Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
NovelToon tiene autorización de Dary MT para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: El regreso de la tormenta
La atmósfera tensa de la oficina se congeló de golpe el martes por la mañana. Cuando Alana llegó a su puesto, se encontró con Ethan Blackwood cerrando una maleta de mano en su despacho. No llevaba el traje habitual, sino una chaqueta de cuero oscura y un suéter negro que le daban un aire aún más imponente y reservado.
—Señorita Vega, tengo que salir de la ciudad de inmediato. Ha surgido un viaje imprevisto y urgente —dijo él, cruzándose de hombros al verla entrar. Su mirada gris era un torbellino de emociones contenidas—. No la llevaré conmigo. El viaje no es por asuntos de la empresa; es algo más... personal.
Alana parando en seco, con la agenda en la mano, parpadeó sorprendida. Ethan Blackwood jamás daba explicaciones a sus empleados. Si viajaba, simplemente ordenaba los boletos y se iba. Sentir que él se justificaba ante ella le provocó un vuelco en el estómago.
Ethan, al notar la chispa de sorpresa y el leve rubor en las mejillas de su secretaria, se tensó. Se dio cuenta de que había hablado de más, impulsado por esa necesidad enfermiza de que ella supiera que no iba a estar con otra mujer.
—Le digo esto porque la agenda de la junta directiva quedará bajo su total supervisión estos días, Vega —añadió de inmediato, recuperando su tono frío y cortante, construyendo una excusa rápida—. No quiero que los inversores piensen que he desaparecido sin dejar un plan de contingencia con mi asistente principal.
—Entiendo perfectamente, señor Blackwood —respondió Alana, recuperando la compostura—. No se preocupe. Todo quedará en perfecto orden aquí. Buen viaje.
Ethan la observó un segundo más, como si quisiera memorizar sus facciones antes de cruzar la puerta, y se marchó sin decir una palabra más.
Los días siguientes fueron un torbellino de obligaciones. Sin Ethan en la oficina, la junta directiva bombardeó a Alana con informes, auditorías y correos urgentes que debía filtrar. El cansancio la consumía tanto que, al llegar a su apartamento por las noches, apenas tenía fuerzas para abrir la aplicación. Le enviaba mensajes cortos a Eros, explicándole que estaba colapsada de trabajo y que caía rendida.
A kilómetros de distancia, en un hotel de alta seguridad donde resolvía un problema crítico de patentes tecnológicas, Ethan se subía por las paredes. La falta de audios, la ausencia de fotos y, sobre todo, el silencio de Alana lo estaban impacientando hasta la locura. Su adicción no estaba siendo alimentada, y la abstinencia lo volvía un hombre sumamente peligroso.
Llegó el domingo. Alana se despertó con el departamento vacío y la nevera desierta. Su automóvil estaba en el taller mecánico desde el viernes para un mantenimiento preventivo y no podría recogerlo sino hasta el lunes por la mañana, así que se colocó unos jeans ajustados, una camiseta cómoda y se dispuso a caminar las pocas calles que la separaban del supermercado.
Al cruzar el vestíbulo del edificio, una voz varonil la detuvo.
—Buenos días, señorita Vega. Qué sorpresa verla a esta hora.
Era Mateo, el guardia de seguridad. Llevaba su chaqueta de uniforme en la mano, revelando que acababa de terminar su turno de veinticuatro horas. Alana sonrió a medias, recordando que debido a los consejos de Eros y a la posterior provocación con su jefe, había dejado en el aire la invitación del joven.
—Hola, Mateo. Sí, voy a hacer las compras de la semana a pie. Mi auto está en el taller mecánico hasta mañana.
Los ojos de Mateo se iluminaron.
—Bueno, yo justo voy saliendo y mi casa queda en esa misma dirección. Si no le molesta la compañía, puedo acompañarla y ayudarla a cargar las bolsas de regreso. Es un día pesado para caminar sola.
Alana dudó un segundo. Las palabras de Eros sobre "los hombres comunes" resonaron en su mente, pero la cortesía y la sencillez de Mateo la hicieron ceder. Al fin y al cabo, solo era una caminata amistosa.
—Está bien, Mateo. Muchas gracias.
Ambos salieron al sol de la mañana. Durante el trayecto, conversaron de temas triviales: el clima, el tráfico de la ciudad y las rutinas del edificio. Mateo era agradable, pero Alana no podía evitar sentir una profunda desconexión. Mientras el guardia hablaba de su equipo de fútbol favorito, la mente de Alana viajaba hacia la oficina, hacia el recuerdo de la entrepierna endurecida de Ethan contra su cuerpo y las oscuras promesas de texto que Eros le enviaba por las noches. El mundo real se sentía dolorosamente insípido comparado con el infierno de lujuria en el que estaba metida.
De regreso, Mateo cumplió su palabra y cargó las bolsas más pesadas hasta la entrada principal del edificio.
—Muchas gracias por la ayuda, de verdad —dijo Alana, tomando las bolsas en el vestíbulo.
—No es nada, Alana. Ojalá la próxima vez sí podamos aceptar ese café —respondió él con una sonrisa tímida antes de despedirse y alejarse por la acera.
Alana giró sobre sus talones y entró al edificio, perdiéndose en el ascensor sin percibir absolutamente nada de su entorno.
No se dio cuenta de que, estacionado justo al otro lado de la calle, un imponente sedán negro con los cristales completamente polarizados permanecía con el motor en marcha. Detrás del parabrisas, las manos de Ethan Blackwood apretaban el volante de cuero con una fuerza tan brutal que sus nudillos estaban completamente blancos.
Ethan había aterrizado en la ciudad dos horas antes. Ni siquiera había pasado por su ático; había conducido directamente al edificio de Alana, desesperado por la falta de comunicación de esos días, necesitando verla aunque fuera de lejos. Y lo que había encontrado lo había hecho estallar en celos. La había visto caminar, reír y compartir con el maldito guardia de seguridad que él mismo le había prohibido ver a través de la aplicación.
Una furia posesiva, tóxica y desquiciada nubló la mente de Ethan. Ella lo había ignorado en el chat para salir a pasear con un don nadie.
Apagó el motor del coche. Sus ojos grises, fijos en la puerta por la que Alana había desaparecido, se oscurecieron por completo. El tiempo de los mensajes de texto, de las aplicaciones y de las máscaras digitales se había terminado. Su paciencia se había agotado en ese viaje.
Ethan abrió la guantera del auto, sacó una tarjeta de acceso magnética clonada del edificio de Alana que poseía desde el primer día del hackeo, y salió del vehículo. Caminó hacia la entrada con paso firme, la mandíbula rígida y el pulso latiéndole en las sienes como una marcha de guerra. Iba directo a su apartamento, dispuesto a reclamar lo que era suyo en el mundo real.