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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: Ni lo pienses

Ella cerró la tapa despacio, con la yema de los dedos, y apoyó la caja contra el pecho.

—Gracias, señor Aldama.

Leonardo tardó en contestar. Se dio cuenta porque ella inclinó apenas la cabeza, esperando, y él seguía mirándola. Bajó la vista al puño de su camisa y lo acomodó, aunque estaba perfectamente en su lugar.

—Gracias a usted por los cinco minutos.

—Fueron treinta y tres.

—Entonces le debo veintiocho.

Ella casi sonrió. Se puso de pie y le tendió la mano. Era una mano pequeña y dura, de palma firme, con una tira de cinta blanca cruzada sobre los nudillos. Leonardo sabía exactamente contra qué se los había raspado.

Apretó lo justo y la soltó antes de lo que quería.

La vio salir del vestíbulo con la caja azul bajo el brazo, entre dos grupos de alumnos, sin voltear.

En el carro, Salcedo giró apenas la cabeza desde el asiento del copiloto.

—¿Cómo le fue, señor?

—Aceptó el Montaño.

Salcedo asintió como si eso lo explicara todo, y volvió a su tableta. Mientras don Chema tomaba Miguel Ángel de Quevedo, Leonardo abrió la mano derecha sobre la rodilla y se miró la palma. Húmeda. Como la de un muchacho en su primer examen oral.

¿Qué te pasa?

Hacía muchos años que no le pasaba nada parecido.

A las cuatro de la tarde, Emilio entró a su oficina en Torre Aldama con lentes oscuros, el cuello rígido y el hombro derecho más alto que el izquierdo. Cuando se quitó los lentes, la mejilla izquierda todavía tenía un rastro rosado.

Salcedo dejó una carpeta sobre el escritorio y salió sin hacer ruido.

—Siéntate.

—Estoy bien parado.

Leonardo miró el hombro alto, la manera en que su hijo evitaba mover el brazo derecho.

—¿Ya te revisó un médico?

—¿Ahora sí te importa? —Emilio soltó una risa corta—. Anoche no parecía.

—Anoche me importaba otra cosa. Que te revisen hoy. Salcedo te hace la cita.

Emilio no contestó. Leonardo abrió la carpeta.

—Bajío. El presupuesto de mercadotecnia que aprobaste va treinta y siete por ciento arriba, y el trimestre no ha cerrado. —Pasó la hoja—. Tepoztlán. El hotel boutique lleva dos meses de retraso y no has mandado un solo reporte de avance. —Pasó otra—. Y en la presentación del jueves leíste mal las cifras de ocupación frente a los inversionistas.

—Yo solo seguía al director.

—El director te mandó los números correctos el martes. Aquí está el correo. Lo abriste a las 2:14 de la mañana.

Emilio apretó la quijada.

—Todo esto es por lo de anoche.

—Todo esto es por los últimos meses. Anoche solo me ahorró la duda. —Leonardo cerró la carpeta—. Emilio, no eres la pieza que necesito. Todavía no. Y no sé si quieres serlo.

Había otra conversación pendiente, y no era con él. Leticia, la esposa de su papá, llevaba semanas pidiendo en cada comida en Lomas un lugar en el consejo para Rodrigo, y el paquete de acciones que iba con el lugar.

Si Emilio no maduraba, esas sillas iban a acabar ocupadas por otros. Leonardo no lo mencionó. No servía de nada explicárselo a alguien que todavía no sabía sentarse en la suya.

—¿Y qué quieres que haga? —Emilio abrió los brazos—. Nunca vas a estar satisfecho conmigo. ¡Nunca! Ni aunque te lleve la luna en una charola.

—La luna no. Un reporte de Tepoztlán. El lunes.

Emilio salió y azotó la puerta. El vidrio esmerilado vibró un largo rato.

A las nueve y media de la noche, Andrés llegó al privado del Club Soberano con una botella envuelta en papel de estraza y la puso sobre la mesa como quien pone una pistola.

—Regresas de Ginebra y en lugar de dormir te encierras aquí. —Se sentó sin quitarse el saco—. ¿Qué hizo ahora tu hijo?

—Nada que no vaya a arreglar.

—Eso dijiste la vez pasada. Y la anterior. —Andrés sirvió dos vasos—. Aldama, te lo voy a decir una vez más y ya no te molesto hasta Navidad. Cásate otra vez. Ten otro hijo. Uno que no sea tan…

—El matrimonio no es para mí.

—Nunca te he visto intentarlo en serio.

—Por eso lo sé.

Andrés levantó las manos, rindiéndose. Lo conocía desde la universidad y sabía dónde terminaba la conversación. Cambió de tema a las acciones de una cementera y Leonardo lo dejó hablar.

Otra vez. La palabra se le había quedado atravesada.

Todo el mundo daba por hecho que había amado a Julia como se ama en las novelas, y que por eso no había vuelto a casarse. Nadie sabía que lo suyo había sido otra cosa. Una promesa. Un cariño de familia, de los que no se eligen.

Nunca se lo había contado a nadie, y no pensaba empezar esa noche, con Andrés hablando de cemento.

Se acordó, sin querer, del pasillo del hospital hacía dieciocho años. Él le había preguntado al médico por qué, si ella se tomaba todo a sus horas, si hacía todo lo que le indicaban. El médico se quitó los lentes para contestarle.

—Hay gente que nace fuerte, señor Aldama. Y es la que más fácil se rompe.

Leonardo le dio un trago al whisky. Estaba bueno. No le supo a nada.

Si tuviera que elegir a una mujer.

La idea llegó sola, entre el cemento y el hielo, y traía una cara. Una mano con cinta blanca. Una voz que explicaba la niebla de Montaño como si fuera lo más obvio del mundo. Si tuviera que elegir a una mujer, sería ella.

La desarmó en cuanto la vio llegar, pieza por pieza, como desarmaba un mal negocio.

Ella había estado a nada de ser su nuera.

Él era el padre de su ex.

Le llevaba catorce años.

Y él no sabía querer a nadie. No de esa manera. Nunca había aprendido.

Ni lo pienses.

—¿Me estás oyendo, Aldama?

—La cementera. Quieren vender una planta.

—Pues sí me estabas oyendo. —Andrés lo miró de lado, con los ojos entrecerrados—. Qué raro estás hoy.

A las 23:10, ya en el carro de regreso a Chimalistac, le vibró el celular. Era Nelson Carvalho. La Academia hacía cada año un campamento para los azules que querían pelear por la cinta morada, y Leonardo, como uno de los inversionistas, recibía la lista del sábado por cortesía.

Selección campamento morado. Sábado 27, 9:00. Grupo A.

Leonardo bajó por la lista sin prestarle atención. Nombres, cintas, grados.

Se detuvo en el séptimo.

Oropeza, Ximena — azul, cuatro grados.

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