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La esposa muda del jefe de la mafia

La esposa muda del jefe de la mafia

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor tras matrimonio / Arrogante / Mafia / Novia sustituta / Ascenso de clase social / Enfermizo / Romance oscuro
Popularitas:2.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.

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Capítulo 14

Capítulo 14: Honorarios

Alejandro llegó a la puerta de La Rockola justo cuando Xio se subía a la silla con la cerveza en alto. Nana le había llamado a la Torre a las ocho menos diez, con la voz torcida: la señora había salido a una fiesta en Portales, y la había llevado Xio. No necesitó oír más. Fermín lo bajó de la Suburban en la silla, Ulises venía detrás, y desde el umbral se veía toda la cantina.

—¡Atención! ¡Les presento a la novia muda de Iturralde!

Quince caras voltearon hacia Paloma. Alguien soltó una risa nerviosa; otro sacó el celular. Ulises dio un paso hacia adentro y Alejandro lo detuvo con la mano en el brazo.

—Espera. Quiero ver qué hace.

Xio no se bajó de la silla. Estaba disfrutando.

—En serio, ¿eh? No habla nada. Yo le leía los labios en el ático, porque ni su mamá le entendía. ¿Y saben cómo le hizo para casarse? Pues le firmó a un millonario en silla de ruedas. Entre los dos no hacen uno completo.

Esta vez la risa fue más grande. El muchacho alto que estaba junto a Paloma, el tal Memo, se puso rojo y no dijo nada. Alejandro apretó los descansabrazos hasta que le dolieron los dedos, pero no se movió. Quería ver si ella se escondía.

Paloma no se escondió. Tomó una servilleta de papel de la mesa, escribió algo en ella con el plumón, sin prisa, y luego sacó de la bolsa un billete de quinientos pesos. Lo enrolló dentro de la servilleta, se levantó y caminó hasta la silla de Xio. Le metió el rollito en el bolsillo de la chamarra y le dio dos palmadas encima, como quien le paga a un mesero que atendió bien.

Xio se bajó de la silla, sacó el papel del bolsillo y lo desenrolló. El billete cayó sobre la mesa. Una muchacha de lentes, sentada enfrente, alcanzó a leer la servilleta y lo dijo en voz alta.

—Honorarios.

Hubo un segundo de silencio completo. Luego la mesa entera estalló en carcajadas, alguien chifló y un muchacho aplaudió con las manos sobre la cabeza. Alejandro entendió el chiste un segundo después que todos: le estaba pagando por la función. Sintió que algo se le aflojaba en el pecho. Quinientos pesos, y era lo único que ella traía.

Xio se puso morada. Agarró un vaso de agua de la mesa y se lo aventó a Paloma a la cara.

No llegó. Ulises cruzó la cantina en tres pasos, le atrapó el vaso por el borde a medio camino y lo volteó con un giro de muñeca. El agua le cayó entera a Xio en la cara y en el pecho. Xio retrocedió, tropezó con la pata de la silla y terminó sentada en el piso, empapada.

Alejandro le hizo una seña a Fermín. Fermín empujó la silla hacia adentro, y los compañeros de Memo se fueron haciendo a un lado sin que nadie se lo pidiera. Los celulares siguieron grabando. Se detuvo frente a Xio, a la altura exacta de sus ojos.

—Diles quién eres, Xio.

—Soy… —Xio se limpió la cara con la manga—. Soy la señorita Morán. Mi papá tiene una empresa de cosméticos…

—Diles qué haces en mi casa.

Xio miró a su alrededor buscando a alguien que la ayudara. Nadie se movió. Tardó mucho en contestar, y cuando lo hizo, apenas se le oyó.

—…Trabajo en la casa. Soy la muchacha.

—Pues ya no. Estás despedida. —Alejandro no subió la voz—. Y a la señora no la vuelves a sacar de su casa con mentiras.

Memo abrió la boca como si fuera a decir algo por Xio. Alejandro lo miró, nada más, y Memo cerró la boca. Luego se volvió hacia Paloma y le habló en voz baja.

—Perdón, Paloma. No sabía.

