A los cinco años, Elena Vega sobrevivió al intento de asesinato de su madre adoptiva tras la aparición del Sistema Dura de Matar. Esta interfaz le otorga datos tácticos, alertas de riesgo y a "Ratón Mayor": la encarnación física del sistema, un roedor con quien se comunica mentalmente para analizar venenos sin parecer loca.
Dieciocho años después, Elena regresa a la mansión Montenegro a reclamar su lugar como la verdadera heredera. Pero Camila, la falsa heredera, orquesta sabotajes y contrata sicarios para eliminarla.
Guiada por la lógica de su sistema, Elena desmantela cada trampa mientras Mateo, su atolondrado hermano biológico, absorbe sin querer los atentados como su "escudo humano" involuntario. ¿Podrá la impía rival salirse con la suya o sucumbirá ante la estratega más implacable?
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La amiga ñoña y el decano al descubierto
Tras neutralizar la "amenaza botánica" del galán del campus y consolidar su imprevista reputación como experta en bioseguridad, Elena avanzaba con paso firme hacia la biblioteca central del Instituto Superior Montenegro. A su lado, Mateo caminaba en actitud de guardia de seguridad improvisado, ajustándose un par de tapones para oídos por si la realidad volvía a colapsar frente a sus ojos.
—Elena... —murmuró Mateo mirando a los lados—. Ya libramos la muerte social del video, al matón con 'problemas de columna' y al galán de catálogo. Por favor, dime que ahora solo vamos a tomar una clase normal y aburrida.
—Las zonas académicas son trampas de complot burocrático —respondió Elena ajustando las correas de su mochila táctica—. En cualquier momento el entorno institucional intenta aplicar sanciones administrativas para neutralizar a los elementos disruptivos. Tasa de riesgo: cuarenta por ciento.
—¡Elena! —gritó de pronto una voz hiperactiva desde el fondo del pasillo.
Una chica de estatura baja, con lentes de marco grueso que se le resbalaban constantemente por la nariz, un chaleco atiborrado de pines de cómics y tres carpetas gigantescas apretadas contra el pecho, corrió hacia ellos a toda velocidad. Era Sofía, la "ñoña" e hiperactiva amiga de la infancia de Elena, la única persona en la ciudad que adoraba sus paranoia táctica desde que tenían ocho años.
—¡Alto ahí! —exclamó Elena dando un rápido paso atrás y marcando una distancia estricta con la mano extendida—. Distancia táctica de seguridad de un metro y medio, Sofía. No he verificado el contenido biológico ni los dispositivos de escucha en esas carpetas.
—¡Sigue siendo exactamente igual de genial y paranoica que cuando éramos niñas! —chilló Sofía con una sonrisa de oreja a oreja, ajustándose los lentes con entusiasmo contagioso—. ¡Me encanta! ¡Hola, Mateo! Elena, vine a ponerme a tus órdenes. ¡Seré tu asistente de investigación oficial y hacker de apoyo en este campus de víboras!
Mateo suspiró con alivio, dejándose caer contra un casillero.
—Al fin... una persona con acceso a internet que no intenta matarnos. Sofía, por lo que más quieras, ayúdame a mantenerla lejos de las armas improvisadas.
En ese instante, el estruendo de un bastón de madera golpeando el piso de mármol resonó en el pasillo. La multitud de estudiantes se abrió paso con temor reverencial para dejar pasar al Profesor Valenzuela, el pomposo, estricto y temido decano de la facultad de derecho y administración. Ajustándose unos lentes de montura dorada, el profesor miró a Elena con absoluta severidad.
Detrás de él venía Camila, escondiendo una sonrisa triunfal bajo su pañoleta. «Si no pude destruirte con el video, con Luciano ni con Sebastián, esta sanción académica te expulsará de la universidad antes del mediodía», pensó la Falsa Heredera.
—¡¿Qué es este desorden en los pasillos?! —rugió el Profesor Valenzuela, señalando a Elena con un dedo inquisidor—. ¡Señorita Elena Montenegro! La disciplina en este instituto es sagrada e inviolable. Se le acusa de alterar el orden público en el patio central, de agresión física contra el alumno Luciano y de provocar disturbios con el alumno Sebastián. ¡Por orden de este decanato, queda usted suspendida e inhabilitada para cursar materias este semestre!
Mateo abrió los ojos de par en par.
—¡¿Qué?! ¡Pero si los otros dos dijeron que los ayudó! —protestó Mateo.
[¡ADVERTENCIA DEL SISTEMA!]
[Análisis de amenaza burocrática: Intento de expulsión académica injustificada. Protocolo de defensa de reputación e integridad: Búsqueda de vulnerabilidades administrativas en el objetivo 'Profesor Valenzuela'.]
