Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Las Dos Botellas
Isabella no era una mujer que tuviera miedo. Nunca lo tuvo.
A los 19 años se había ido de Lima a Cusco sola con 100 soles. A los 23 había dormido en una estación de trenes en París porque perdió el vuelo. El miedo no era lo que la movía. La movía la curiosidad. Esa curiosidad que su madre siempre le decía: "Un día te va a matar, Isabella".
Se puso el abrigo que no servía, las botas que se resbalaban en la nieve, agarró las dos botellas vacías de Brunello Riserva 1979 y la nota que decía _Non beva sola. - P.V._ y salió.
Eran las once y media de la noche. Menos ocho grados. Montalcino estaba muerto, con todas las luces apagadas. Solo se veía la luz amarilla de la casa grande en medio del viñedo Valero.
Caminó directo por la nieve virgen. No por el camino. Por el medio del viñedo. Pisando sus propias huellas de viña. Cada paso se hundía hasta la rodilla. Pero no paró.
¿Por qué la buscaba? Eso no la dejaba dormir. Le habían dicho que era viudo. Que su esposa murió. Que tenía 41 años. Que era el hombre más respetado de la Toscana. Dueño de 300 hectáreas de Brunello, de tres enotecas en Florencia, de una casa en Roma donde iba el alcalde. Un hombre que podía tener a cualquier mujer de Siena con solo chasquear los dedos.
¿Por qué a ella? Que era una desconocida. Que llegó hace cuatro días. Que no era nadie. Que estaba sola, con una maleta roja y un manuscrito que no avanzaba.
¿Y por qué dos vinos? ¿Qué planeaba?
Llegó a la casa Valero empapada. Era más grande de lo que se veía desde lejos. Una villa toscana de piedra del siglo XVII, con persianas verdes, con una puerta de roble enorme. No había timbre. Solo una aldaba de hierro en forma de león.
Golpeó. Tres veces. Como él había golpeado su puerta.
Nadie abrió. Pero la puerta no estaba cerrada. Se abrió sola con el viento.
Adentro olía a leña y a vino. Mucho vino. Como si las paredes hubieran bebido durante cien años.
—Avanti — se escuchó una voz desde adentro. Grave. Ronca. En italiano.
Isabella entró.
La sala era inmensa. Chimenea prendida. Sillones de cuero. Botellas por todos lados. Y en el centro, de pie, dándole la espalda, sirviendo vino en dos copas, estaba él.
Pietro Valero.
Alto, más alto de lo que parecía en la nieve. Espalda ancha. Pelo negro con algunas canas en las sienes, largo hasta la nuca, mojado de nieve derretida. Abrigo negro todavía puesto. No se había quitado ni los guantes.
No se dio la vuelta de inmediato. Sirvió el vino con calma. Como si supiera que ella iba a venir. Como si la estuviera esperando.
—Dejaste dos vinos en mi puerta — dijo Isabella, en español primero, luego en italiano malo, con voz fuerte para que no se notara que temblaba —. _Perché due vini? Cosa vuoi da me?_
Pietro se dio la vuelta.
Y ahí Isabella entendió por qué todos en el pueblo bajaban la voz cuando decían su nombre.
Tenía 41 años pero parecía de 35. Cara de piedra toscana, pómulos marcados, barba de tres días, pero no era eso. Eran los ojos. Grises, casi transparentes, hundidos. Una mirada inquietante que no miraba. Que traspasaba. Que atemorizaba a todos porque no pedía permiso para entrar en ti. Te leía sin que tú quisieras.
Y la miró a ella. De arriba abajo. Sin apuro. Deteniéndose en su pelo mojado, en su boca, en su abrigo abierto que dejaba ver el suéter escotado, en sus piernas temblando de frío.
No dijo hola. No dijo nada. Solo la miró durante diez segundos eternos.
Isabella sintió que esa mirada le quitaba el abrigo sin tocarla. Sintió calor en el cuello, en la cara. No era miedo. Era vergüenza y excitación juntas. Como cuando te descubren haciendo algo prohibido.
—Te vi llegar — dijo al fin, en italiano, con voz baja, como si no quisiera despertar a alguien —.
Con la maleta roja. Te vi desde mi torre. Nadie viene a Montalcino en enero. Solo los que huyen.
—Yo no huyo — mintió Isabella.
