Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 9: El Choque de Titanes y la Operación del Siglo
El eco de las palabras de Cataleya aún flotaba en el aire denso del vestíbulo, haciendo que los asistentes contuvieran la respiración. Nadie se había atrevido jamás a levantarle la voz a Gael Moretti Ferrer, y mucho menos a llamarlo "idiota" en su propia casa, en su propio hospital.
Durante un segundo que pareció eterno, los ojos grises como el acero de Gael se clavaron en los imponentes ojos ámbar de Cataleya. La mandíbula del magnate se tensó hasta marcarse con fuerza, y las venas de sus antebrazos se hicieron más prominentes bajo las mangas de su camisa. El instinto de un depredador alfa bullía en su interior, acostumbrado a que todos se inclinaran ante su presencia dominante.
—¿Cómo diablos me has llamado? —siseó Gael con una voz ronca y peligrosa, dando un paso al frente dispuesto a apartarla a la fuerza.
Pero antes de que pudiera tocarla, Brenda Moretti Ferrer se interpuso entre ambos, con el rostro pálido pero lleno de determinación, y los ojos bañados en lágrimas por el estado de su abuelo.
—¡Gael, detente ahora mismo! —gritó Brenda con desesperación, conteniendo el impulso de golpear el pecho de su hermano mayor—. ¡Ella es doctora, es una eminencia, y si no la dejas actuar, nuestro abuelo se va a morir aquí mismo! ¡Cállate y déjala trabajar!
El grito de su hermana hizo que Gael se congelara por un instante. Bajó la mirada hacia el rostro pálido e inmóvil de Don Gabriel, cuyos labios comenzaban a adquirir un tono azulado debido a la falta de oxígeno provocada por la presión intracraneal desbocada. Comprendiendo la gravedad de la situación, Gael tragó su orgullo y dio un paso atrás, apretando los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Si mi abuelo muere, tú mueres con él. Te lo juro —le advirtió Gael a Cataleya con un tono bajo, gélido y amenazante que habría aterrorizado a cualquiera.
Cataleya ni siquiera se inmutó. No parpadeó, no tembló. Su mente ya estaba cien por ciento enfocada en el quirófano.
—Guarda tus amenazas de ogro para después, Gael Moretti —respondió Cataleya con una frialdad absoluta, volviéndose hacia el equipo médico que por fin reaccionaba—. ¡Tráiganme la camilla de traslado urgente! ¡Inmovilicen el cuello y preparen el quirófano neurológico tres de inmediato! ¡No tenemos un maldito segundo que perder!
En cuestión de minutos, el cuerpo de Don Gabriel fue trasladado a toda velocidad por los pasillos estériles del hospital, rodeado por enfermeros y médicos que obedecían las órdenes de Cataleya como si fuera la jefa absoluta de la institución. Brenda iba al lado de la camilla, sosteniendo la mano de su abuelo, mientras Gael caminaba justo detrás, con la mirada clavada en la espalda recta, elegante y firme de Cataleya, sintiendo una extraña mezcla de furia y desconcierto ante la valentía de aquella mujer desconocida.
Ya en la antesala del quirófano, los especialistas de planta del hospital intentaron cerrar el paso. El doctor principal, un veterano neurocirujano de confianza de la familia, se acercó con el ceño fruncido.
—Señor Moretti, disculpe, pero no podemos permitir que una doctora ajena a nuestra planta de especialistas intervenga a Don Gabriel. No conocemos su historial ni sus credenciales —protestó el médico mirando a Gael.
Gael, con los ojos fijos en Cataleya, sintió que el tiempo se agotaba al ver los monitores portátiles que marcaban constantes vitales alarmantemente bajas. Recordó la fría determinación con la que ella le había ordenado callarse en el vestíbulo y, en un destello de instinto visceral, tomó una decisión.
—Que entre al quirófano —ordenó Gael con voz autoritaria y tajante, mirando al médico—. Si ella dice que puede salvarlo, se hace lo que ella dice. Y si mi abuelo muere, ella responderá ante mí.
Cataleya le dedicó una mirada rápida, cargada de soberbia y desafío, antes de entrar por las puertas batientes y ajustarse los guantes estériles.
Dentro del quirófano, bajo la intensa luz cenital de las lámparas quirúrgicas, Cataleya asumió el control absoluto. Su respiración se compasó al ritmo del monitor cardíaco.
—El tumor está ejerciendo una presión severa sobre el lóbulo temporal y el tronco encefálico —anunció Cataleya con voz firme, mirando a los asistentes mientras realizaba las incisiones con una precisión milimétrica y pulso de acero—. Necesitamos drenar el hematoma secundario antes de proceder con la resección parcial del tejido neoplásico. Instrumento, por favor.
Durante horas, la tensión en el quirófano fue insoportable. Cada movimiento de las manos de Cataleya era una danza letal entre la vida y la muerte. Fuera, en la sala de espera, Gael Moretti caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, con las manos en los bolsillos y el rostro ensombrecido por la tensión, mientras Brenda rezaba en silencio en una esquina.
Finalmente, tras lo que parecieron horas interminables, las puertas del quirófano se abrieron. Cataleya salió con la bata quirúrgica ligeramente manchada, el rostro cansado pero con una expresión de triunfo silencioso brillando en sus ojos ámbar.
Gael se le acercó de inmediato, con los ojos grises fijos en ella, conteniendo la respiración.
—¿Cómo está? —preguntó Gael, con la voz extrañamente ronca.
Cataleya se quitó los guantes quirúrgicos con calma, los tiró a la papelera y lo miró fijamente antes de responder:
—La operación fue un éxito rotundo. El tumor fue drenado y la presión intracraneal disminuyó a niveles seguros. Su abuelo va a vivir, Gael Moretti.
Gael sintió que un peso colosal se desprendía de sus hombros, aunque su orgullo le impedía mostrar debilidad. Exhaló un suspiro profundo y la miró con un renovado aire de intriga.
—¿Quién diablos eres tú? —preguntó Gael, cruzándose de brazos y evaluando cada facción de su rostro con intensidad—. Nadie le habla como tú me hablaste, y nadie opera con ese nivel de maestría en mi hospital sin que yo sepa su nombre.
Cataleya levantó la barbilla, con una sonrisa ligera y enigmática dibujada en sus labios, dispuesta a empezar a jugar su propio juego en la guarida del lobo.
—Soy la doctora Cataleya Mendoza —respondió ella con voz clara y firme, clavando sus ojos en los suyos—. Y vine a ocupar la plaza vacante de oncología... si es que te atreves a darme el trabajo, magnate.