—«¡A este viejo corrupto le llegó su hora!» —chifló la voz de Ratón Mayor en la mente de Elena, asomándose desde el bolsillo con un pendrive en la boca—. «¡Sofía tiene la base de datos descargada y lista para el ataque!»
Sofía sonrió con malicia nerd, abrió la carpeta roja que llevaba en los brazos y le entregó a Elena una hoja impreso con sellos digitales de auditoría.
—Elena, aquí tienes el informe financiero del servidor central del decanato que extraje esta mañana —susurró Sofía con tono complaciente.
Elena tomó la hoja, la revisó con una mirada fría de tres segundos y alzó la vista hacia el decano con una ceja ligeramente levantada.
—Profesor Valenzuela —dijo Elena con voz clara y potente para que los cincuenta universitarios presentes la escucharan a la perfección—. Antes de firmar mi suspensión, ¿podría explicarle al consejo directivo y a la junta de padres por qué aprobó los exámenes reprobados de Camila a cambio de una donación 'no declarada' de veinte mil dólares transferidos directamente a su cuenta bancaria personal en las Islas Caimán?
El pasillo entero ahogó un grito colectivo.
El Profesor Valenzuela se congeló en seco. La coloración de su cara pasó de un rojo autoritario a un blanco cadavérico en menos de un segundo. Los lentes de oro se le resbalaron por la nariz y las manos le comenzaron a temblar violentamente.
—I-I-Imposible... ¡¿De qué demonios habla?! ¡Eso es una difamación! —balbuceó el decano sudando a mares.
—Registro de transferencia número 884-B, firmado con su clave institucional a las tres de la mañana del martes pasado —completó Sofía ajustándose los lentes con orgullo—. Y la copia del recibo está saliendo en este preciso momento por la impresora principal de la rectoría.
El decano miró a Elena, miró la hoja de Sofía, miró a Camila que trataba de disimular mirando hacia el techo y, preso del pánico más absoluto, se dio media vuelta y salió corriendo a toda velocidad tropiezos incluidos hacia su oficina para intentar borrar los archivos.
—¡Mi carrera! ¡Mi pensión! —gritaba el decano mientras huyó por el pasillo.
Toda la multitud de estudiantes se quedó en silencio... hasta que Doña Rosa y Don Fernando, que venían llegando para la reunión de la junta de padres, presenciaron la huida del profesor.
Doña Rosa se llevó las manos a las mejillas con una expresión de profunda devoción y agradecimiento maternal.
—¡Oh, Fernando, pero qué milagro tan conmovedor! —exclamó Doña Rosa con lágrimas de emoción en los ojos—. ¡Nuestra Elena es una auditora ética de nivel internacional! ¡Ha descubierto que el pobre decano sufría de un ataque de pánico financiero y lo motivó a hacer ejercicio aeróbico para liberar el estrés!
Mateo se agarró la cabeza con ambas manos, mirando a su madre con los ojos desencajados.
—¡¿EJERCICIO AERÓBICO?! —gimió Mateo al borde del colapso nervioso—. ¡Mamá, el tipo es un corrupto estafador y salió huyendo porque Elena lo atrapó robando dinero! ¡¿En qué planeta eso es 'motivación aeróbica'?!
—¡Es un entrenamiento de cardio excelente para su edad, Mateo! —asintió Don Fernando, dándole una palmadita de orgullo a Elena en el hombro—. Qué gran sentido de la transparencia y la salud cardiovascular tiene tu hermana. Mañana mismo propondré a Elena como presidenta del comité de ética estudiantil.
Toda la multitud de alumnos rompió en un aplauso ensordecedor.
—¡Viva la heredera auditora! —gritó un estudiante.
—¡Gracias por limpiar la facultad, Elena! —añadió otra alumna entusiasmada.
Camila, acorralada en una esquina del pasillo, apretaba los dientes con tanto odio que la pañoleta se le cayó, dejando ver un mechón de su cabello despeinado. Su último cartucho en el instituto había sido destruido sin piedad.
Elena miró al decano corriendo a lo lejos, guardó el informe en la carpeta de Sofía y miró a su amiga ñoña con aprobación.
—Excelente trabajo de inteligencia, Sofía. Te ganas el puesto de Analista Táctica de Datos en mi equipo de supervivencia.
—¡Es el mejor día de mi vida! —celebró Sofía dando un salto.
Mateo miró a los estudiantes aplaudiendo, miró a sus padres orgullosos del "cardio" del decano y se ajustó los tapones de oídos con resignación absoluta.
—Definitivamente... en esta universidad, la paranoica de mi hermana es la única que tiene el control del manicomio —susurró Mateo derrotado.