—Sí huyes — dijo él, acercándose un paso, sin dejar de mirarla —. Todas las mujeres bellas que vienen solas en invierno huyen de algo. ¿De quién huyes tú, Isabella Del Prado? Sí, sé tu nombre. Sé que eres escritora. Sé que tu casa no tiene leña. Sé que no duermes. Lo sé todo. En mi pueblo, todo se sabe.
Isabella se quedó sin aire.
¿Cómo sabía su nombre?
¿Cómo sabía que era escritora?
—¿Me investigaste? — preguntó, ofendida y fascinada a la vez.
—No — dijo Pietro, y por primera vez sonrió, una sonrisa corta, peligrosa —. Te observé. Hay diferencia. Investigar es de policías. Observar es de hombres que quieren algo.
Se acercó otro paso. Ya estaba a un metro. Olía a vino y a nieve y a madera cara.
—Te dejé dos vinos — dijo, respondiendo al fin su pregunta, agarrando las dos copas que había servido —. El primero era para que supieras que existo. El segundo era para que supieras que no me iba a ir. El primero era cortesía. El segundo era una advertencia.
Le dio una copa. Isabella la tomó. Sus dedos rozaron los guantes de cuero de él. El guante estaba frío. Pero la mano de adentro estaba caliente.
Isabella lo miró con extrañeza.
—Piensas que puedes jugar conmigo, ¿no creo que seas un acosador peligroso? ¿O si?
—Yo soy viudo — dijo él, como si le hubiera leído la mente —. Mi esposa murió hace cuatro años. ¿Sabes cómo murió la gente de acá dice que murió?
—Que se cayó de un caballo — dijo Isabella.
Pietro se rió, sin humor. Se tomó el vino de un sorbo.
—Se tiró del caballo. Hay diferencia. No se cayó. Se tiró. Porque no soportó vivir conmigo.
Porque yo no sé amar.
Yo poseo.
Yo no amo.
Yo... — la miró fijo a los ojos grises, y bajó la voz a un susurro —.
Yo me obsesiono. Y cuando me obsesiono con algo bello, no lo dejo ir hasta que lo rompo.
Isabella debería haber salido corriendo. Cualquier mujer con miedo hubiera salido corriendo.
Pero ella no tenía miedo. Tenía 26 años, estaba sola en un pueblo helado, con un manuscrito en blanco, y por primera vez en su vida un hombre le hablaba sin mentiras.
—Yo también rompo cosas — dijo ella, tomando un sorbo del vino, mirándolo sin bajar la vista, aceptando el juego —. Rompí a mi novio en Lima. Rompí a mi editora. Rompí a mi madre cuando me fui. Tal vez por eso me buscaste. Porque somos iguales.
Pietro Valero se quedó quieto. Nadie le contestaba así. En Montalcino, cuando él hablaba, todos bajaban la cabeza. Nadie, nunca, le decía "somos iguales".
Dejó la copa en la mesa con un golpe seco.
—Quítate el abrigo — ordenó —. Estás mojada. Te vas a enfermar. Y no quiero que te enfermes en mi pueblo sin que yo lo permita.
Era una orden. No una invitación. Una orden dicha con voz tranquila, pero orden al fin.
Isabella, sin dejar de mirarlo, se quitó el abrigo lentamente. Quedó solo con el suéter beige escotado, mojado, pegado al cuerpo, con el pelo negro chorreando sobre los hombros.
Pietro tragó saliva. Por primera vez en la noche, su mirada inquietante se quebró. Se le notó hambre. Hambre de hombre solo de 42 años que lleva cuatro años sin tocar a una mujer porque ninguna le gusta lo suficiente.
—Ahora dime — dijo Isabella, acercándose ella también, ya sin temblar de frío sino de otra cosa —. ¿Qué planeas, Pietro Valero? Porque yo no bebo sola. Tú lo escribiste. _Non beva sola_. Entonces bebe conmigo. Y dime qué quieres de mí, que soy una desconocida en tu pueblo.
No pienso que vine a meterme a la casa de Lupo.
Pietro agarró la botella de Brunello 1979 y sirvió otra copa, sin dejar de mirarla.
—Quiero — dijo —. Que te quedes todo el invierno. Que termines tu novela en mi casa. Que no te vayas. Y después veremos si te dejo ir.
Afuera, empezó a nevar más fuerte. La puerta de roble se cerró sola con el viento. Quedaron encerrados. Los dos. Con dos copas de vino y una chimenea prendida.
Y por primera vez en dos días, Isabella no sintió frío.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