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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 11: Lecciones sobre el césped

El sol de media tarde doraba las canchas del club de campo, donde una docena de niños corrían detrás de una pelota con un entusiasmo caótico y risas estridentes.

En la primera fila de las gradas de madera, Valentina sostenía dos vasos térmicos con limonada fría, mientras sus ojos verdes vigilaban el perímetro con la agudeza de un centinela.

—Te apuesto cien acciones del consorcio a que no aparece —dijo Valentina en un murmullo mordaz, acomodándose un mechón de su melena cobriza detrás de la oreja—. Los hombres con chofer y reloj de oro no sobreviven a un club deportivo sin aire acondicionado ni alfombras de diseño.

—Te vas a quedar sin acciones, Valen —intervino Bruno a su lado, bajando lentamente sus gafas de sol con una mueca de asombro—. Porque ahí viene... y si no lo estuviera viendo con mis propios ojos, diría que el universo colapsó.

Sofía, sentada entre los dos, alzó la mirada de golpe.

Federico avanzaba por el sendero lateral de grava con paso decidido. Eran exactamente las cuatro y cincuenta y cinco: cinco minutos antes de la hora pactada. Pero lo que dejó a Sofía sin aliento no fue su puntualidad, sino su aspecto. El magnate intocable de traje italiano y gemelos de platino había desaparecido. Vestía unos pantalones de mezclilla oscura, zapatillas deportivas sencillas y una camiseta negra de algodón que dejaba a la vista sus brazos fuertes y la tensión de sus hombros. No llevaba reloj, no llevaba escoltas y en sus manos solo sostenía una botella plástica de agua mineral.

Parecía, de una manera dolorosamente exacta, el hombre sencillo del que ella se había enamorado cinco años atrás.

—Míralo... disfrazado de persona normal otra vez —masculló Valentina, apretando la mandíbula con desconfianza.

—Déjalo —pidió Sofía en voz baja, con un hilo de voz que intentó sonar firme, aunque el corazón le latía desbocado contra las costillas—. Puso un pie aquí porque yo lo permití. Y se irá en cuanto termine la práctica.

Federico se detuvo al pie de las gradas, a dos escalones de distancia de donde estaban sentados. Su mirada esquivó el fuego gélido de Valentina y el escrutinio burlón de Bruno para posarse directamente en Sofía. Había una mezcla de cansancio y reverencia en sus ojos claros.

—Buenas tardes —saludó Federico con voz grave, inclinando levemente la cabeza—. Sofía.

—Llegas a tiempo, señor Montes —respondió ella, marcando las distancias con una frialdad calculada.

Federico tragó saliva al oír el apellido fingido, pero no protestó. Aceptó el lugar como un prisionero que sabe que cualquier queja lo devolverá a la celda.

—Theo está en la cancha dos, ¿verdad? —preguntó él en un susurro, buscando con la vista entre el grupo de niños.

—El de camiseta número siete y medias desparejadas —señaló Bruno con una pizca de ironía piadosa—. El que acaba de patear el banderín de córner en lugar de la pelota.

Federico giró la cabeza y sus ojos se iluminaron al instante.

Theo corría con las mejillas encendidas por el calor, el cabello castaño revuelto y una carcajada contagiosa mientras perseguía la pelota junto a sus compañeros. Al tropezar levemente contra el césped, el pequeño se levantó de un salto sacudiéndose las rodillas, arrugó la nariz salpicada de pecas y gritó: «¡No pasa nada, sigo en juego!», antes de salir disparado otra vez.

Federico sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó contra la baranda de madera, con una sonrisa trémula formándose en sus labios y una lágrima amenazando con escapar del rabillo del ojo.

—Es valiente —susurró él, maravillado—. No llora cuando se cae.

—Lo crio ella sola, Albarracín —soltó Valentina con filo, sin contemplaciones—. Aquí nadie llora por raspones.

Sofía le puso una mano sobre el brazo a Valentina para frenarla. No quería peleas, ni escándalos. Solo quería proteger a su hijo.

Veinte minutos después, el silbato del entrenador marcó el final de la clase. Los niños corrieron en desbandada hacia las hieleras de agua y hacia sus padres en las gradas. Theo tomó su pequeña toalla, se secó la frente y caminó hacia donde estaba Sofía, pero al levantar la vista, se detuvo en seco con los ojos muy abiertos.

—¡El señor del hotel! —exclamó Theo, señalándolo con un dedo regordete y una sonrisa radiante.

Federico bajó el último escalón y se arrodilló sobre una rodilla directamente en la tierra, quedando a la altura de los ojos del niño sin importarle en lo más mínimo ensuciar sus pantalones.

—Hola, Theo —dijo Federico, controlando el temblor de su voz mientras su pecho ardía de emoción—. ¿Te acuerdas de mí?

—Sí, me devolviste el auto rojo —contestó Theo con soltura, cruzándose de brazos sobre el pecho en ese gesto idéntico que a Federico le estrujó el alma—. Mi mamá dijo que tu nombre es Federico Montes y que trabajas en cosas aburridas de oficinas.

Federico contuvo una risa ahogada y miró de reojo a Sofía, quien permanecía de pie a dos pasos, con los brazos cruzados y la mirada vigilante.

—Tu mamá tiene bastante razón, trabajo en cosas aburridas —admitió Federico con humildad, volviendo a mirar al pequeño—. Pero hoy vine a ver si alguien me podía enseñar a patear con la pierna izquierda, porque vi que tienes muy buen tiro.

Los ojos oscuros de Theo brillaron con orgullo infantil.

—¡Claro! El tío Bruno no sabe nada de fútbol porque dice que se despeina —declaró el niño con picardía, provocando un resoplido ofendido de Bruno en el fondo—. Ven, te enseño cómo se pone el pie antes de que nos vayamos.

Theo tomó la mano de Federico con total naturalidad y tiró de él hacia el césped.

En el momento en que los pequeños dedos de su hijo envolvieron los suyos, Federico cerró los ojos por una milésima de segundo. Fue un contacto tibio, frágil e infinitamente poderoso: la absolución más pura que jamás hubiera recibido en su vida.

Sofía se quedó inmóvil en las gradas, observando cómo el magnate más codiciado y temido del rubro hotelero se dejaba arrastrar por un niño de cinco años hacia la mitad del campo. Vio a Federico agacharse en el barro, acomodar la pelota con paciencia infinita y festejar un gol torpe de Theo levantando los brazos como si fuera la final de un mundial.

—Es bueno disimulando —murmuró Valentina a su lado, aunque el tono de la pelirroja había perdido parte de su aspereza.

—No está disimulando, Valen —susurró Sofía con el corazón oprimido, sintiendo que una grieta peligrosa comenzaba a abrirse en su armadura de acero—. Y eso es exactamente lo que más miedo me da.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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