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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:480
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Casada y con un hijo de dos años

Dulce tenía el celular en la mano desde las siete y media, sentada en el sillón cama del cuarto VIP con las rodillas vendadas bajo los pants. A las ocho en punto abrió la app del banco. Deslizó el dedo hacia abajo para actualizar. A las ocho y cinco volvió a deslizar. Las palmas raspadas le ardían cada vez que apretaba la pantalla.

La última notificación seguía siendo la del sábado: Buenos días, niña. Te extraño.

Ayer tampoco había llegado nada, y ella ni se había acordado de revisar: ayer había estado sentada en el escalón de una casa de Bosques, con las rodillas sangrando. En la libreta, la columna de lo que no era suyo terminaba en diecisiete renglones y un subrayado doble. Abajo había espacio para muchos más.

—¿Y Andrés? —preguntó Chayo desde la cama, con la voz ronca de recién despierta—. Ya no ha venido.

—Anda en Monterrey, ma. —Dulce guardó el celular debajo de la pierna—. Tiene mucho trabajo.

—¿Y por eso andas cojeando?

—Me caí en el Metro. Por andar corriendo.

Chayo la miró un rato, con los ojos entrecerrados, y no dijo nada. Le pidió el control de la tele.

* * *

A las doce don Lupe le mandó un mensaje: Señorita, sus cosas están listas. Si quiere se las llevo yo a donde me diga. Ella contestó que no, que pasaba por ellas.

En el portón de Bosques la estaban esperando don Lupe y Sam, cada uno con una bolsa grande de tela. No la invitaron a pasar. Dulce tampoco pidió. Abrió la primera bolsa ahí en la banqueta, para no ir a descubrirla en el camión: arriba de todo, doblado en cuatro, estaba el vestido negro de ciento noventa y nueve pesos. Cerró la bolsa rápido.

—Yo le apuesto a que se contentan —dijo Sam, bajito, pasándole la otra—. Una semana. Diez días, máximo.

—Sam. —Don Lupe lo fulminó con la mirada y luego la agarró a ella del codo y la llevó dos pasos más allá—. Dele tiempo, señorita. El patrón es igualito a usted de terco.

—Gracias por todo, don Lupe. —Dulce se colgó las dos bolsas, una en cada hombro.

* * *

En la vecindad nadie había abierto las ventanas en tres semanas. Dulce dejó las bolsas en la cama, abrió la de arriba y colgó el vestido negro en un gancho de alambre detrás de la puerta, porque no supo dónde más ponerlo. Luego sacó la libreta y se sentó en el piso.

Chayo iba a salir del hospital tarde o temprano, y después iba a haber consultas, estudios, medicinas, la renta de la vecindad. La Abundancia ya no la quería de vuelta. Le hacía falta un trabajo de verdad, con recibo y con seguro, y no uno de a día.

A las cinco estaba en la cocina de Casa Valdés, en Polanco. Don Casimiro regañaba a un mesero y ella esperó a que terminara.

—Mija, ¿qué te pasó en las manos?

—Me caí. Don Casimiro, ¿no tiene algo fijo? Lo que sea. Ya no quiero nomás los sábados.

Don Casimiro se limpió las manos en el mandil. La miró de arriba abajo, las rodillas, la cara.

—Se nos fue la hostess del mediodía. Es de recibir a la gente, llevarla a su mesa, sonreír bonito. Nueve mil quinientos al mes, más propinas, y con Seguro Social desde el primer día.

Nueve mil quinientos. Dulce hizo la cuenta sin querer: menos de lo que le llegaba en una mañana cualquiera, hasta el sábado. Tragó saliva.

—Don Casimiro, ¿esto es de Grupo Valdés?

—Sí, mija, pero el licenciado Valdés viene una vez al año, si bien nos va. Ni lo vas a ver.

—No me voy a morir de hambre por su apellido —dijo Dulce, y apretó la correa de la bolsa—. ¿Cuándo empiezo?

* * *

Empezó el miércoles. Le dieron un vestido azul marino, una placa con su nombre y un atril de madera junto a la puerta principal. La otra hostess, Brenda, tenía extensiones hasta la cintura y la miró de arriba abajo mientras ella se acomodaba la placa.

—Así que tú eres la nueva. —Brenda sonrió con la mitad de la boca—. Don Casimiro nunca contrata sin preguntarme. ¿Y tú de quién eres la querida?

Dulce terminó de prenderse la placa. Luego se volteó despacio.

—Don Casimiro es mi padrino. Lo vuelves a decir y te corre.

A Brenda se le borró la sonrisa. Se puso a acomodar las cartas del menú que ya estaban acomodadas. Atrás, en la puerta de la cocina, don Casimiro se tapó la boca con el puño y se metió.

