Miranda Saavedra. Un nombre que en los círculos financieros es sinónimo de respeto, fortuna y un orgullo inquebrantable. Como presidenta de uno de los conglomerados más influyentes del país, su presencia intimida a los tiburones de la industria y su mirada es capaz de desmantelar cualquier defensa antes de que se pronuncie la primera palabra en una junta.
Pero esa armadura de seda y acero fue forjada en el fuego.
Hubo un tiempo en que Miranda era otra mujer: una esposa dedicada que creía en la paciencia y en el refugio de un hogar, soñando con una familia que nunca llegó. Esa vida "perfecta" se desintegró en un solo instante, convirtiéndose en un infierno de sombras cuando el mundo que conocía la traicionó, siendo secuestrada para ser vendida al mejor postor.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lía
La luz del sol matutino envuelto con el frío de la mañana despertó a los dos amantes que aún se encontraba entre las sábanas.
—¿Estás lista para el gran día? —pregunto Lissandro en un tono neutro.
—Sí, quiero que la ruina de Lara empiece de una vez, quiero que sienta lo que yo sentí cuando me quito mi vida y la vendió a esos maleantes —respondió Miranda con determinación —. Este apenas es el inicio de su caída, pues su muerte en el mundo financiero será lenta y dolorosa.
Una llamada a la puerta de su habitación interrumpió su pequeña conversación, Lissandro se puso unos pantalones y un suéter y fue a ver quien los interrumpía. Al abrir la puerta se encontró con Diana, una joven que llevaba siete años trabajando para ellos.
—¿Qué pasó? ¿Qué haces aquí? —pregunto Lissandro molesto.
—Lo siento señor, pero... — Diana se escuchaba preocupada y al mismo tiempo temerosa.
—Deja de tartamudear y dile a mi papá que yo te pedí me trajeras con ellos —La voz de una niña de unos siete años atrajo la atención de Lissandro.
—¡Lía! ¿Qué haces aquí? —el terror en la voz de Lissandro era innegable.
—Las cosas no fueron así, señor. Lía sé... Se escapó de la casa de campo y engaño a un taxista para que la trajera a la ciudad y cuando estuvo en una estación de policía les dio mi número para que viniera por ella.
Miranda guardó silencio, pero su mirada gélida se suavizó por una fracción de segundo al ver a la niña desaparecer por el pasillo. Lissandro cerró la puerta de la habitación, quedando a solas con su esposa. La tensión en el aire era asfixiante.
—Te dije que estaría a salvo en la casa de campo, Miranda —susurró Lissandro, pasando una mano por su rostro con evidente frustración—. Acordamos que hasta que los Lara no estuvieran bajo tierra, Lía no pondría un pie en Manhattan.
—Lo acordamos —respondió Miranda, su voz recuperando esa firmeza de acero—. Pero parece que olvidamos un detalle importante: Lía tiene tu terquedad y mi sangre. Ningún muro es lo suficientemente alto para ella si decide que quiere cruzarlo.
Lía no era una niña común. Desde muy pequeña había demostrado una inteligencia prodigiosa y una capacidad inquietante para leer a las personas, una cualidad que sin duda había heredado de sus padres. Mantenerla al margen de la guerra contra Andrés Lara había sido el mayor sacrificio de Miranda; separarse de su hija para que el veneno de la venganza no la alcanzara era el precio que estaba dispuesta a pagar. Pero ahora, la niña había decidido que ya era suficiente de estar oculta.
—Engañó a un taxista, Lissandro. Convenció a la policía de que llamaran a Diana. Tiene siete años y ya sabe cómo manipular el sistema a su favor —dijo Miranda, caminando hacia el vestidor para terminar de arreglarse. Su mente trabajaba a mil por hora—. Si ella ha llegado hasta aquí, es porque sabe que algo grande está pasando. No podemos enviarla de vuelta sin que ella misma sabotee el viaje.
—¿Qué sugieres entonces? —preguntó Lissandro, acercándose a ella—. Si los informantes de Andrés detectan movimiento de niños en esta casa, empezará a atar cabos. Él sabe que Elena desapareció hace diez años, pero no sabe qué pasó en los años siguientes.
Miranda se detuvo y miró a su esposo a través del espejo.
—Sugeriría que la protejas con tu vida, porque yo haré lo mismo. Pero si Lía va a quedarse en esta casa, tendrá que aprender la primera regla de los Saavedra: nadie fuera de estas paredes debe saber quién es ella realmente.
Miranda salió de la habitación y bajó las escaleras. En la cocina, encontró a Lía sentada en la isla de mármol, balanceando sus piernas mientras comía fruta con una elegancia que parecía innata. La niña levantó la vista y sonrió, una sonrisa que era el vivo retrato de la de Miranda antes de que el dolor la transformara.
—Hola, mamá —dijo Lía con total naturalidad, como si no hubiera causado un terremoto familiar—. No te enojes con Diana. Yo soy mucho más lista que ella y lo sabes. Solo quería ver cómo ibas a aplastar a los malos.
Miranda se quedó helada. Lía sabía mucho más de lo que ellos pensaban. La niña no solo era su mayor vulnerabilidad; ahora era su prioridad, pues sabían que la pequeña era capaz de todo.
—Sabes que lo que hiciste estuvo mal, te pusiste en un riesgo innecesario y que alguien pudo haberte llevado —regaño Miranda con un tono maternal.
—Lo sé mami, pero no quería estar lejos de ustedes. Además, en esta casa nada malo me puede pasar, es enorme.
Miranda no pudo seguir regañando a su pequeña. Toda la frialdad de la "Presidenta Saavedra" se disolvió como sal en el agua ante la mirada de Lía. Se acercó a ella, estrechándola en un abrazo protector y depositando un beso tierno en su frente. Lía era su bebé, el único rastro de luz pura que la vida le había regalado después de haber sido arrastrada por el infierno. Por ella, Miranda sería capaz de quemar el mundo entero si fuera necesario.
Sin embargo, ver la inteligencia en los ojos de su hija la transportó inevitablemente al momento en que su vida cambió para siempre, mucho antes de los trajes de seda y las estrategias de poder...