Xio se levantó del suelo, con el rímel escurrido y el pelo pegado a la cara, y gritó lo único que le quedaba.

—¡Yo soy la única que le entiende los labios! ¡Sin mí no es nadie!

Alejandro miró alrededor. Había por lo menos diez celulares apuntándole, y lo que dijera ahí iba a estar en internet antes de medianoche. Lo pensó como un escudo, como una frase para los videos.

—Mi esposa es embajadora de Manos que Hablan. Es mi orgullo. —Hizo una pausa—. Y me casé con ella porque la quiero.

Lo dijo para las cámaras. Cuando terminó de decirlo, se dio cuenta de que no había actuado ni una palabra.

Paloma estaba de pie junto a la mesa, con el pizarrón contra el pecho, mirándolo como si no lo conociera. Él tampoco se reconocía mucho.

* * *

Ulises se quedó adentro a pagar la cuenta de toda la mesa y a hablar con el dueño. Fermín le pasó a uno de sus escoltas las instrucciones para Xio: la llevaban a Bosque Alto, recogía sus cosas esa misma noche y salía por la puerta de servicio.

Afuera, en la banqueta, el aire estaba fresco. Paloma se paró junto a la silla y por un momento no hizo nada. Luego se inclinó y le dio un beso en la mejilla, rápido, como quien da las gracias por un favor.

Alejandro levantó la mano y le detuvo la barbilla antes de que se enderezara. No la acercó. Se quedó así, con los dedos bajo su cara, esperando. Paloma cerró los ojos y le agarró las solapas del saco con las dos manos.

Entonces la besó. Fue un beso más largo que el de Ixtapan, y más seguro, y cuando se separó ella tenía las mejillas encendidas y todavía no le soltaba el saco.

—Así se agradece, palomita.

Nunca le había dicho así a nadie. Le salió solo.

* * *

En la Suburban, Paloma se sentó a su lado y tardó varias cuadras en sacar el pizarrón.

*¿Desde cuándo estabas en la puerta?*

—Desde que se subió a la silla.

*¿Y por qué no entraste?*

—Porque no me necesitabas. —Miró hacia la ventana—. Querías pagarle tú.

Paloma se quedó con el plumón en la mano un rato largo. Después escribió la otra pregunta, la que Alejandro llevaba temiendo desde la banqueta, y la sostuvo sin enseñársela del todo, como si todavía pudiera borrarla.

*Lo de adentro. ¿Era para las cámaras?*

Él no contestó. Ella tampoco insistió; borró el pizarrón con la manga y se recargó en su hombro, y no se movió de ahí hasta Bosque Alto.

Ulises, desde el asiento de adelante, le dio el reporte en dos líneas. El dueño de La Rockola le había vendido la grabación de las cámaras del local, completa, y ya estaba en su portafolio. Lo que tenían los compañeros de Memo en sus celulares no se podía borrar. Esa misma noche ya había tres videos en TikTok, y el más visto se llamaba *la esposa muda le pagó a la mentirosa*.

Lo peor llegó en la mañana. Sociales MX abrió con una foto tomada desde la acera de enfrente: el beso en la banqueta, y él en la silla, con una mano en la barbilla de ella y la otra apoyada en el descansabrazos, con el cuerpo levantado a medias, como si estuviera a punto de pararse. El fotógrafo le confesó a Ulises que a las siete de la noche le había llegado un mensaje con la dirección y la hora. El número era de Xio.

*¿Ya camina? El beso callejero de Iturralde.*

Con la nota anónima del miércoles, ya eran dos. Antes de las nueve, a su madre le habían llamado tres amigas para preguntarle si el muchacho ya se paraba, y Alejandro no quiso imaginar quién más estaba leyendo lo mismo en ese momento.

A las diez, Nana tocó la puerta del estudio y se asomó sin entrar. Tenía la boca apretada como el día que encontró a Xio en su cama.

—Mijo, en la puerta está el señor Efraín Morán con la muchacha. Dicen que vienen a pedir disculpas. —Hizo una pausa—. Y detrás de ellos viene el señor Linares.

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