A las tres de la tarde entró un muchacho de camisa de marca desabrochada hasta el pecho, con dos amigos detrás. Uno, bajito y de nariz aplastada, le decía Pepe cada tres palabras.

—Es el hijo del diputado Barrón —le susurró Brenda, contenta de tener algo que contar—. A la de antes la hizo renunciar. Suerte.

—¿Tienes novio, mamacita? —Pepe se recargó en el atril con los codos.

—Estoy casada —dijo Dulce, con la sonrisa de la placa— y tengo un niño de dos años.

—Y su marido es bien celoso, joven —dijo don Casimiro, que pasaba con una charola y se detuvo junto a ella.

—Mejor —dijo Pepe, sin quitarle los ojos del escote del uniforme—. Las casadas saben más.

El Chato se rio. Dulce los llevó a su mesa y regresó al atril con las manos frías.

* * *

El jueves a la una cuarenta subió al tercer piso con una pareja de señores grandes que tenían reservado un privado. Al pasar frente a la segunda puerta, alguien le agarró la muñeca desde adentro.

—¡Mira quién vino! —Pepe olía a tequila desde las once de la mañana—. Ven, mamacita, ven.

Dulce no se jaló. Con la mano libre empujó la puerta hasta que chocó contra la pared, abierta de par en par, a la vista de todo el pasillo. Los señores grandes se quedaron parados. Dos meseros que venían con charolas se detuvieron en la escalera.

—Un tequilita con mis compas y te vas. —Pepe le puso un caballito lleno enfrente—. Uno. No seas mamona.

—Yo no tomo.

—¡Uy, la señora casada!

Dulce miró el vasito. Si decía que no, Pepe iba a seguir jalándola cada vez que pasara, hasta que ella también renunciara, igual que la de antes.

—¿Esto no trae nada?

Pepe se rio, se sirvió otro del mismo botellón y se lo empinó de un golpe. Le enseñó el caballito vacío.

—¿Contenta?

Dulce agarró el suyo y se lo tomó entero. Le quemó desde la lengua hasta el estómago, se le llenaron los ojos de agua y aun así sonrió.

—Salud.

—¡Fondo, fondo! —gritó el Chato, golpeando la mesa.

Fue en ese momento que vio la puerta de enfrente. El privado del otro lado del pasillo tenía la puerta abierta y, en el marco, junto a un señor de pelo blanco, estaba Adrián Valdés. Traía traje gris. La estaba viendo de arriba abajo, con la boca apretada, igual que Nidia veía a la gente que iba a pedirle dinero.

Pepe le sirvió el segundo. Dulce se lo tomó sin quitarle los ojos al de enfrente. Cuando dejó el caballito en la mesa, la mano de Pepe le bajaba por la espalda hacia la cintura. Ella se hizo de lado, rápida, y la mano le quedó en el aire.

—Dijimos dos —dijo, sonriendo todavía.

Salió al pasillo y la sonrisa se le quitó de un jalón. Los dos meseros bajaron la vista y siguieron su camino.

—¿Dulce?

Del privado de al lado salió un hombre de traje azul, joven, con la corbata floja y cara de acabar de reírse.

—¡Dulce! ¡Te quedaste a dormir en mi casa! ¿Ya no te acuerdas de mí?

En la puerta de enfrente, Adrián cerró la mano sobre el marco.

—¿Perdón?

—Julián Tapia. De la secu, de la Leona Vicario. —El hombre se señaló la panza plana—. El gordito de atrás.

Dulce se tapó la boca. El gordito de atrás. El año de la tormenta, cuando se inundó la Ermita y no pasaba ningún camión, ella y otra compañera se quedaron a dormir en su casa, en un colchón en la sala, y su mamá les hizo pescado empanizado.

—¡Juli! ¡Estás irreconocible!

—Tú no. —Julián se rio—. Oye, ¿y tienes novio?

Dulce miró la puerta de enfrente. Adrián seguía ahí.

—No —dijo—. No tengo novio.

—Ah, pues… —Julián sacó una tarjeta de la cartera y se la puso en la mano—. Tengo una empresa, una app de series cortitas. Si algún día quieres cambiar de chamba, háblame. En serio.

La tarjeta decía Capítulo Uno. Dulce la guardó en la bolsa del uniforme. Don Casimiro llegó por detrás, le tocó el hombro y se le acercó al oído.

—Mija, ese de enfrente es el licenciado Valdés. El dueño.

Dulce no se volteó a verlo. Del otro lado del pasillo, Adrián Valdés tampoco se había movido.

—No manches —dijo bajito.

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Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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