viene.

En los ojos de Aloriah brilló ese fuego antiguo que no era impulso, sino convicción profética.

—Ese fuego que llevas no es solo fuerza, Jael. Es refugio para los que no pueden levantarse. Es calor para los que están a punto de rendirse. Prométeme que nunca lo usarás por orgullo.

Jael sostuvo su mirada con la madurez de quien ya cargó demasiado.

—Lo usaré por justicia. Y por amor.

Aloriah asintió satisfecha, como si confirmara algo que siempre supo.

A pocos metros, el río murmuraba entre piedras y juncos, reflejando los últimos destellos dorados del día. Allí, Gahiel y Maion habían convertido la pesca en una competencia fraterna. Gahiel levantó tres peces con expresión triunfante, el agua escurriendo por sus brazos fuertes.

—¡Tres ya! ¿Y vos cuántos llevás? No me digás que todavía estás conversando con el río en vez de pescar.

Maion no respondió de inmediato. Cerró los ojos apenas un segundo y extendió la mano sobre la superficie. Su mirada se volvió más concentrada, más profunda. No había red. No había anzuelo. Lo que hubo fue una onda invisible, una vibración sutil que atravesó el agua como si el río mismo recibiera una orden silenciosa.

Los peces cambiaron de dirección.

Uno. Dos. Tres. Cuatro.

Saltaron fuera del agua en perfecta sincronía, como atraídos por una fuerza que no entendían, y cayeron directamente en su cesta.

Maion abrió los ojos y sonrió con absoluta tranquilidad.

—Listo.

Gahiel lo miró unos segundos, incrédulo.

—No… no, no, no. Eso fue mente. Eso fue truco mental. ¡Eso no cuenta!

Maion se encogió de hombros, relajado.

—No especificamos reglas, hermano. Dijimos “quién consigue más peces”. Nunca dijiste “sin usar poderes”.

Gahiel soltó una carcajada fuerte.

—¡Sos un descarado! ¡Eso es hacer trampa con estilo!

Maion inclinó ligeramente la cabeza, divertido.

—No es trampa si funciona.

Luego, con un tono apenas más serio, añadió:

—Además… siempre es bueno practicar control fino. No todo es golpear fuerte.

Gahiel lo miró un segundo y asintió, aceptando el punto aunque fingiera molestia.

Más adentro del bosque, el sonido seco del hacha marcaba un ritmo constante. Dervían y Albiel trabajaban juntos, cortando leña para la noche. El aroma fresco de la madera recién abierta impregnaba el aire, mezclándose con la humedad suave del atardecer.

—Padre —rompió el silencio Dervían—. En la última batalla contra los titanes… pude acabar con Karnaz. Pero no lo hice. Algo dentro de mí me dijo que debía dejarlo vivir.

Albiel detuvo el golpe antes de que el filo tocara el tronco. Bajó el hacha con calma y observó a su hijo con esa serenidad que no era debilidad, sino raíz.

—Hijo… no todo lo fuerte se ve —dijo finalmente—. Hay decisiones que no hacen ruido, pero sostienen el mundo.

Dervían escuchaba sin moverse.

—El verdadero poder —continuó Albiel— está en saber cuándo usar la fe… en lugar del puño. Cualquiera puede destruir cuando tiene ventaja. No cualquiera sabe detenerse.

Dervían bajó la mirada, procesando cada palabra.

—A veces la victoria no está en derribar al enemigo —añadió Albiel—, sino en demostrar que no eres como él. El perdón, cuando nace de convicción, corta más profundo que una espada.

El bosque guardó silencio, como si también escuchara.

—Entonces… ¿no fue un error? —preguntó Dervían, con una duda honesta que aún buscaba lugar.

Albiel se acercó y apoyó una mano firme sobre su hombro.

—No, hijo. Fue fuerza pura. De esa que pocos entienden porque no deja cicatrices visibles. Esa es la fuerza que quiero que lleves siempre.

Dervían asintió despacio. No dijo más. No hacía falta.

Apilaron los últimos troncos sin palabras, dejando que la enseñanza quedara grabada más allá del sonido del hacha.

Mientras tanto, en la cocina, Jael reía mientras Aloriah servía un plato humeante, evocando anécdotas de su entrenamiento. En el río, Maion y Gahiel discutían entre bromas, ahora más preocupados por quién lavaría la cesta que por quién había ganado. Y en el bosque, Albiel y Dervían regresaban a casa, dejando que la sombra de los árboles se fundiera con la luz dorada del atardecer.

Terraluz estaba envuelta en una paz tibia. El viento jugaba entre las hojas como si custodiara cada rincón del hogar.

Por primera vez en mucho tiempo, la familia de los elegidos estaba completa…

y la paz parecía posible.

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