Samantha creció entre lobos sin tener ni una gota de su fuerza: una humana abandonada en el portón de la Manada de la Luna Sangrienta, tratada como basura por todos… menos por su mejor amiga. Hasta la noche en que cumple dieciocho años y un tirón imposible la arrastra hasta el único hombre que jamás debió mirarla: Kaio, el Alfa más temido de la región.
Por un instante, el destino parece reescribirse. Pero el día de su boda, una trampa cuidadosamente tejida la deja sin nada: rechazada ante toda la manada, acusada de traición y arrojada bajo la tormenta, descalza y con el vestido hecho jirones.
Lo que Kaio no sabe es lo que ella lleva dentro.
Cuatro años después, en el corazón de Nueva York, Samantha ya no es la chica que suplicó ser creída. Es una madre feroz, una empresaria que nadie se atreve a subestimar y el secreto mejor guardado de dos mundos. Sus gemelos tienen los ojos de un linaje que muchos creían leyenda… y hay quienes llevan años buscando a la Loba Sagrada.
Ahora el pasado vuelve a llamar a su puerta, con las mismas manos que la expulsaron y una pregunta que quema: ¿quién es el padre de esos niños?
¿Hasta dónde puede llegar una mujer a la que le arrebataron todo… cuando por fin tiene algo que proteger?
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Capítulo 8
El reloj de pared de la cocina marcaba un poco más de las diez de la noche cuando el último cliente cruzó la puerta de El Caserón. Los brazos me pesaban como plomo, la espalda me ardía de tanto fregar las baldosas y los pies, ahora protegidos por unos tenis viejos que Paula me había conseguido, me palpitaban de dolor. Me sequé el sudor de la frente y me apoyé en el palo de la escoba, tratando de controlar otra oleada de mareo que insistía en nublarme la vista.
—Oye, niña. Ven acá —la voz gruesa de Lucas resonó desde el mostrador.
Caminé hacia él con el corazón en la garganta. El miedo al despido era un instinto difícil de arrancar. Lucas tenía una carpeta en la mano y abrió un cajón para sacar unos billetes.
—Tu pago de hoy —dijo, extendiéndome los billetes—. Trabajas duro. No paraste ni un minuto, aunque parecía que ibas a desmayarte en cualquier segundo.
Miré el papel de colores en mi mano. Era mi primer dinero. El fruto de mi propio esfuerzo, sin depender de las migajas de una manada que me despreciaba. Una lágrima terca quiso escaparse, pero me la tragué.
—Gracias, señor Lucas —susurré, guardando el dinero en el bolsillo de la sudadera.
—Ahora dime una cosa… —Lucas cruzó los brazos y clavó en mí esos ojos severos, pero humanos—. Ya se acabó el turno. ¿A dónde vas a ir ahora con esa cara de haberte golpeado la cabeza contra el asfalto? ¿Dónde vives?
Me quedé helada. Sentí que la sangre me abandonaba el rostro. Si le decía que había pasado la noche en una casa abandonada con piso de tierra, pensaría que era una indigente peligrosa y podría apartarme del restaurante. Intenté inventar una mentira, pero el agotamiento me bloqueó la mente. Bajé la cabeza y fue el silencio el que respondió por mí.
Lucas soltó un suspiro pesado, de esos que parecen cargar con el peso del mundo. Se rascó la nuca, miró al techo y luego volvió a mirarme, recuperando su ceño fruncido de siempre.
—Mira, yo no soy trabajador social y detesto el misterio. Pero tampoco voy a dejar que la copia de mi difunta hermana se vuelva una estadística en la calle —dijo, sacando un manojo de llaves del bolsillo y lanzándolo sobre el mostrador. El metal tintineó fuerte.
»Hay un departamento arriba. El resto del piso lo uso de bodega del restaurante. Necesito a alguien viviendo ahí para vigilar el movimiento y cuidar el lugar por las noches. Los alrededores andan medio raros. ¿Aceptas?
—Yo… no tengo cómo pagar una renta ahorita —tartamudeé, incrédula.
—¿Quién habló de pagar? —refunfuñó, cortándome con un gesto de la mano—. Vas a vivir ahí sin pagar renta, ni agua, ni luz, ni internet. Considéralo parte de tu pago por cuidar mi patrimonio de noche. Usa el dinero que te di para comprar ropa nueva, zapatos y lo que necesites. Y en cuanto a la comida, haces todas tus comidas aquí en el restaurante. ¿Entendido?
No pude emitir ni un sonido. En la Luna Sangrienta, cada trozo de pan agrio que me daban venía acompañado de humillación y cobro. Allí, un hombre gruñón me tendía la mano sin pedir nada a cambio más que honestidad. Asentí con la cabeza, sintiendo que un nudo me apretaba la garganta.
—Perfecto. Sube por las escaleras de atrás. La puerta de la cerradura bronceada es la tuya —dijo Lucas, dándome la espalda para cerrar la caja, como si toda esa bondad no acabara de salirle del pecho.
Subí los escalones de concreto con las piernas temblando, sosteniendo la llave como si fuera el objeto más valioso del planeta. Cuando giré la cerradura y empujé la puerta, se me escapó el aire de los pulmones.
Lucas lo había llamado «sencillo», pero para mí parecía un palacio. El espacio era abierto. Había una sala pequeña con un sillón de tela café ya gastado por el tiempo, pero que parecía increíblemente suave. Justo al lado, una barra dividía el espacio con una cocina compacta, equipada con una estufa antigua de cuatro quemadores y un refrigerador blanco que zumbaba bajito. En un rincón estaba la recámara, amueblada con una cama matrimonial de madera oscura y un clóset pequeño de dos puertas. Las cobijas y las sábanas no eran nuevas, pero estaban limpias y olían a suavizante. Al fondo, una puerta daba a un baño pequeño y privado, y una puerta de vidrio se abría a un pequeño balcón con vista a la parte trasera de la calle iluminada por los postes de la ciudad.
Los muebles tenían marcas de uso, el piso de parqué crujía bajo mis pies y las paredes necesitaban una mano de pintura nueva. Pero era perfecto. Era mío.
Caminé hasta la cama y me senté en la orilla del colchón. Toqué la tela suave de la sábana. Por primera vez en dieciocho años de vida, tenía una puerta que se cerraba por dentro. Tenía privacidad. Tenía dignidad.
Me acosté boca arriba, mirando el techo. Llevé las manos, sin querer, hasta mi estómago, sintiendo una punzada leve y un calor extraño y profundo extenderse por mi vientre. Todavía creía que era el reflejo del cansancio y de la comida humana. No tenía idea de que, en aquel palacio improvisado, yo no estaba sola.